3. Retroceder nunca, rendirse jamás

Don José de San Martín, padre de la Patria dijo: «Serás lo que debas ser, o sino no serás nada». Por supuesto, el problema en sí mismo es ser, ya de por sí.

La ventaja de que en cada hogar de la república o, por lo menos, en la mayoría de los hogares a mi alrededor, de poseer un televisor cualquiera (grande, chico, mediano, de plasma o no, empotrado en la pared o accediendo desde cualquier otro aparato) ha conseguido una masificación de cosas. Ahora todos de alguna manera estamos conectados con la “caja boba”, la que nos enseña, a la que los padres le delegan la loable tarea de educar a sus hijos para que los malditos engendros del demonio comiencen a decir sus primeras palabras: carrusel, pastel, fresas, púrpura, panecillo, cometa… Agh, ¿con qué necesidad? El maldito carrusel no es carrusel sino calesita; se dice torta. TOR-TA, no “pastel”. Así el español neutro o effemminato como diría la abuela, ha copado todos los rincones del planeta, nos acosa, nos asfixia, nos ahoga con sus tonterías púrpuras, ya no violeta, ni lila, ni nada por el estilo. Los niños han sido perturbados por las maquiavélicas intenciones internacionalistas, haciéndolos suciamente neutrales, destrozando cualquier idioma, dándoles extraños acentos de tierras aztecas y todo porque ahora emiten todo a cualquier hora. ¡Sanos eran aquellos días en los que las 17 horas eran el momento de paz paterno! No volaba una mosca porque si los chicos se perdían el programa no había repetición, ¡no señor! Y pensar que esa generación terminó consumiendo masivamente libros de autoayuda, ¡no quiero pensar lo que consumirá la generación Teletubbie! ¿Qué demonios significa “oa”? ¿Por qué tenemos que tolerar eso en vez de arrojar una silla contra el televisor y liberarnos de la tiranía opresora cuyo único fin en esta vida es idiotizarnos al tiempo que nos hace consumir cosas que no necesitamos porque así es la sociedad?

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2. En el amor todo es empezar

Era una persona de gustos sencillos. Aunque tuviera que colocarme hielo en la cara para bajar la hinchazón porque me veía como una especie de anomalía genética, pasar una tarde tirada en el sillón de casa, haciendo “nadismo” —algo que debería ser instaurado como deporte popular en las Olimpíadas—, sentada, ingiriendo comida chatarra y viendo algún viejo clásico, era casi un Paraíso para alguien con esos ingresos nimios que obtenía de mi trabajo. Y en medio de esa pasión, “Rocky” era una de mis favoritas para ver. El amor de Rocky por Adriana me parecía que era lo que siempre debía desear una mujer, ese tipo de amor que aunque fregasen tu rostro por el suelo, uno clamara y allí estuviera. Impresionante y…

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1. La Pietà de la abuela

Descargo: Los personajes incluidos en esta historia son de ficción, de mi exclusiva propiedad y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Me los robás y te mando a la nonna.

Avisos pertinentes: leerlo en lugares públicos como transportes puede provocar quedar como unos locos, quedan debidamente avisados. Lenguaje vulgar, obscenidades y soeces ¡oh, sí! Esto no tiene por qué ser una apología a nada, chicos, no se pongan sensibles porque el aire es gratis, “paguen el gas” y déjense de joder. Corta.

P.D.: Amo a Liz, no se metan con ella.

 

1| La Pietà de la abuela

 

Es una verdad universalmente reconocida que una persona mayor, dueña de un gran aburrimiento, siente la necesidad de enmendarlo. El problema era que esa persona mayor no era más que mi abuela, Liz para los amigos, y que aquel aburrimiento que la aprisionaba y que la mantenía rehén del hastío y la desazón, no era más que mi propia familia y… bueno, también un poco de culpa tenía su gato Perezoso.

Si estaban esperando que mi abuela se hiciera llamar Nonna, que se sentase, tejiera pacientemente una manta, besara a sus nietos y les diera caramelos mientras les decía lo bellos que eran, están terriblemente equivocados. Liz más bien era de esa clase de mujeres que dicen que se han perdido mucho en la vida con un marido holgazán y/o teniendo una veintena de hijos. Ella decía haber sido la amante de Elmer, un afamado cantante de rock que meneaba las caderas, incluso decía que ese movimiento se lo había enseñado cuando en una muy íntima situación, se cansó del llamado “misionero”. Así que Elmer había obtenido su fama y se marchó. Ella jamás se lo perdonó, por supuesto. La familia entera sospechaba que el tío Elmer era el mismísimo hijo de Elmer I —un hijo nacido del adulterio de un amorío de un par de noches— y el tío, para confirmar nuestras sospechas sin expresarlas verbalmente, se había dejado unas estúpidas patillas a los lados que lo hacían lucir más como una especie de hombre lobo cruza con gnomo salido de alguna caverna oscura y terrible que a Elmer en sí mismo.

¿Y por qué estoy divagando de todo esto? Porque eran las tres y media de la madrugada cuando el teléfono sonó en casa y a esas horas intempestivas mi mente tiende a divagar bastante más de lo que sería considerado saludable.

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Argentinismos

Que en Argentina somos una raza de seres con su propio bagaje cultural, eso sin duda. El problema es cuando un extranjero (caído del catre) no nos entiende ni jota. A eso hay que sumarle que para colocar apodos o tergiversar algo para que únicamente entre entendidos se capte un mensaje tenemos un Master… bueno, de ahí sale tanto modismo.

Les voy a dar un par de ejemplos, no todos porque según el área geográfica en la que se esté cambian.

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El arquetipo femenino

«La sombra del buitre» fue escrita en 1934 por Robert E. Howard mientras los anuncios publicitarios mostraban a mujeres como amas de casa exhibiendo productos y con pantalones cortos que les llegaban a la boca del estómago tanto a hombres como mujeres. Ese 1934, en el que la mujer liberal se la veía sosteniendo algún cigarrillo fino y alargado, fue el año de nacimiento de Sonya la Roja.

En un libro que apenas llega a las 100 páginas, Howard recreó una heroína —o más bien una antiheroína— que se asemeja mucho más a las décadas de 1990 o 2000 que a su propio tiempo. Y es en ese mismo relato que le dedica apenas unas pocas páginas mientras nos introduce en el tiempo del Solimán el sultán y la lucha de Viena ante el inminente asedio de 1529. Gottfried von Kalmbach es el héroe, pero sin quererlo, Sonya se introdujo en el inconsciente colectivo de tal forma brutal que fue recreada en cómics propios, cambiando por completo a la Sonya original que nada tiene que ver con esa mujer que lucha prácticamente en bikini.

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La censura en Sailor Moon

Hoy vengo a hablarles de un tema que en los años noventa tuvo poca difusión porque, en realidad, el mundo no estaba tan conectado a Internet como lo está hoy en día. Era, más bien, que algunos privilegiados en Latinoamérica podían acceder a ese servicio por la falta de tiraje de cables e inversiones.

Ahora bien, resulta que en los noventa fue que se gestó la idea de Sailor Moon, archiconocido por su anime que se estrenó en el mismo año que el manga: 1992. Encargada de animar dicha serie fue Toei Animation que ha realizado versiones animadas de importantes autores, tales como Go Nagai (Mazinger Z), Eiichiro Oda (One Piece), Shotaro Ishinomori (Kamen Rider), Masami Kurumada (Caballeros del Zodiaco), Akira Toriyama (Dragon Ball), Leiji Matsumoto (Galaxy Express 999) y Kyoko Mizuki (Candy Candy), entre otras.

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Anti-autoayuda

Una cosa es que un hombre en la cárcel comience a especular por el sentido de la vida en general, sobre todo cuando fue acusado de sodomía y cree una irónica versión de la vida, tan personal como sus propios escritos que mantuvieron su vigencia durante cientos de años; otra cosa muy distinta es que un hombre cuyo único mérito es divagar sobre cuestiones que hasta un niño podría apreciar, reciba un premio Nobel por sus trabajos y, como si esto fuera poco, fuera reconocido como Caballero de las Artes y de las Letras. ¡Es un acto de total injusticia! Si a Sócrates le otorgaron cicuta por sus pensamientos, lo mínimo que merece este buen hombre por ser un best-seller a nivel internacional es que le otorguemos la misma distinción, ¿no creen?

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