6. …y que cumplas muchos más

Hay días que no entiendo a mi abuela. Oh, bien, nunca la entiendo pero tampoco deberían poder culparme por ello, ¿o no? Imaginen que tienen una abuela que está más que encantada con ser fascista, ¡sí!, a ella poco le importa lo que opine la sociedad, el mundo o quienes habitan en él. Liz es muy… Liz.

Liz si tiene que decir frente a toda una comisión de derechos humanos que «deberían hacerlos sapone porque el Adolfo tal cosa», irá y lo dirá irremediablemente —aprendí lo que es el famoso latiguillo suyo del jabón después de que todos se rieran de mí, gracias por no advertirme que era parte de la historia mundial—. Poco importan las consecuencias por lo que debo admitir algo: la nonna es auténtica, jamás se deja avasallar por ninguna persona. Ella tampoco admite discusión alguna sobre temas en los que previamente ha tomado una postura, como por ejemplo, que las mujeres que se dejan pegar en la cama también gustan del “chirlo” fuera de ella. Seguir leyendo “6. …y que cumplas muchos más”

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5. Lo que un gato hace, bien hecho está

Hace unos años, io paseaba por un parquecito que me gusta. Sí, sí, está lleno de árboles y plantas, con pájaros cantando, bla bla, lo usual; pero lo que más me gusta de ese parque es que contenía una estatua de Rómulo y Remo que me recordaba a los días de antaño. Como dicen los poetas: «todo tiempo pasado fue mejor» y claro que lo fue, dos hermanos que fueron amamantados por una loba no es algo que se pueda apreciar en las effeminato generaciones actuales, probablemente porque si tuvieran a una loba frente a sus ojos harían cara de asco, se rascarían las narices al intentar comprender por dónde tienen que pegarse al pecho porque no entienden de anatomía, pero eso sí, nacen con uno de esos celulares pegados a la mano mientras desde allí manejan los demás aparatos. Además, la historia de cómo dos hermanos conquistaron las Siete Colinas y se intentaron asesinar entre ellos, tiene la clase de dramatismo necesario para ser considerado en muy buena estima per noi, los italianos.

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3. Retroceder nunca, rendirse jamás

Don José de San Martín, padre de la Patria dijo: «Serás lo que debas ser, o sino no serás nada». Por supuesto, el problema en sí mismo es ser, ya de por sí.

La ventaja de que en cada hogar de la república o, por lo menos, en la mayoría de los hogares a mi alrededor, de poseer un televisor cualquiera (grande, chico, mediano, de plasma o no, empotrado en la pared o accediendo desde cualquier otro aparato) ha conseguido una masificación de cosas. Ahora todos de alguna manera estamos conectados con la “caja boba”, la que nos enseña, a la que los padres le delegan la loable tarea de educar a sus hijos para que los malditos engendros del demonio comiencen a decir sus primeras palabras: carrusel, pastel, fresas, púrpura, panecillo, cometa… Agh, ¿con qué necesidad? El maldito carrusel no es carrusel sino calesita; se dice torta. TOR-TA, no “pastel”. Así el español neutro o effemminato como diría la abuela, ha copado todos los rincones del planeta, nos acosa, nos asfixia, nos ahoga con sus tonterías púrpuras, ya no violeta, ni lila, ni nada por el estilo. Los niños han sido perturbados por las maquiavélicas intenciones internacionalistas, haciéndolos suciamente neutrales, destrozando cualquier idioma, dándoles extraños acentos de tierras aztecas y todo porque ahora emiten todo a cualquier hora. ¡Sanos eran aquellos días en los que las 17 horas eran el momento de paz paterno! No volaba una mosca porque si los chicos se perdían el programa no había repetición, ¡no señor! Y pensar que esa generación terminó consumiendo masivamente libros de autoayuda, ¡no quiero pensar lo que consumirá la generación Teletubbie! ¿Qué demonios significa “oa”? ¿Por qué tenemos que tolerar eso en vez de arrojar una silla contra el televisor y liberarnos de la tiranía opresora cuyo único fin en esta vida es idiotizarnos al tiempo que nos hace consumir cosas que no necesitamos porque así es la sociedad?

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2. En el amor todo es empezar

Era una persona de gustos sencillos. Aunque tuviera que colocarme hielo en la cara para bajar la hinchazón porque me veía como una especie de anomalía genética, pasar una tarde tirada en el sillón de casa, haciendo “nadismo” —algo que debería ser instaurado como deporte popular en las Olimpíadas—, sentada, ingiriendo comida chatarra y viendo algún viejo clásico, era casi un Paraíso para alguien con esos ingresos nimios que obtenía de mi trabajo. Y en medio de esa pasión, “Rocky” era una de mis favoritas para ver. El amor de Rocky por Adriana me parecía que era lo que siempre debía desear una mujer, ese tipo de amor que aunque fregasen tu rostro por el suelo, uno clamara y allí estuviera. Impresionante y…

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1. La Pietà de la abuela

Descargo: Los personajes incluidos en esta historia son de ficción, de mi exclusiva propiedad y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Me los robás y te mando a la nonna.

Avisos pertinentes: leerlo en lugares públicos como transportes puede provocar quedar como unos locos, quedan debidamente avisados. Lenguaje vulgar, obscenidades y soeces ¡oh, sí! Esto no tiene por qué ser una apología a nada, chicos, no se pongan sensibles porque el aire es gratis, “paguen el gas” y déjense de joder. Corta.

P.D.: Amo a Liz, no se metan con ella.

 

1| La Pietà de la abuela

 

Es una verdad universalmente reconocida que una persona mayor, dueña de un gran aburrimiento, siente la necesidad de enmendarlo. El problema era que esa persona mayor no era más que mi abuela, Liz para los amigos, y que aquel aburrimiento que la aprisionaba y que la mantenía rehén del hastío y la desazón, no era más que mi propia familia y… bueno, también un poco de culpa tenía su gato Perezoso.

Si estaban esperando que mi abuela se hiciera llamar Nonna, que se sentase, tejiera pacientemente una manta, besara a sus nietos y les diera caramelos mientras les decía lo bellos que eran, están terriblemente equivocados. Liz más bien era de esa clase de mujeres que dicen que se han perdido mucho en la vida con un marido holgazán y/o teniendo una veintena de hijos. Ella decía haber sido la amante de Elmer, un afamado cantante de rock que meneaba las caderas, incluso decía que ese movimiento se lo había enseñado cuando en una muy íntima situación, se cansó del llamado “misionero”. Así que Elmer había obtenido su fama y se marchó. Ella jamás se lo perdonó, por supuesto. La familia entera sospechaba que el tío Elmer era el mismísimo hijo de Elmer I —un hijo nacido del adulterio de un amorío de un par de noches— y el tío, para confirmar nuestras sospechas sin expresarlas verbalmente, se había dejado unas estúpidas patillas a los lados que lo hacían lucir más como una especie de hombre lobo cruza con gnomo salido de alguna caverna oscura y terrible que a Elmer en sí mismo.

¿Y por qué estoy divagando de todo esto? Porque eran las tres y media de la madrugada cuando el teléfono sonó en casa y a esas horas intempestivas mi mente tiende a divagar bastante más de lo que sería considerado saludable.

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