5. Lo que un gato hace, bien hecho está

Hace unos años, io paseaba por un parquecito que me gusta. Sí, sí, está lleno de árboles y plantas, con pájaros cantando, bla bla, lo usual; pero lo que más me gusta de ese parque es que contenía una estatua de Rómulo y Remo que me recordaba a los días de antaño. Como dicen los poetas: «todo tiempo pasado fue mejor» y claro que lo fue, dos hermanos que fueron amamantados por una loba no es algo que se pueda apreciar en las effeminato generaciones actuales, probablemente porque si tuvieran a una loba frente a sus ojos harían cara de asco, se rascarían las narices al intentar comprender por dónde tienen que pegarse al pecho porque no entienden de anatomía, pero eso sí, nacen con uno de esos celulares pegados a la mano mientras desde allí manejan los demás aparatos. Además, la historia de cómo dos hermanos conquistaron las Siete Colinas y se intentaron asesinar entre ellos, tiene la clase de dramatismo necesario para ser considerado en muy buena estima per noi, los italianos.

Fue a los pies de aquella estatua de bronce que ya no se encuentra allí —habiendo sido víctima de un hurto descarado por quienes seguramente la vendieron por dos pesos—, que vi una rota caja de cartón. A un lado, pequeños gatitos se arremolinaban frente a un bol que contenía alimento. Todos salvo uno. Aquel en el que fijé mi mirada no estaba luchando con sus hermanos por mangiare, directamente había quedado con su rostro enterrado entre la comida mientras los demás lo pisoteaban y pasaban por encima. Mis ojos brillaron seguramente, al ver en aquella alma endeble un fiel reflejo de un Spera. Ese gato era mi fiel Perezoso.

Los Spera, de los que seguramente Roberta se niega a hablar, es la parte más intelectual de la familia (algo que ella no heredó en absoluto por haber sido un engendro de la puttana esa de Letizia). Los Spera supieron ser una excelente rama genealógica de los que cualquier programa de eugenesia hubiera aprobado. Por supuesto, hubo varias personalidades que han defendido sus convicciones al respecto, como Goddart o Tesla, lástima que para el mundo actual en el que vivimos, que pretende generar una utopía desde el disenso de todo y ante todo mientras que se jactan de ser correctos políticamente hablando sin practicarlo, sería demencial.

A ver, ¿se debería haber eliminado la posibilidad de que Letizia, siendo hartera y mentirosa como es, tuviera hijos? La respuesta es sí, porque Benito nació con el minimalista cerebro Battaglia, cuyas funciones se limitan a lo básico y necesario; mientras que Letizia es una mujer que jamás ha pasado tiempo preocupándose más que de sí misma. ¿Se debería haber permitido que Pía tuviera vástagos? Por supuesto que no, uno más fallado que el otro le salieron, además de eso, habría que hacerles exámenes de ADN a cada uno de sus hijos para conocer a ciencia cierta su paternidad. Alessandro, otro error más de los Battaglia, ¡tiene cientos de nacionalidades para elegir y elige… una uruguaiana! De saber que hubiera salido así… y lo peor fue el nombre de sus hijos.

Ninguno de ellos estaba calificado para ser padre y lo fue. Ahí tienen su corrección moderna.

¿Y si no trabajaban qué? ¿Y si no eran capaces ni siquiera de atenderlos, no porque no pudieran, sino porque no querían hacerlo? ¿Entonces qué? Las libertades que se les ha dado a algunas personas es exagerada.

Así votan también, así creen que todo el mal del universo estuvo representado durante la Segunda Guerra Mundial en el pobre Benito y el Adolfo siendo que no fue así. ¿Quién escribe la historia? El ganador. Si los Aliados hubieran perdido otra sería la historia, ellos serían demonizados y, en honor a mis ancestros que lucharon valientemente, debo recordarles también que existió una Primera Guerra de la que casi nada les hablan y pocos conocen, ¿por qué? ¿La llamada Guerra de las Trincheras fue menos importante? Claro que hubo menos muertes porque había menos tecnología, no hubo estallido nuclear en ninguna parte, pero eran los mismos que peleaban. Ambos tuvieron un baby boomer posterior, ¿y? ¡Pero sigamos hablando del malévolo Adolfo! Cuando en realidad, las cifras de partidos políticos con el porcentaje estimativo más alto de la historia NO lo tienen los nazis, lo tienen los comunistas y sus diversas ramas.

Por todo eso, no hay que tener hijos, salen estúpidos. Hay que tener gattos.

Perezoso podrá ser acusado de ser un gato callejero cualquiera, con el pelaje sin gracia, sin nariz chata, ni fama ni honores se le atribuyen, pero es mi amico, ¡y a los amicos se los defiende a capa y espada!

Escuché en la televisión al pasar, mientras Roberta hacía esa mierda de novela romántica carente de gracia, que habría una protesta, una movilización por los derechos que hacía falta recordar a un país como éste. También, el mio amico necesitaba que lo defendieran más. Él no tenía una voz humana que fuera el brazo armado de su defensa; no tenía millones como ese gatto que heredó todo de su humana y quedó a cargo de la ama de llaves; no tenía siquiera la más mínima comprensión de Roberta ante su grave problema estomacal. Siendo un ser tan delicado como una flor que, ante el menor atisbo de mala comida se enfermaba y le dolía la pancita, prueba de ello era que le costaba muchísimo conciliar el sueño ante su malestar estomacal, giraba y por ahí (muy por ahí), su tránsito intestinal le jugaría una mala pasada y daría rienda suelta a la liberación de gases en la atmósfera.

Para gran fortuna de la humanidad entera, Perezoso era un gatto y no una vaca, seres a quienes atribuyen el cambio climático mientras la gente ebria, en un raro estado de afectuosidad, tienen la repentina y extraña necesidad de abrazar libremente mientras le cuentan sus penas, especulando, en un estado de alteración provocada por la ingesta de alcohol, que aquellas las comprenden. ¡Bah! No hay mejor comprensión que la de un gatto, que cuando las nuevas generaciones intentan hacer estúpidos videos para compartir mientras hacen el ridículo, ellos les demuestran a sus humanos con un zarpazo bien dado, la gravedad de su lógica errónea.

Por todas esas razones enumeradas es que decidí hacer una excepción mintiendo un poquito. Roberta nunca me dejaría tranquila para que io pudiera luchar por la reivindicación de los derechos de mi amico e ir a la marcha felinista.

 

*

 

Esperaba otra cosa, sinceramente.

Cuando llegué al lugar estipulado para la reunión aquello no era precisamente lo que esperaba o imaginaba siquiera. La cosa es que había muchas mujeres, como primeramente señalé, puesto que los hombres no son tan de defender los derechos animales como sí lo hace el género femenino. Lo segundo que noté es que, en vez de parecer algún tipo de movilización, era más como ver a una tribu perdida del Amazonas profundo, a la que únicamente le faltaban las perforaciones en las narices y…

Olviden lo que les decía. Acabo de ver a una donna que tenía agujerada media cara, completamente sus orejas y tenía como bichos o pelotas de pus repartidas en su mismo rostro, además de una innaturales perforaciones en el lóbulo que bien podrían haber alojado un doblón dentro.

Esta juventud actual… igualmente, en mis tiempos no hubiera sido una esclava esa mujer, no se equivoquen. Una pena que los gobiernos hayan abolido una casta que tan bien le sentaba a algunas personas como ella, que gustan del dolor y el masoquismo extremo.

Algunos móviles de televisión estaban repartidos en los alrededores de la plaza. A mi izquierda, la catedral de Buenos Aires con sus columnas elevadas parecía igual que siempre, con sus estilos arquitectónicos mezclados como el argentino mismo, pero predominantemente románicos; a mi derecha algunos edificios, como el de la Agencia de Recaudación y el Palacio de Hacienda; a mis espaldas, el Cabildo que ya no era lo que fue en otros tiempos, recortados como la capacidad de discernimiento de la información que tienen todos hoy en día; en el frente la plaza en la que me encontraba, a la que algún día quisieron erigir un monumento a Perón, con su Pirámide de Mayo; más allá, la casa de gobierno o Casa Rosada, a la que los populistas le agregaron unas centellantes luces violetas que lo hacían ver como un cabaret en realidad y no como la respetable sede de un gobierno nacional.

Esa misma plaza, que ha visto de todo incluyendo bombardeos, es una de las sedes favoritas de cualquier tipo de manifestación como lo es la avenida 9 de Julio. Certo que a los canales, aquellas ubicaciones les sientan de maravilla para ir a cubrir alguna noticia, el problema es que a quienes deben transitar por allí después de volver del trabajo (o yendo al trabajo) y ven sus calles cortadas a cualquier altura, les genera un trastorno que se ven obligados a exteriorizar a modo de líricas expresiones de malestar, como lo es lo que aquí denominan “una buena puteada”. De esas escuché bastantes mientras paseaba por allí en ese momento.

Pero una debe hacer lo que debe hacer. Retroceder nunca está en el plan de un Battaglia, o al menos, eso era lo que el pobre Salvatore decía. Esattamente los Battaglia, que huían de las guerras para no enlistarse en los frentes, no como los Spera, héroes condecorados de campos de batalla, guerras y concursos de comida.

Enfrentarme a una multitud como esa no era problema, lo que sí era extraño ver que había muchos carteles diciendo “puta”. Per ché? Io no tengo idea, quizá sea que se popularizó como el “boludo/a” junto con el “manzana”. ¿Manzana qué? ¿Quiere mangiare el moccioso? ¿Qué, sua mamma no les cocina? ¡Bah! ¡No me extraña de esa puttana!

Antes que pudiera hacer nada, un malón como estampida de hipopótamos se acercó, gritando desaforadas. La verdad que no se les entendía ni merda lo que decían, así que no puedo contar demasiado sobre eso, sí puedo decir que junto con ellas vino un grupo de giornalistas, con sus micrófonos y todo dispuesto para que dieran testimonio de los por qué estaban allí reunidas, como si al país le interesase sobremanera lo que otro vociferaba más que para hacer una charla entre vecinos y decir lo mal que lucía ante cámara tal o cual persona.

Tres o cuatro mujeres hablaron mientras observaba el escenario. En eso, un micrófono fue plantado en mi rostro y la luz de la cámara me cegó en medio de un atardecer en tonos naranja y rojizo. Me preguntaron mi nombre, parlaron un rato ante la cámara esa y volvieron mi atención hacia mí.

—Díganos, Lizabetta, ¿por qué decidió venir a la marcha?

Facile —parpadeé por la luz—. Para defender el derecho de mio amico, por eso.

—Pero como sabrá —continuó el giornalista, como el grupo se acercaba para ver qué estaba sucediendo y qué decíamos los entrevistados—, esta marcha ha tenido su contrapunto en el descontento general, con voces muy encontradas especialmente desde que el Congreso ha decidido tratar las nuevas reformas. ¿Cómo se siente al respecto? ¿Toma en cuenta la opinión de los legisladores sobre estos temas? ¿Cómo ve el panorama?

—No siento nada, io le digo que lo que un gatto hace, bien hecho está.

—Lo que un gato hace, bien hecho está —repitieron a unísono.

—¿Ese es un cuento de Andersen, no es cierto? Sí, yo lo leí alguna vez. Trata de un pobre gato que era feo, es enviado a convivir con perros de cachorro hasta que se dan cuenta que, en realidad, es un gato.

—¡Ese es otro cuento! —aclaró otra mujer.

—Oh, ¿de verdad? ¿Por qué no nos cuenta, Lizabetta, el cuento ese si lo recuerda?

Io no recuerdo demasiado, pero ricordo otro.

Las voces de «por favor», «sí, sí, cuente» y «nos gustaría», no tardaron en ser oídas en la plaza. El periodista dio las gracias por el testimonio como continuaba parlando que transmitirían los mensajes que los oradores estaban brindando en ese momento.

Subiendo al podio lentamente —porque a estas mujeres hay que demostrarles que uno no anda en la vida arrollando gente; que el tiempo es una cosa preciada, sí, pero que no hay necesidad de parecer eufórico y al borde de un ataque de nervios por cuestiones triviales—, tomé posesión del micrófono del agitador principal. Agitadora en este caso en particular, una mujer que parecía que desconocía el significado de un peine a juzgar por su cabellera enrevesada.

Bajo mis pies, quizá una cincuentena de mujeres de varios colores, particularmente las tonalidades blancuzcas —comento esto para aquellos que no residen en estas latitudes y consideran que todo latinoamericano es lo mismo, cuando al Adolfo no le hubiera desagradado tanto esta mixtura de razas predominantemente europeas—, esperaban que les contara un cuento como si tuvieran cinco años de vida. Unas ternuritas que bien podrían haber ahogado en el Riachuelo y nada se hubiera perdido porque, al parecer, no tuvieron infancia.

—Bien —carraspeando para entrar en clima, comencé—: El gattino cerillero. De cerilla o fósforo, no era que tenía cera ni era un gatto de cera. Aclaro porque ustedes no son muy ilustradas que digamos.

Todas se sentaron en la plaza, era como ver una extraña pintura de pseudo amazonas pasadas de peso, con sus pezones y piel pintados como si fueran a una guerra sin guerra puesto que aquellas mujeres necesitaban una liberación de energía que, evidentemente, no poseían en sus sedentarias vidas actuales. Era por ello que muchas de ellas se encontraban allí, defecando en la catedral, rebajándose a ser un fiel exponente de la involución de la humanidad. Fue por esa misma razón que decidí que quizá, contar una historia para que comprendieran que sus luchas tenían realmente tan poco fundamento en su foro interno como Roberta intentado explicarme por qué a las mujeres actuales les gustaba que les pegaran durante el sesso.

—Una fría noche nevada de Nochevieja, un gatto tenía hambre y fue enviado a vender cerillas (o fósforos como ya dije) en medio de una nevada como la que ahora está afectando a Europa, para que se den una idea. ¡El pobrecito amico no había logrado vender ni una cajita para costear su comida!

—¡Lo explotaban los neoliberales como explotaron a nuestras pobres mujeres durante la Revolución Industrial y lo continúan haciendo, conforme al heteropatriacado al no permitirnos el derecho a elegir sobre nuestros cuerpos, al negarnos las decisiones más trascendentales de la vida imponiéndonos cosas, al…!

La capacidad humana para generar tipos de armas es absolutamente formidable, un arco sin fin de nuevas invenciones y, entre esas tantas cosas, existe un arma que es sónica, según estuve investigando. El potencial de esa arma reside en que no lastima en absoluto, salvo por los tímpanos si se quiere contar algo; les brinda a una multitud enardecida cualquiera, un tono en particular que hace que quieran huir de allí como ratas. Claro que no tenía en aquel momento esos implementos, pero habiendo sido criada como un ser pensante que no reitera consignas como loro sino que comprende, analiza, desmembra y finalmente, elabora por sí misma cualquier tipo de conceptos; sólo tuve que realizar una única acción: tocar el micrófono. Al tocarlo con toda la mano, el agudo chillido que escapó por los parlantes detuvo la que, de seguro, sería una larga diatriba de cosas que realmente no venían al punto… y no me interesaban, certo.

¡Io estaba hablando y no me gusta ser interrumpida!

Al hacer aquello, todas las presentes debieron cubrirse los oídos, dejando el discurso de la enardecida fémina en cuarto plano, justo detrás del dolor, los gemidos de las sufrientes y la imperiosa necesidad de salir de allí.

Eso es ser asertivo. Aprendan esto si buscan lavoro.

—Como io les estaba diciendo antes que me interrumpieran —comenté, con los ojos entrecerrados a la infractora—, el pobre y joven gattino tenía hambre. Su estómago le rugía; sus papilas gustativas, traicioneras estas como Letizia, le jugaron una mala pasada y, prácticamente, aquel pobre felino no tenía ni siquiera un poquito de saliva para ilustrar las sensaciones que aquellos aromas incitaban en su mente. Y fue así que encontró de dónde provenían aquellos aromas, dando un salto a una pequeña ventana que tenía alero, viendo dentro de una casa por mera curiosidad felina: notó la chimenea encendida, una hermosa alfombra para recostarse frente a esta, y más allá, una mesa toda servida, con pavo, ensaladas, pollo, pescado y demás, aquello le pareció un festín divino dejado por Bastet.

»Tanto fue su anhelo que, habiendo saltado a la ventana y pegado la “ñata contra el vidrio”, se quedó adherido a la ventana sin poder salir de allí. Sus patitas querían dar marcha atrás y lo único que conseguía, era que la nieve cayera hacia el suelo. Tenía que continuar vendiendo pero, allí dentro, vio cómo un compañero de su misma especie saltaba grácilmente a la silla y de allí, a la mesa, comenzando a degustar sin prisas y con total delicadeza, aquellos manjares que habían sido dispuestos sin humano a la vista.

»¡Cuál sería su sorpresa, cuando aquel gatto mangiando giró su cabeza y vio a su querida nonna! Porque las nonnas son lo mejor del mundo —dije apuntando con el índice a la multitud— y si sus nonnas las vieran así vestidas, con esas fachas, las agarrarían de sus orejas mientras las llevan a casa dándoles una buena tunda. Como se merecen.

Algunas de las mujeres, entretanto, se miraban entre ellas confundidas.

—Un momento después comenzó a ver a cada uno de los integrantes de su felina familia aparecer; ellos hacía tiempo habían dejado este mundo que los humanos creen que gobiernan, pasando a una mejor existencia en el felino paraíso con forma de pez. Fue en ese momento que el frío había calado hasta los huesos del pobre gattino, que ya no tiritaba. A un lado, otra figura apareció de perfil, era Sejmet, a quienes muchos consideran una forma enojada de la diosa Bastet. Furiosa ella, al ver a la familia felina reunida, con las patitas en la mesa, ensuciando todo el mantel y comiendo sin pudor alguno, por no haberle convidado al pobre intruso famélico que espiaba por la ventana. Ella dio un grito de guerra, haciendo que todos los gatos saltasen sobre la mesa y cayeran por cualquier lado, desparramados y despatarrados también. Ella se acercó, siempre con su rostro de perfil, estiró el brazo hacia atrás mientras de un golpe, hacía añicos los cristales en la ventana junto con algunos trozos de madera y tomaba al joven gattino, que se había orinado encima, contra su pecho como lo condujo al interior de la cálida casa. Ella lo depositó sobre la mesa como le decía: “puedes comer lo que quieras”.

»En el ángulo de una vivienda cualquiera durante la mañana de Año Nuevo, descubrieron al pobre felino, enterrado entre la nieve de la ventana cuyo alero no alcanzaba a resguardar totalmente, con su naricita pegada al cristal y las costillas que sobresalían de su delgado cuerpecito. Muerto… tieso por aquel frío invernal aquella Nochevieja, hizo realidad el término de “estirar la pata”, tomándoselo muy literal. “¡Quiso calentarse!”, dijo la gente, que poco entiende de hambre cuando siempre tiene algo para mangiare en la heladera. Pero nadie supo las maravillas que había visto ese gattino aquella noche, ni cómo Sejmet en persona, llegó para terminar con sus padecimientos y llevarlo en compañía de su querida nonna.

Varios llantos se escucharon alrededor, comenzando bajito y siguiendo a las mujeres hipando por doquier, abrazadas a desconocidas para encontrar algo de consuelo y muchas lesbicas —Roberta debería ver esto y entrar de una buena vez en el nuevo siglo, dejando atrás la época victoriana en la que parece vivir—, besándose tiernamente.

Un rato después alguien tenía que arruinar todo. Porque los Benito del mundo son seres terribles y que abundan por doquier, una de las donnas dijo, subiendo presurosa por los escalones del escenario:

—¿Y qué tiene que ver eso con el feminismo? ¿Con lo que estamos luchando aquí por conseguir?

—¿Qué feminismo? —pregunté horrorizada, con el ceño fruncido. ¡Les brindaba una historia magnánima sobre derechos de los gattos y lei me salía con una cosa como esa!—. Io estoy aquí para abogar a favor del felinismo —la mujer ladeó la cabeza mientras parecía un animalito confundido—. ¡Felinismo! ¡Felino! ¡FE-LI-NO, criaturita de Dio! ¡Mis amicos, los gattos! ¿Esos animales con cuatro patas, una cola, que aman los lugares calientes y la buena comida?

Una mujer vestida —¡gracias al cielo que existía al menos una que no pareciera una lunática!—, se me acercó mientras con nerviosismo se tocaba el marco de sus anteojos a la altura del nacimiento de su nariz.

—Ummm. Disculpe que le diga esto, Lizabetta, con todo respeto, esta es una marcha feminista. No felinista.

—¿¿¿Qué??? ¿Y per ché ustedes están aquí protestando en tetas, eh? Si lo que protestan es que las acosen y todo eso, ¿no es contradictorio mostrar sus pezones en público, cuando saben que los fotógrafos capturaran las imágenes y los filmadores graban para que esto salga en los noticieros, mientras apoyan que no haya más acosos? Ahora usted me va a decir que eso ES para que no haya acoso, y yo le diré, que más de un uomo se está masturbando con su foto —miré de reojo a una mujer a un lado, con los dientes torcidos, obesidad mórbida y que parecía estar en algún tipo de estado alucinógeno inducido artificialmente—. No, usted no cuenta, señora, es bastante brutta como para que alguien quiera mirar su imagen, ¡no vaya a ser cosa que se convierta en piedra! Así que aquí estamos, usted me dirá que ellos, los uomos, no tienen derecho a acosarlas o masturbarse con sus imágenes mientras, si son sinceras con ustedes mismas, fomentan y aplauden esta actitud como muchas tienen en cuenta (en sus retorcidas mentecillas) que esto sucederá, ¿eso las excita? Probablemente. Ya Roberta me ha puesto al tanto de lo que son los gustos sessuales modernos, permítame decirle una cosa: ustedes se están quejando porque no tienen nada de qué quejarse.

»No tienen que caminar kilómetros para realizar compras —comencé a enumerar con los dedos—; ni tienen que esperar demasiado para saber si su madre aceptará que se autoinviten a comer porque tienen esos celulares. No sufren las penurias o flagelos que las guerras trajeron consigo y nos hicieron inmigrar a otros países. No tienen que quejarse del frío o calor, existen aires acondicionados, ventiladores, calefactores, estufas. La comida no se les pone fea porque tienen heladera, para tener un hijo las drogan; si no los quieren tener, existen preservativos, DIU, ¡incluso chips! Toda clase de novedades son puestas a su alcance. ¿Tienen hambre? Existen tanto los restoranes como los delivery para que no cocinen, la cocina se redujo a tener microondas y calentar las cosas en cuestión de segundos. Tienen taxis, Uber, colectivos, subte, distintos tipos de costos en las aerolíneas, dejando atrás los viajes de semanas enteras en barcos a vapor. La ropa se compra, no la fabrican, dudo que alguna de ustedes sepa coser siquiera.

»Ahora sí, míreme a la cara y dígame: ¿cuál es su problema, donna? ¿Se aburre? ¡Pues vaya a hacer algo y deje de hacer el ridículo! El aborto en caso de violaciones está legislado, lo demás es una cuestión minore y casi snob; el que la toquen en la calle no está bien (e incluso algunos uomos lo ven de forma negativa), pero tampoco está bien que estigmaticen a todos los uomos sólo porque les molesta una palabra como “todos”. ¿¿¿Cuál es su maldito problema, ragazza stupida??? ¡Enseñe respeto si quiere respeto!

—¡Cómo se atreve! ¡El capitalismo nos ha oprimido…!

En dos pasos, esa mujer con la lengua más grande que su cerebro, se encontraba “oprimida” contra el suelo de madera del escenario sin haber sido golpeada. Quedó de espaldas gracias a una rápida llave, con mi pie sobre su columna.

—¡ESO es opresión! ¿Ahora entiende el concetto? —las mujeres comenzaban a tensar sus cuerpos, a punto de atacarme—. Bueno, entonces vaya y haga sentir orgullosa a sua nonna con sus acciones, haga algo por la humanidad… ¡Y por Dio, deje de quejarse stupidamente por llevar una vida cómoda o porque sus hormonas enloquecieron! ¡Sea orgullo de sus pares también, como Marie Curie! ¡Así se pelean por los derechos! Capisce? —miré alrededor, ese grupo que quería atacar pasó a la defensiva, emprendiendo lentamente la retirada, como si no quisieran ser notadas—. ¿Ustedes también entendieron?

¡Bah! Me bajé de ese escenario, no sin antes darles a unas cuantas una mirada de advertencia que podía luchar, vieja y todo, podría hacer que estas donnas maleducadas pidieran por favor que las liberase. ¿Ven? Querer es poder. Si io quería, ellas estarían suplicando, lo mismo podrían hacer ellas por sí mismas, en vez de andar exhibiendo sus pezones como primates.

 

*

 

No mucho después nacería una leyenda urbana que dice que una noche durante el Día de la Mujer, un espectro vagaba entre las penumbras al son de una marcha. Nadie osaría a decir jamás que aquella figura enjuta cantaba réprobamente: «Las muchachas felinistas, todas unidas triunfaremos… ¡Avanti, Perezoso!», en un loop sin final aparente mientras sacudía el puño al aire al finalizar.

¿Quién era ese tal “Perezoso”? Está ensombrecido por el misterio.

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