4. Del amor al sesso

La vida ahora no era como la había imaginado durante mi niñez. Bien, en esa época creía que mi madre había besado a un sapo —como ya he dicho—, que terminó decantando en padre de toda una familia… eso y que mi abuela era una bruja.

Es sabido que mamá y la nonna no se llevaban nada bien, el problema era que de todos aquellos insultos que se prodigaban cuando era chica surgió una especie de fantasía propia. Así, mamá era la puttana, la abuela una bruja, mi padre un sapo, la vecina de al lado una espía, mi prima una zorra, mi tía una víbora, cosas muy normales que cualquier niño toma con total literalidad. Pensaba que la abuela tendría alguna clase de caldero escondido y algunos de mis compañeritos de escuela me decían que probablemente fueran las ollas de la cocina, algo que descarté de inmediato. Era joven, no estúpida. La abuela no cocinaba jamás, ella se sentaba a mangiare todo lo que encontraba, era una degustadora natural de comidas que nunca preparaba y podría hacer llorar a cualquier chef cinco estrellas de lujo en cualquier lugar con una larga perorata de cómo un buen italiano no hacía tal cosa.

Entonces, en mi fantasía, yo creía que probablemente me convertiría en una especie de animal de grande —más correctamente un antropomorfo— o en una bruja. Ahora que no era ninguna de las dos cosas curiosamente no me sentía mal al respecto, prefería ser normal a los estándares nacionales aunque careciera de un bolso de dinero con millones guardados en casa como si nada sucediera.

Con esa libertad que tenía, decidí probar una cosa. Siempre había tenido mi computadora allí, una excelente adquisición que el vendedor me juró y perjuró que era la última del mercado, con un novedoso juego llamado Pacman y un microprocesador poderosísimo de 486. Trayendo la mesita con ruedas a lo que alguna vez fue mi impecable sala de estar y comencé, tecla por tecla, a escribir una historia para ganarme el pan con el sudor de mis yemas.

Descubrí que había un par de cosas que nunca mencionaron los autores: estar en una silla como la que yo tenía dejaba la espalda a la miseria y con la peor de las contracturas; que los ojos se te secaban y después terminabas llorando como alguna actriz protagónica de novela venezolana en la cama al despertar; que las cosas no fluyen cuando uno quiere ni aunque Liz esté amenazando por detrás; que estar allí frente al monitor da hambre y, que preferirías pagarle a cualquier idiota que hiciera este trabajo por ti en vez de hacerlo tú mismo.

Estaba meditando en cómo describir una buena escena del primer beso cuando, lo sé, ya adivinaron, aquella mujer de cabello cano y en apariencia inocente me interrumpió. Tanto que salté de la silla y poco más no me cuelgo del techo con mis uñas, ¿cómo diablos aparecía sin hacer ruido? Era el misterio de la abuela ninja.

—¿Qué estás facendo?

Una Liz aburrida solía interrumpirte en casi todo, sin importar qué estabas haciendo, podías estar como yo, escribiendo una novela o realizando una cirugía coronaria en el momento más precario que no le importaba en lo más mínimo. Ella estaba aburrida y quería conversar. Punto. Sin discusiones.

—Por si no lo has notado, las facturas de servicios se acumulan así que me he propuesto crear una historia para ver si podemos vender algo y, como el género online más vendido es actualmente el romance —había hecho mi investigación, estaba convencida que esta podría ser mi última vía de escape de la cruel realidad a la que me encontraba sometida, nada cambiaría eso. Ni siquiera la nonna—. Ya sabes, ellos se conocen, interactúan aquí y allá, un látigo, un par de esposas…

—¿Látigo? Una frustra?

—See, desde que se puso de moda el BDSM, las mujeres…

Ella casi saltó del asiento con su idea. —¡Quieren chirlo!

—¡Nooooo! Quieren alguien que las castigue pero únicamente en la cama, Liz. ¿Y por qué diablos estoy discutiendo de sexo con mi abuela, me quieres decir?

—Porque, según Iesica, no has tenido sesso en tua vita. Eso explica por qué estás tan ossessionata. ¿Quieres golpes, eh? —ella se estiró, enrolló el repasador que tenía a un lado del escritorio y me dio por el brazo—. ¡Ahí tienes!

—¡Eso duele, Liz! —dije frotándome la extremidad.

—¿E en qué quedamos?

Era un problema devolver a la abuela a la realidad. Con el público femenino en edades de procreación amando lo que Stephen King denominó “porno para mamás” —de seguro que él está emparentado con Liz en alguna parte de la línea genética—, que los grandes autores desechaban como si fuera peor que basura, pero que, curiosamente, ese público no podía parar de consumir. Pareciera como si de esclavos con sus trabajos ahora también quisieran ser sometidos en las camas. Explicarle eso a alguien que no se somete, doblega o achica ante nadie o por nadie es sumamente complicado, creo que incluso si Liz tuviera que pelear con el mismísimo sumo pontífice de la iglesia por algo, lo haría… sobre todo por comida. Nunca te metas con el mangiare de un Battaglia, NUNCA.

—No, bueno —comencé con torpeza que vendría a ser como mi segundo nombre—. Mira, la cosa es así, ¡porque parece que no entiendes nada últimamente! A las mujeres les gusta esa cosa de los golpes, pero es algo consentido. Verás, el hombre en cuestión aparece, ve que otro intenta cortejar a su chica y se pone celoso, la sacude con violencia de los brazos. Eso termina excitando a la protagonista de la historia…

Ma perché?

—¿Por qué la excita? —me mordí una uña y continué—: Bueno, digamos que le gusta la virilidad, la masculinidad que desprende con sus celos cuando la aleja, la arroja en sus brazos, entonces él…

—Posesión. Ma! ¡E un idiota! No, no. Un idiota celoso que no sabe cómo cuidar a una donna. Io te explico, Roberta, si Salvatore estuviera vivo y me celara por tonterías, le daría una tunda que no se olvidaría más —lo comentó en un tono que no me cabía duda alguna de que el pobre abuelo sufriría algo más que un simple golpe de revés—. Eso sin contar que no le cocinaría. ¡Quiere ser macho, aguante su machez!

Rodé mis ojos. —“Machez” no es una palabra, Liz.

Su respuesta fue que ella me pegó nuevamente.

—No me gusta ser interrumpida —dijo con los ojitos entrecerrados—. Como io parlaba, lo dejaba sin mangiare a tu nonno. ¡Qué vaya con la zorra de sua mamma!

—Ella está muerta, un poco más de respeto —cerré los ojos y me protegí la cara, por si acaso nomás. No fuera a ser que ese maldito repasador me diera de nuevo. Picaba muchísimo.

—¿La puttana esa está mejor? ¿Por qué no haces una historia más normal, eh? Una que tua nonna pueda disfrutar.

—¿No vas a hablar de lo lésbico ahora, o sí? —pregunté elevando las cejas y cubriéndome un poquito.

Elevó un dedo. —¡Ah! Eso me ricorda

—¡No, no! ¡Basta, Liz! ¡BAS-TA! Sólo tengo que hacer que Juancito y Pepita se enamoren y tengan sexo,  cualquiera con dos neuronas puede hacer eso, ¿no? Sino mira las estanterías plagadas de esa basura de ediciones rosas, con los hombres sosteniendo a las débiles y delicadas mujeres —miré a Liz con desdén—. No, como tú no. De débil y delicada no tienes nada.

—Entonces como Perezoso, él es un alma endeble…

Perezoso, el felino doméstico flatulento, que todavía se encontraba holgazaneando en el sofá y cada tanto, una tenía que ir a comprobar si respiraba porque parecía muerto, levantó su cabeza, bostezó, se giró con sus patitas sucias en el que había sido alguna vez mi sofá blanco y se dio la media vuelta. Con la cola en alza para que yo me percate que se había ofendido por mis dichos.

—¡Ese gato es una bolsa de… —me tragué el insulto mientras lo observaba con los ojos entrecerrados—… gases! Te recuerdo que me hizo perder el concurso porque decidió que era mejor…

—¡Deja de calunniare a mi pobre Perezoso, Raffaella! —comentó mientras me apuntaba con su índice—. Io sé que estás celosa del pobre gatto, pero no es para que en cada occasione te agarres con él. Es mio amico y si no te gusta, ¡te vas di questa casa!

—¡Pero es mi casa! ¡Y no me llamo Raffaella, por Dios santo!

—Lo que sea. Te encanta tener la razón, y a ver… —miró por encima de mi hombro luego de hacerme un ademán desdeñoso con su pequeña mano—. ¿Che cosa è eso de la humedad? ¿Tienen goteras en la casa como en la tuya?

—¡Noooooooooooooooooooo! Está excitada.

Y solo porque una vez. Una. ¡Una maldita vez le llovió un poquitito, una gota, una nimiedad! En la cabeza mientras dormía a la nonna, me lo recordaría hasta que mis tataranietos tuviesen nietos propios. Eso, claro, si es que alguna vez procreaba o algo. De sólo pensar en lo que había sucedido durante el último torneo infantil en casa era para pensarlo unas mil veces antes de llegar a dichos extremos.

Liz bufó. —¿Y tú te comportas como una canilla cuando estás eccitata? Además, si ese uomo no le ha puesto una mano encima, ¿qué? ¿Es trasmissione telepatica di sensazioni eróticas o algo así? Si fuera cierto, las empresas de porno te pagarían milioni y no tendrías que rebajarte a escribir cosas como esas. ¿Cómo puede saber de qué tela es la ropa interior de ella cuando él sólo puede pensare con lo que tiene entre las piernas, eh?

—¡Dios, Liz! Eres insoportable, ¿sabías? ¿Lo haces a propósito o qué? No necesito realismo, imagínalo más como… como… ¡una realidad aumentada! ¡Realidad virtual!

Realtà virtuale per le persone sin vida amorosa que jamás notarán la diferencia, ¿eh? Mi piace come estás pensando ahora.

—Ella lo conoce en un bar y justo hay un terremoto…

Perché hay terremotos, huracanes y eruzioni volcánicas todos los días.

—… y entonces él la rescata…

—Podría ser una ella lo rescata a él. Se andiamo al caso, io rescataba a tu nonno, no era al revés, él no podría encontrar sus zapatos ni aunque los tuviese di fronte a su brutta cara.

—… y la lleva de paseo en un yate…

—Y ella ni se marea, ni se le da vuelta el stomaco. Tampoco come durante las doce horas di sesso continuo en la que tienen una maratón sexual que avergonzaría a la Madonna y a la diosa del amor griega.

—… y se besan a la luz de las estrellas…

—Entonces pasa por ahí un barco con inmigrantes ilegales, la armada abre fuego, le dan al casco de la nave y terminan come l’idiota película Titanic. Donde la stupida donna arroja al mar esa joya inestimabile. ¿Por qué no se tiró ella nomás? ¡Lo peor es que después es vieja y ricorda la storia pero no la joya! ¿Che tipo di cose insegnano a los jóvenes en la actualidad?

Liz fue a ver Titanic al cine como cortesía de mi primo Luciano, que estaba en su faceta de felicidad absoluta luego de haber pasado con éxito la quimioterapia —porque la nonna, desde la última vez que lo vio, le dijo que si no dejaba de ser un effeminato, le cortaría las… digamos que su virilidad si no salía de allí con la cabeza en alto como cualquier otro Battaglia. Recordándole, además, que sus antepasados fallecidos valientemente en la guerra podrían haber pateado su debilucho trasero hasta Oriente y de vuelta a nuestro hogar. O sea, básicamente le hizo sentir culpa y eso lo salvó—. El asunto del por qué se recuerda la ida al cine de Liz en esa ocasión fue el escándalo que la acompañó por supuesto, como no podía ser de otra manera, cuando la abuela vio como la señora arrojaba por la borda el llamado “Corazón del mar” casi le da un ataque al corazón a ella. Indignadísima, se levantó de su butaca con una letanía de insultos saliendo de su boca que comenzaron en español y fueron derivando, a mayor y mayor enojo, a un italiano cerradísimo y con contenido digno de ser censurable en países más liberales, amenazando a la pantalla con su puño mientras la diatriba continuaba. Seguridad la tuvo que echar de la sala pero, a su vez, Liz hizo una escena dramática justo en la puerta que tuvieron que llamar a una ambulancia, podría haber ganado algún premio de la Academia por ello. Lo bueno es que el asunto de la presión arterial por las nubes de ella era real y, claro, ¿cómo no se dispararía la presión a la nonna si ve una joya invaluable siendo arrojada al mar? Así que ellos no pudieron hacer demasiado cuando la nonna les dijo que era porque la asustaron (sí, claro) los enormes hombres de seguridad del cine… una pobre ancianita y bla bla. La tuvieron que indemnizar, no fuera a ser cosa que la vieja muriese o algo sin firmar que no los demandaría.

Luciano, por su parte, dijo que él cuando vio la película creyó que al fin le podría dar un escarmiento a esa vieja por ser tan cruel mientras él estaba desmejorado. Comentaría que cuando vio la película no podía dejar de pensar en Liz… en Liz siendo la jovencita que se escapa con ese donnadie y que, en las escenas trágicas, sólo podía reírse de imaginarla, y cito: «a la nonna subida encima de los hombros de su amante». Algo que Raúl / Yessica cambiaría tras una cena familiar a: «la nonna con las patitas arriba de los hombros del chongo mientras él se ahoga y puteándolo porque se hunde o no nada más rápido». Supongo que cada cual ve lo que quiere ver en esa película salvo por Liz, que lo único que ve es la joya.

—… y ellos hacen el amor… —continué divagando.

Quale amore? ¿Cómo se hace el amore? Tienen sesso, Roberta. Dilo. SE-SSO. Fornican como animali en celo con dosis de feromonas pululando en el aire, contaminando con su sudore apestoso y… apuesto que su sudore no apesta ni disturba a la ragazza, ni tienen olor a pata, hongos o siquiera una mínima ladilla, ¿no? ¡JA!

—¿Me puedes dejar en paz? Arruinas cualquier fantasía que pueda tener al respecto.

Lo malo de ser una persona con una imaginación fructífera es que uno puede imaginarse demasiadas cosas, lo malo de tener a Liz al lado es que no cierra su boca nunca ni siquiera cuando debería callarse de una buena vez. Era un combo infernal, creado por algún ser maligno que se divertía viéndome sonrojarme de todos los colores posibles y… ¡nada de arcoíris aquí, ya bastante con aguantar a Liz con sus ideas no heterosexuales!

Pero ella seguía en sus propias ideas sobre cómo se realiza una buena historia:

—¿Y si ellos están en una ladera y caen, ruedan hasta il fondo y se les quiebran las piernas?

—¡Fuera, Liz!

—¿Si haces que el hombre no sea un hombre sino una mujer? Como la china esa de dibujos que enamoró al chino que era su jefe militare, pero el chino que era effeminato, la miró feo cuando se dio cuenta que era una donna.

—¡Fuera! ¡Quiero vivir el cuento de hadas de la Bella Durmiente si me complace!

—La Bella Durmiente fue violada, Roberta. Era como Lázaro versión femenina cuando quieren revivirla, sólo que a lei no sé si quisieron revivirla o sólo meterle il salami. Despierta cuando nacen sus gemelos en el cuento. Esa non è una bella storia aunque te digan que vivieron felices por siempre, esas son tonterías que les venden a las mujeres para que crean que un par de patanes son el amor de su vida. Y io lo digo por patanes hombres y mujeres. Además, ese Disney se iba de viaje con su filigastra solo. Hombre mayor solo con su filigastra alrededor del mundo. ¿Cómo le dicono ustedes…? Hijastra. Hombre mayor denunciado por el muchacho que hizo del ratón ese por acoso, se iba solo por el mondo con una nena.

—No esperaba que fuera Gandhi tampoco…

—¡Ese! Ahhhh, él adoraba al Adolfo pero resulta que ahora es un pacifista. También se acostaba con criaturas. Ma a differenza di quello americano, la gente fue la que le hizo toda esa cosa de decir que era meraviglioso, el otro pagaba. ¿Así que quién sabe? Io mañana puedo convertirme en una carmelita descalza.

—Ahora yo digo, ¿no? Te gusta arruinar todo nomás o…

Non è colpa mia que les cuenten tonterías y se las crean. El zurdo ese del Che, Gandhi, Disney, todos esos no deberían haber sido tratados así. ¿Pero qué se le puede hacer si hay persone como tú dices, comprando novelas rosas o viendo mover culos in televisione? Deja. Que crean lo que quieran —los ojitos se le pusieron lacrimosos—. Si Il Duce hubiera vencido hoy sería un santo… ¡e io millonaria!

—¡Abuela! —mi indignación mutó inexplicablemente al más puro interés porque la sangre tira, ¡no fue mi culpa!—. ¿Y me darías parte de la herencia?

—No. Estaba pensando donare tutto a la Santa Iglesia Cattolica para la salvación della mia alma —bufó—. ¡Por supuesto que ibas a tener algo! Necesitaría testaferros, Roberta. No digas tonterías.

Menos mal que la abuela no se había enterado que el nuevo Sumo Pontífice defendió abiertamente al socialismo o le daba algo, y yo no soy como los señores del cine, no, no. Si a la abuela le daba un ataque, probablemente podría mandársela por encomienda a papá o algo por el estilo. Quizá la familia la embalsamaría en el comedor porque ellos tienen ese tipo de rarezas, o la colocarían en el frente de la casa para que los skinheads le rezasen. Como quiera que fuese, seguramente lucrarían con su muerte y, permítanme decirles que no sería la primera vez que se hace en el mundo. ¡No sean tan puritanos! ¿Acaso no les hicieron un santuario a dos cantantes de cumbia? Bueno, tenemos esas cosas de santos populares, creencias enrevesadas, peregrinaciones a tumbas de famosos y cosas como esas. El mundo, aunque ustedes no quieran creerlo, es morboso y, de hecho, sin ir más lejos los partidos políticos todavía citan a sus grandes líderes fallecidos hace décadas —sino más— al mejor estilo de santos populares.

Fue entonces que me levanté de la silla, con las nalgas planas y la musa habiendo sido asesinada a sangre fría por Liz —no, a ella no le quedaría rastro alguno de culpabilidad—, por eso por lo que decidí que un baño refrescante sería buena idea como para despejar la mente. Así que entré en el cuarto de baño y miré a un lado de la pileta al pasar, no sin antes sorprenderme: en el espejo había un montón de besos con distintos colores de lápiz labial marcados.

—¿Liz? ¿Qué son estos besos?

A la lejanía se escuchó un «¿Ah?»

—Liz —entrecerré los ojos cuando me di cuenta que probablemente ya no tendría maquillaje alguno para utilizar en alguna entrevista laboral—. ¡Ven aquí, ahora!

Tres minutos después más o menos, la abuela asomó su cabecita y un fuerte aroma a perfume costoso golpeó mi nariz, algo que atribuí tontamente a una ventisca que entró por la ventana.

—¿Qué quieres? Io estaba por mangiare.

—Por décimo tercera vez en el día, sí, no me extraña —después de todo, yo pagaba los alimentos, ahora la heladera se encontraba vacía a la media hora de venir de compras y llenarla. Había que admirar el buen metabolismo de esa anciana cruza de Critter con los siete estómagos de Alf—. ¿Qué es esto? —señalé.

—Me stava preparando para mi cita.

—¿Una cita? —casi me atraganto con mis palabras—. ¿¿¿ tienes una cita???

Eso en cuanto a mi vida romántica probablemente superada por Perezoso, por mi padre o por cualquier insecto asexuado que existiera.

—Ahora, Roberta. ¿Io no puedo tener amori?

—¿No? Sí, bueno, es que… Me suena raro que…

—Es que soy vieja. Dilo —ella siempre tan pragmática, ¿acaso eso era motivo para ser así de cruel?—. Ma io quiero tener sesso. La Cecilia me llamó ayer, vamos a pasear y a mangiare fuori.

—¿La…? ¿¿¿Cecilia??? ¿“Esa” Cecilia? ¿La Cecilia de tu…? ¿Tu…?

Los ojitos grises me miraron de arriba abajo antes de darme una bofetada. La familia es amorosa, todo lo cura con un golpe: las tonterías, los shocks, la tartamudez y también el hablar de más.

—¿Mejor? —asentí—. Se me hace tarde. Continui soñando con esos stupidi romanzi que io voy a salir.

Ella cerró la puerta y dos segundos después regresó, con una carita pícara.

—No me esperes despierta —me comentó con una sonrisa astuta y elevando ambas cejas sugerentemente.

Abrí la boca sin embargo quedé ahí, en nada.

¿Qué le iba a decir? Alguien con más años que Matusalén iba a divertirse esa tarde-noche, a comer y pasarla bien y yo… bueno, ¿habría alguna serie decente para mirar ahora? Probablemente podría ver alguna de familias italianas traicionándose, contenidos eróticos asegurados sumados a elucubraciones. ¿Quién necesitaba una cita cuando tenía a su disposición televisión on demand? ¡Nadie!

Como coronación, de fondo Perezoso se largó un largo y agudo gas, dejándome sin ganas siquiera de acercarme a la sala y dejando colgada en mi mente la frase: “la vida es fétida”.


Liz les desea un feliz día del gatto (primero que nada) y San Mierdentín. Tarde pero seguro.

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