3. Retroceder nunca, rendirse jamás

Don José de San Martín, padre de la Patria dijo: «Serás lo que debas ser, o sino no serás nada». Por supuesto, el problema en sí mismo es ser, ya de por sí.

La ventaja de que en cada hogar de la república o, por lo menos, en la mayoría de los hogares a mi alrededor, de poseer un televisor cualquiera (grande, chico, mediano, de plasma o no, empotrado en la pared o accediendo desde cualquier otro aparato) ha conseguido una masificación de cosas. Ahora todos de alguna manera estamos conectados con la “caja boba”, la que nos enseña, a la que los padres le delegan la loable tarea de educar a sus hijos para que los malditos engendros del demonio comiencen a decir sus primeras palabras: carrusel, pastel, fresas, púrpura, panecillo, cometa… Agh, ¿con qué necesidad? El maldito carrusel no es carrusel sino calesita; se dice torta. TOR-TA, no “pastel”. Así el español neutro o effemminato como diría la abuela, ha copado todos los rincones del planeta, nos acosa, nos asfixia, nos ahoga con sus tonterías púrpuras, ya no violeta, ni lila, ni nada por el estilo. Los niños han sido perturbados por las maquiavélicas intenciones internacionalistas, haciéndolos suciamente neutrales, destrozando cualquier idioma, dándoles extraños acentos de tierras aztecas y todo porque ahora emiten todo a cualquier hora. ¡Sanos eran aquellos días en los que las 17 horas eran el momento de paz paterno! No volaba una mosca porque si los chicos se perdían el programa no había repetición, ¡no señor! Y pensar que esa generación terminó consumiendo masivamente libros de autoayuda, ¡no quiero pensar lo que consumirá la generación Teletubbie! ¿Qué demonios significa “oa”? ¿Por qué tenemos que tolerar eso en vez de arrojar una silla contra el televisor y liberarnos de la tiranía opresora cuyo único fin en esta vida es idiotizarnos al tiempo que nos hace consumir cosas que no necesitamos porque así es la sociedad?

Es esa televisión la que me lleva a un punto esencial: todo el mundo la ve por ende, todo el mundo vio mi magnífica humillación pública en el edificio Conde Ciano, lo cual en sí mismo no es malo… salvo si le agregas el pequeñísimo detalle que tenía licencia en el trabajo porque fui atropellada, bah, una nimiedad.

¿Y entonces qué hace cualquier jefe? No, no, ellos jamás valoran tu esfuerzo. Es como decía ese tipo Bukowski, que uno sufre montones de penurias para ir a crear montañas de dinero para alguien más y encima debe mostrarse agradecido. Ellos mirarán que no fuiste a trabajar rengueando, roto, apestado con las mil plagas del Apocalipsis mientras ellos aparecen a la hora que les place, levantan sus pies sobre el escritorio y esperan que todo sea hecho correctamente sólo porque son los jefes y te pagan por ello. O sea, te están pagando para suplir la incompetencia a la cabeza mientras te revientas el lomo como cualquier hormiga obrera y, no lo olvides, debes sonreír y mostrarte agradecido por ello.

Eso fue lo que pensé en el momento en el que la frase salió de su maldita boca: «Estás despedida».

No debería sonar tan mal cuando ya habían despedido a otra de mis compañeras, sin embargo aún la inocencia me picaba, carcomiéndome por dentro. ¿Era acaso que las venenosas lenguas de quienes decían trabajar y hacían llamarse compañeras mías eran tan poderosas o sería sencillamente que este pollerudo, este effemminato intento de hombre al que seguramente su mujer lo había rechazado de nuevo, era tan manipulable? Porque para meterle los cuernos a la mujer con su empleada fue rápido, pero para llorar sus penas tuvo una lenta y amarguísima trayectoria entre la que volvía absolutamente dopado por los médicos, en la que casi se arrastraba para que ella lo perdonase y demás. Sí, en ese momento, yo que había compadecido a este infeliz ahora aplaudía el rencor de su mujer. Se lo merecía. Cada humillación, cada ojera, cada maldita gota de saliva gastada en vano, se lo merecía.

Pero como la sociedad indica que una no debe ser alarmista, que debe ser educada, no le dije ni siquiera el delicado “alcornoque” en su cara. En cambio, uno debe morderse la ira porque es lo socialmente aceptado.

Unos minutos más tarde, mirando fijamente a la nada y fingiendo trabajar tuve una epifanía: todos deseábamos ser como Liz. Aquel espíritu locamente libre, sin presión social alguna, que casi rosaba lo excéntrico y quien tenía sus emociones bullendo constantemente sería el orgasmo de todo neo gurú de autoayuda. Todos querrían ser como la abuela pero el problema era ¿quién se animaría a serlo?

Así que pensé que la vida se dividía en dos tipos de personas: los que se animaban a ser en verdad ellos mismos y los que deseaban serlo, pero la sociedad, el respeto, las tonterías inculcadas por padres, maestros, por todos en general, no se lo permitían.

«Serás lo que debas ser, o sino no serás nada», repitió mi mente.

¿Y qué si a Raúl le picaba el encaje de la bombacha? ¿Qué si él quería usar lencería femenina? ¿Cuál es el problema que los demás tienen que a él le gusten los hombres? ¿Por qué el mundo se tiene que fijar en el culo ajeno? Y sí, se dice así porque de otro modo no entienden. Si uno les dice «fijaos en la viga en el suyo»… esa frase de siglos ha quedado en desuso, nadie mira vigas… ven selfies. Nadie habla de pajas a menos que sea en referencia a la masturbación y eso ya es otro tema, porque no hay granjeros, porque el campo nos queda lejos, es aquello que la televisión o los libros muestran de vez en cuando, esos terrenos largos y llanos, cubiertos de vacas, de ovejas, de caballos, de personas con sombreros de paja y jardineros de jeans que se levantan cuando nosotros apenas nos estamos acostando.

Entonces miré a los lados, las paredes anodinas en crema, a mi compañera en el otro escritorio con un rubio tan artificial, mascando chicle cual si fuera una prostituta mientras mordía una lapicera, justo tras de una computadora en la que casi podría jurar que estaba cargada alguna red social y no una planilla de cálculo. Era la hija de, por supuesto. Ella jamás perdería su puesto laboral a menos que sucediera el mismísimo Apocalipsis. Miles de veces uno tenía que ir a pedirle cosas que ella negaba y perjuraba que no tenía hasta que, en algún momento, la neurona oxigenada se activaba una hora al día y decía que lo tenía. Eran horas perdidas buscando en la nada misma por su incompetencia que jamás pagaba ni era sancionada. Lo mismo sucedía con sus familiares como jefes, en la más alta escala de la evolución, los imbéciles habían tomado el control de una empresa e increíblemente, ganaban fortunas.

Los dedos se tamborilearon en el mouse. Saberse con el poder de hacer y deshacer sin ser visto, sabiendo que toda la información había sido mejorada, ordenada y explicada tan bien que hasta un niño de preescolar la entendería y todo estaba allí, frente a mis narices era una tentación enorme. Sobre todo cuando la voz cantarina de vendetta resuena en la cabeza de cualquier descendiente de italiano.

Te despidieron… vendetta.

No te pagaran lo que corresponde… vendetta.

Todo porque te vieron en televisión… vendetta.

Ni siquiera se notaron en tus golpes… vendetta.

Y no te preguntaron cómo estás… vendetta.

A esto se le podría sumar la música de Psicosis de fondo que le pegaría perfecto. Y el chicle estallando. Una y otra y otra vez. El tic en el ojo que comienza, al principio despacio y entonces cada vez más pronunciado porque no lo toleras. Recuerdas aquella película en el que el empleado común y corriente se vuelve loco y pide una hamburguesa decente. Recuerdas la escena del cochecito de bebé de Los Intocables y el bautismo en El Padrino. Así se revuelven las entrañas, se aprietan, se remueven porque sabes que estas personas no han tenido código y ante el primer fallo te expulsan cual si fueran seres impolutos, sin tacha alguna.

Una persona común generalmente baja su cabeza, asiente cuando sabe que todo está mal pero son momentos como el presente los que nos definen como personas porque, si tuviera diez gramos más de malicia en el cuerpo, cruzaría el metro que me separan de esa cabeza hueca y le diría: «Tu amiguita de diecinueve añitos sale con tu papá de cincuenta. Sí, es ella. ¿La que dijo que el último tipo con el que estuvo en la cama la aburría? Bueno, ¡era tu padre, nena!» O podría tener un ataque de locura y gritarles a todos «¿¿¿Se creen que soy idiota y no tengo idea que ustedes intentan realizar una estafa de más de un millón???»

Pero no.

Lamentablemente no me habían criado de esa forma. Ni siquiera me daba el coraje para borrar todo lo que había hecho, todo ese trabajo de acomodar todo. Aunque deseara ser como Carrie, el puesto de arruinar las luces ya estaba ocupado y parpadeaban solas hacía semanas. Y no, ninguno de ellos escucharía por más que gritase.

Así que cuando terminé mi hora me juré a mí misma que nunca más pisaría ese lugar, no con personas que obviaron mi trabajo o mi dedicación.

Lo que yo no contaba era con la reacción que tendría Liz al respecto.

 

*

 

Hogar dulce hogar. El sitio donde todos los problemas son dejados atrás, donde uno puede cómodamente sentarse, llorar sus penas, acariciar sus mascotas, hundirse en su patetismo acurrucado en un sillón como un perrito. Nadie puede tocar ese santuario personal, nadie podría siquiera llegar a comprender lo que significa para uno la seguridad de tener ese pedacito propio, inmaculado, donde todo te pertenece y a la vez, a dónde perteneces. Nadie.

Salvo por el cartel en hoja A4 en la entrada, hecho chapuceramente con marcador fucsia y birome que decía:

PRIMER TORNEO DE PLAY 2

EL PADRINO

Entrada $10

Mis cejas se elevaron.

Lentísimamente, casi como cuando en una novela de televisión cualquiera la pareja protagonista se tiene que declarar su amor, mi mano se estiró. Cerca, más cerca, la brisa sobre la palma, el pomo opaco que le faltaba lustra metales, el aroma a pochoclo (y el grito efusivo de “¡Palomitas!” de un niño con español efemminatto), las risas, los gritos azuzando a alguien a que corriera, los sonidos de disparos como si estuviera justo fuera de la puerta de una sala de cine. Y mi mente, clamando desde las mismísimas entrañas del infierno el nombre de Liz.

Porque sólo existía una persona en el mundo capaz de transformar cualquier cosa en negocio y esa persona en cuestión no era Donald Trump.

Abrí la puerta para horrorizarme ante la imagen que se desarrollaba ante mis ojos.

Un engendro del demonio (comúnmente denominado “niño” por otras personas políticamente correctas que dicen ser buenas y a la primera oportunidad que tienen te clavan un puñal en la espalda) estaba comiendo yogurt cremoso en mi maldito sofá. ¡El sofá que me compré con mi primer sueldo porque el chico que me gustaba dijo que duraría eternamente! Ese sofá, de tres cuerpos, demasiado grande para mi propio departamento minimalista (ahora están de moda esas cosas); fabricado con plumas en su interior que me dijeron que eran exclusivamente importadas de una ciudad llamada Tanga, ubicada en Tanzania; de color negro… o antes era de color negro, ahora tenía una hermosa mancha blancuzca porque cuando el chico me vio, sosteniendo en el aire la cuchara como si el tiempo se hubiera detenido de repente aunque, debo decir, una decena de otros engendros del demonio estaban corriendo, saltando y gritando por todo mi inmaculado hogar, le grité tan fuerte que saliera de ahí que, en su pavor, su cuerpo tembló y aquél maldito yogurt infractor cayó entre medio de sus piernas, que estaban abiertas (típico en cualquier transporte, donde los hombres se creen que por abrir las piernas podrán ventilar sus calores internos), siguió obedientemente la ley de la gravedad y manchó el sofá.

Di un grito agudo —digno de película porno o de una película de Hitchcock, lo que sea de su preferencia— entremezclado entre el horror, la ira asesina y quizá, sólo quizá, un poco parecido al de una mujer lobo que tanto gustan de deleitar los libros estúpidos donde tienen que justificar unas ansias irrefrenables de sexo. See, culpemos a las hormonas súper desarrolladas como si los pobres lobos se reprodujeran como las ratas. Claro, ¿por qué no? Algunos dirían que la visión se me tornó roja de repente, ¡pero no soy un maldito detector de infrarrojo! ¿Qué clase de gente infradotada cree que un poquitito de ira podría hacer eso?

El chiquillo corrió por su vida, por supuesto. Mi vista estaba fija en él y lo mínimo que deseaba era colgarlo de la ventana de una pierna y arrojarlo directamente hacia el suelo.

—¡Roberta! —saludó contenta una voz, sin remarcar la R como solemos hacer los argentinos sino más como los japoneses, que en vez de decir “arrorró” dicen “aroró”. Justo así.

—¿¿¿Qué es esto, Liz??? —se oyó más como un “quesesto”, rápido y sin respirar. Creo que me había puesto roja de la ira, sentía el cuerpo caliente, las manos en puños y alguien debía morir porque mi cerebro clamaba por ello.

—Un torneo, ¿qué va a ser, Roberta? —replicó indignada—. Verás, necesito un soldi, unos billetes porque alguien me dejó sin hogar.

Entrecerré los ojos y puse mis manos en las caderas, intentando en vano intimidar a esa mujer. —¿Ya empezamos con eso otra vez?

Ella se encogió de hombros. —Tú tienes ese aparato sin usar —señaló la consola de juegos—. Y estos bambini tienen unos padres de merda, no les compran nada para entretenerse.

—¿Entonces serías… una especie de carmelita descalza que hay que canonizar porque estás ayudando a estos engen… niños a jugar? Por una módica suma, claro.

Liz se quedó muy quieta, haciendo una extraña mueca hacia abajo con su boca.

—Te ricordo que Benito no te compró ese muñeco effemminato que querías cuando eras ragazza, ¡y mira cómo saliste!

—¡No te atrevas! —También iba a empezar con eso de que soy una lesbica delante de los chicos. ¡No! ¡A ella no le importa nada!—. Arregla esto ahora mismo.

Ignorándonos, un niño regordete y con lentes, se puso a bailar y a gritar, arrojando el joystick en cualquier lado sin fijarse.

—GANÉ. ¡TODOS PUTOS! ¡YO GANÉ!

La abuela se giró, arqueando una ceja se acercó a la consola y la miró, sostuvo el joystick, dándolo vuelta, examinándolo minuciosamente y dijo:

—Hiciste trampa, Joaquín.

—¿¿¿Qué está diciendo, vieja??? ¡Yo les gané a todos éstos!

—Trabando el control. Miren —lo exhibió a los demás—. Abre la puerta, Roberta. Los bambini quieren salir a jugar fuera.

Sin dudar, al ver el rostro de lobizones de los niños, abrí la puerta sin chistar. Una manada de elefantes pasó, o eso diría la vecina del departamento de abajo después, con todos los niños persiguiendo al otro. Sólo uno quedó, al que Liz expulsó de casa diciéndole que era adoptado, entonces, se lanzó sobre el sofá, metió una mano en su bolsillo y comenzó a contar dinero. Fajos de billetes. ¿Pero qué clase de enseñanza le dan a estos niños de ahora? ¿Esos padres los dejan salir con tanto dinero? ¿Cómo era posible? Cuando yo era niña miraba con una pena lastimera las golosinas de los demás, aquellas que me parecían tan costosas como una Ferrari, inalcanzables, deliciosas, que hacían agua mi boca y que, muchos que veían cómo los codiciaba, se daban la vuelta y me trataban de italiana pobre.

—Ya puedes quitar el cartel —dijo Liz sin mirarme.

Suspirando lo hice. Lo bueno fue que al entrar, ella me estiró un fajo de billetes.

—¿Y eso?

—Para ti —dijo encogiéndose de hombros—. Lo vas a necesitar ahora que no tienes más lavoro.

—¿Y cómo sabes eso, Liz? ¡Hoy me echaron!

—Tu jefe llamó. Dijo que estabas en televisione y todo eso, le dije que estaba lejos de ser il capo de tutti capi y que él sólo era un malnacido que te trataba como una esclava, pagándote una miseria.

Arrojándome en el sillón junto a ella, con la música del Padrino de fondo, me quedé en blanco.

—¿Cómo no me iba a despedir después de eso? —pregunté.

—No te preocupes, Roberta —me palmeó la pierna—. Esta famiglia no retrocede nunca. Io te voy a ayudar a encontrar lavoro. El primo Alessandro…

—¡El primo Alessandro es un mafioso, Liz! ¡Vende armas! ¡No quiero terminar en la cárcel como un malviviente!

—¿Y qué con eso?

—¿Y qué con eso? —repetí—. ¡Ahora me dirás que la venta de armas está justificada, por el amor de Dios!

Dio no tiene nada que ver con esto. Alessandro le debe a Salvatore, lui le hizo una oferta que no pudo rechazar hace años, así que te puede ubicar con algún conocido. Es famiglia, la famiglia no se rinde. Con que uses una computadora serás mejor que todos esos gorilla que él tiene como empleados. Además, ¿quién no estuvo detenuto alguna vez? —Desestimó con una mano—. Si todo falla, todavía podrías entrare en la política aunque no tuvieras estudios, esto es Argentina, no Suiza.

Bueno, ahí había una lógica irrefutable que me dejó boqueando como un pez fuera del agua. Para ser político —para tocar las leyes del país, para aprobar, desaprobar y dirigir a esta hermosa nación—, ¡ni siquiera necesitabas secundario completo! No, no, no estoy mintiendo, es la verdad. Nadie mira la letra chica, nadie elige a los candidatos políticos por su idoneidad. Uno podía vivir en una calle asfaltada sin cordón, con la zanja pútrida de lado, teniendo que saltarla para entrar en la parada y aquí, en el país de las maravillas, continuarían votando a los políticos por el partido al que pertenecieran. Nada de idoneidad, nada de moral, nada de observarlos, juzgarlos minuciosamente. Era más un pensar en qué les podrían dar (clientelismo), era más a quién podrían acomodar en sus filas, en los municipios, en los departamentos del Estado sin importar qué (nepotismo). En eso, amigos míos, teníamos arraigadísimos los genes italianos. La mafia prosperaba, manejaba todo.

Y por el lado positivo, en menor medida que los brasileños, cantábamos felices, ayudábamos al prójimo en cada desastre natural, alentábamos con toda el alma, vivíamos de la pasión que algunas cosas nos daban. Amigos de verdad, de esos que no se encuentran en los fríos países nórdicos, tan correctos que ni siquiera se les ocurriría putear al pelotudo que cruzó la calle sin mirar. Esa clase de gente no sabía nada de la vida, de la fuerza con la que las emociones nos fluyen, varían, y vuelven a fluir por nuestras venas. Eso explicaría el fútbol, por ejemplo. También explicaría por qué las mujeres argentinas vuelven locos a los grandes artistas internacionales como Matt Damon, Robert Duvall o Michael Bublé. Liz suele decir que en una de las tantas visitas que hace al país Robert De Niro —visitante asiduo si los hay—, él se quedó prendado de ella y la acosaba, pero ya saben cómo es Liz… además De Niro trabajó en El Padrino y es la única película que ella considera aceptable.

Il figlio de Alessandro, Ceferino, lavora en el Parlamento.

—¿Ceferino? ¿Qué clase de madre tiene que le puso ese nombre? ¡Ah! ¿Él era el que tenía una mujer extranjera, no? Venezolana o algo.

—Peor. Uruguaiana, aunque sea los venezuelanos tienen la excusa de estar mortos de hambre —sacudió la cabeza con disgusto—. Per fortuna, ella no le puso Washington o Wilson como hacen allá. Esos uruguaianos tienen la costumbre de darnos lo peor, ese actor que hizo de indiano, la que estuvo con Xuxa que aúlla en la radio, el zurdo ese de Inmorales. La única bonna era China… ¡ah, lei sí me gustaba! ¿En che estaba pensando Alessandro con esa donna?

—No sabía que él tenía un hijo.

—Y una figlia, Chantal. Tarotista le salió. Ninguno de los dos lavora, en pocas palabras.

—Pero Cef… ¡ese con nombre indígena! Al menos vive en Italia.

—Nop —respondió mientras habría una bolsa de papas fritas y comenzaba a mascarlas ruidosamente.

—¿Cómo qué no?

—En el Parlamento argentino.

—Congreso se dice acá, Liz —la corregí—. Además, eso de trabajar es todo muy relativo en este país. Sólo piensa que él podría haber salido sindicalista.

Se quedó mirando de lado, como quien intenta comprender algo, y a continuación exclamó: —¡Un capi!

Deteniendo mis pensamientos, debí educarla como se haría a un niño pequeño:

—Mira, Liz. Entiendo que todos en este país sabemos que los sindicalistas son mafiosos pero… nunca, pero NUNCA, llames a uno de ellos así en sus caras. ¿Por favor? —supliqué—. No quiero terminar con mi casa incendiada peor que la tuya. Tampoco deberías llamar así a ningún piquetero en su cara, aunque ellos técnicamente no son mafiosos coaccionan por la fuerza a que no transitemos, lo cual si lo pienso, es un delito. Pero claro, ¿quién se va a fijar habiendo tantos delitos por ahí? ¿Quién se fija que mi jefe estaba a punto de hacerle una estafa a la empresa de seguros? ¡Nadie! ¿Quién se fija que me tenía trabajando en negro y ahora no tengo ni un centavo de aportes para mi jubilación? ¡Nadie! De hecho, mi jefe le pagaba a la policía por “protección” mensualmente más que mi propio sueldo, ¡pero vamos! ¡Esas son tonterías mías nomás! Y en eso, te ven en televisión y ya te despiden, pero, hete aquí que si hubiese estado en ese programa que lo único que hacen es mostrar culos y tetas…

—Estuviste en ese programma televisivo de culos y tetas.

—… Sí, pero eso no cuenta. ¡No cuando no estuve meneando mis nalgas enfrente de una cámara por un poco de rating y un par de billetes! Raúl lo hubiera hecho, yo no.

—Raúl es effemminato. Dicen que es una cosa de los genes falliti, debe ser colpa di Salvatore, él chupaba de la botella come se fosse la última del desierto. Terrible. Y después se iba con quelle puttane

—Conozco lo que beben en las fiestas, Liz. A mí no —la miré de lado, cortando su diatriba—. La última boda a la que fui, Bodegas Fiore dijo que les avisasen la próxima para ser sponsor de la velada porque los salvaron de una quiebra segura.

Elevando ambas cejas blancas, me dio una mirada de desgano.

—Se nos seca la lingua —explicó escuetamente, equiparando a los italianos con los loros y sus lenguas resecas—. Además, el viejo Fiore era amico de Michelle.

—O sea, la prima Michelle le hacía favores sexuales al viejo con tal de comprarse una nueva cartera —aclaré—. No me extrañaría nada que ella terminase toda operada, viviendo en Europa con un futbolista. Pero bueno, ahora se explica el por qué la Bodega se iba a una quiebra segura, pagar la tintura para el pelo de esa mujer debe costar una fortuna.

—Michelle estaba felice ese día. El tonto del marito le pagó la carrera de ver planetas. ¿Cómo se hacer llamar ella allora?

Sin querer ver el desastre que era mi casa ahora (muy similar al paso del huracán Katrina, el Niño, la Niña, María e Irma juntos), prefería la complaciente charla intrascendente con mi abuela. Lo sé, lo sé. ¡Cómo estaría mi casa! Y bueno, salvo por el televisor que era el centro del universo de la competición de videojuegos y la consola en sí misma —no los joystick, esos habría que reemplazarlos—, lo demás era un caos total. De hecho como vería después, el baño bien podría haber pasado con su suciedad por cualquiera en una estación a la que concurren miles de personas por día. Lo blanco era marrón porque los niños jamás se fijan que tienen los pies sucios, las pisadas que salían de allí habían manchado todo el pasillo; del piso alrededor del inodoro salía un hedor tremendo, la tapa estaba levantada y los niños podrían tener mucha puntería para colocar una virtual bala en la cabeza de algún enemigo en su juego, pero parecían ser incapaces de acertarle al inodoro en sí mismo. La toalla blanca favorita que utilizaba luego de bañarme había sido utilizada como trapo de piso, justo después de que alguien trabara la manija a un lado del tanque del inodoro y el agua comenzara a filtrarse por debajo. Eso, ahora que recuerdo, era algo que mi padre había dicho que me arreglaría hacía más de seis meses pero claro, no podría recordárselo porque se ponía sensible al respecto, diciendo que lo trataba como si fuera mi esclavo.

Liz había continuado parloteando, a todo esto.

—… El apodo de lei era…

—¿Júpiter?

—¡No! “Shupita” —rodé mis ojos al recordar el vergonzoso apodo de mi prima—. ¡Ni un nieto decente mi ha mandato, Dio! Tutti culpa di Salvatore. Io sonno una buena donna.

—Cómo serán las malas —murmuré, automáticamente obteniendo su respuesta… en la nuca—. ¡Ay! ¡No me pegues!

Vai! Enciende esa computadora que io tengo que hacer algo.

Se levantó y me arrastró hacia la computadora, porque cuando la abuela quiere algo, lo quiere ya. Para ayer.

Así que me tuvo toda la madrugada explicándole desde cómo encender una computadora, a cómo utilizar un navegador y sus respectivos buscadores y, además, cómo utilizar un procesador de textos. Yo sé que para la mayoría del universo eso puede parecer que es un lenguaje complicado, pero no es nada que un niño de diez años no sepa hacer en cualquier ciudad civilizada y, debo agregar, quedé sumamente impresionada por la inteligencia de la abuela. El único detalle que pensé durante un momento, entre su «¡Ma che cansada ni cansada! ¡Si mañana no tienes que lavorar!» y su «Te estás pareciendo a la puttana de tua mama que no me quieres ayudar», fue que me sonaba sospechoso que ella quisiera algo tan repentinamente. Pero, como toda persona porfiada, me encogí mentalmente de hombros y supuse que ella estaba preocupada por la educación a la que no había tenido la oportunidad de acceder.

Además, dice Harvard que el café ayuda a prevenir la depresión y, con las cinco jarras que me tomé para mantener mis ojos bien abiertos, creo que no tendré depresión durante los próximos dos años más o menos.

 

*

 

Al día siguiente, nos dirigimos —en colectivo, señores, porque no todo el mundo civilizado puede pagar las exorbitantes sumas por un vehículo, menos con lo que nos cobra el Estado por realizar una transferencia de un auto por más viejo que sea. Y con la cumbia bien alta, porque en este país les parece poco hacernos sufrir con el reggaetón que, además, teníamos hace décadas nuestra propia tortura nacional—, a la casa de la prima Michelle.

Supuse que ella quería hacer sociales; supuse además, que era una cosa de viejos el ir de visita a los familiares, como quién trata de adelantarse a la Parca antes de ser conducido al Inframundo. ¿Y adivinen qué? Sí, me equivoqué.

La casa de la prima, ubicado en el lujoso barrio de Recoleta —dónde la gente no sabe lo que es un cubierto de plástico ni comer en una pizza barata sentada en un local donde probablemente los cocineros sean cucarachas emprendedoras—, con pisos de parqué, arañas de cristal en el techo y una decoración entre fastuosa y de pésimo gusto, nos recibió cálidamente. Sí, ella colocó la calefacción al máximo, intuyo que como una forma de decirnos que nos fuéramos porque transpirábamos como testigo falso dentro de su hogar. Claro que Liz no se dejó amedrentar por eso.

—¿Estás por hacer sapone? Se el Adolfo te hubiera conocido, hubieras terminado siendo sapone con quella tua mente.

—¿Sapone?

—Jabón, Michelle —aclaré. Guardándome la frase maliciosa de la abuela por la referencia a Adolf y lo que él hubiera hecho al ver la inteligencia de la prima.

—¿Necesitas un baño, eso es lo que quieres decir? —le preguntó a Liz, mientras arqueaba el meñique y tomaba de aquella taza de café de porcelana que valía tanto como su recientemente estrenada nariz—. Sé que hace calor pero la calefacción se arruinó.

—Se arruinó quando siamo arrivati —murmuró Liz en respuesta.

Nop, la abuela no tenía un pelo canoso en su cabeza de tonta al murmurar que la calefacción comenzó a ascender casualmente cuando nosotras llegamos. Y creo que el servicio doméstico de Michelle tampoco eran idiotas, porque sentía suaves risitas cada vez que la abuela hablaba de fondo. Ellos no aparecieron más que para lo justo y necesario, como las aves cuando sienten el peligro inminente y emigran a otros lados.

Sono venuto a verte perché tengo un conocido que da clases de gimnasia, si quieres te lo puedo mostrare en tu computadora. Él es un buon hombre.

La primera vez que ella lo ofreció, Michelle hizo una mueca, la segunda le dijo que no, a la tercera oportunidad, Liz le hizo una oferta que no pudo rechazar:

Se non si muove quel culo siliconado que tienes, haré que las fotos de tus quince anni aparezcan en las portadas de las revistas.

Hasta a mí me dolió. Las fotos de los quince de Michelle parecían ser de cualquier otra persona, menos de Michelle. Esa nariz digna de un tucán, esos pómulos flacos, el cabello oscuro, los labios finos, ¡el acné, por Dios santo! Nada en su rostro decía que ella era ella, incluso el sistema más avanzado de cualquier red social sería incapaz de reconocer la transición.

Así que a ella no le quedó más alternativa que conducirnos a su estudio. Así lo llamó. Los pobres mantenemos la computadora donde podemos: en el comedor, la habitación, haciendo parabólicas humanas para robar wifi de los vecinos. Ella no. Una habitación especial, con libros nuevísimos a los lados que miré con clara codicia y que ella jamás tocaría, un cuadro de cuerpo entero de Michelle queriendo parecerse a Marilyn Monroe que, en realidad, lucía como una orca encallada en Puerto Madryn. Un enorme escritorio de la última moda, realizado con macetas… ¡sí, con macetas! Ella dijo que era el último grito de la moda y qué se yo, ¡cómo le gusta a los ex pobres con dinero gastar fortunas en idioteces! Y la notebook, por supuesto. Aunque la prima era una ferviente neo socialista —Liz estuvo a punto de matarla por su comentario, lo vi en su mirada desencajada—, tenía su computadora de última generación venida de un país capitalista, de una empresa multinacional, y que no sería ejemplo de nada socialista.

Todo eso estuve mirando, sin prestarles demasiada atención a ninguna de las dos hasta que el sonido de la voz de Michelle, como surgido de una película pornográfica, me llamó la atención.

—¡Ay, abuela! ¡Diossssss! ¡Sí, justo necesitaba ponerme en forma! —chilló, golpeándose un muslo con la mano.

En la pantalla, la imagen de un hombre musculoso que bien podría ser modelo, con una de esas artificiales sonrisas demasiado blancas, bañado en aceite y con un bronceado artificial, hizo que Michelle se derritiera. ¡Bah, no era para tanto!

—¡Ya lo estoy llamando! Gracias, nonna.

Michelle le dio un beso en la mejilla a la abuela y salió disparada de la habitación.

—¡Eh, Roberta! Tráeme algo para mangiare.

Un rato después, o sea, después de que la nonna salió del estudio, le comió media heladera a Michelle, se hizo amiga del servicio doméstico y los exhortó a protestar porque la prima no les pagaba sueldos en blanco. Después de crear un motín, entonces nos fuimos.

Estuve feliz de la vida de dejarla atrás para volver a mi casa, cambiarme la ropa de calle y ponerme la ropa con la que parecía una indigente más las pantuflas para sentarme a mirar tele. Eso cura cualquier malestar.

Lástima que no pude hacerlo.

Unas horas más tarde, estaba buscando trabajo. Ok, en realidad estaba colocando una cuchara sobre mi nariz mientras veía en un programa de chimentos cómo se separaba la parejita de turno mientras sacaban sus trapitos sucios al sol… al sol de las pantallas. ¿Saben? Ese es el deleite de cualquier persona sin vida amorosa, después de las novelas y de los kilos de golosinas, aunque intenten negarlo. Pero bueno, la cosa es que estaba haciendo lo que hacía cuando Liz me llamó para que mirase algo en la computadora (ahora convertida en su nuevo hobbie) y mi mandíbula se desencajó.

Allí, en las virtuales letras donde la poesía fluye en torno a blogs, «donde Cervantes hubiera querido estar de haber conocido algo más que una carreta» —así decía mi profesor de lengua y literatura—, donde la rapidez de la información se filtraba en los canales virtuales, regando de cultura el ciberespacio. Ahí, el blog de “Shupita Astros”, vibrante en colores llamativos, GIF de colores que titilaban como estrellas, donde se la podía apreciar sonriente, con una bola de cristal y un atuendo cuasi gitano, ahí estaba la “cosa” que Liz estaba haciendo en la computadora de Michelle “Shupita”.

En pocas palabras, estaba arruinando, saboteando a mi prima porque sí nomás. Porque podía y punto.

Con una enorme sonrisa —la misma que tenía orgullosamente cuando se enteró que Alessandro se convirtió en miembro de la mafia—, se podía apreciar el perjuicio que le había realizado a los cientos de seguidores virtuales que a diario consultaban a los astros para determinar sus aciagos destinos.

Aries: Representados por Marte, los arianos pueden ser estúpidos como ese que canta “La incondicional” y se va con otra o irse al otro extremo y ser tranquilos. Eso siempre y cuando no se metan en alguna discusión… después dicen que no se parece a ese Roqui. Grandes personajes como El Adolfo eran de aries. Lenin no cuenta, esos zurdos nos arruinaron la vida.

Tauro: ¡En vez de un toro deberían ser representados por una mula! Son terrrrcos hasta el hastío, cansan de tan cabeza duras y no hay forma de hacerlos entrar en razón. Si los hiciéramos creer que un terremoto no podría con ellos, probablemente los eliminaríamos de la faz de la tierra. Pol Pot, considerado uno de los asesinos más grandes de la historia, era de tauro.

Géminis: Los bipolares. Primero dicen sí y después que no, son Dr. Jekyll y Mr. Hyde del horóscopo. Acusados de vivir conectados todo el día con esos aparatitos nuevos. Si les molesta su sentido de la comunicación, les aconsejo dejarlos abandonados en el medio del campo con la excusa de probar algún tipo de conexión nueva de última generación.

Cáncer: No vale la pena hablar de cáncer porque se van a largar a llorar y encima me lo van a reprochar hasta en mi tumba.

Leo: Ah, leo. ¡El signo de las estrellas! El Benito era de leo, ¡qué grandes recuerdos! Igual que Napoleón Bonaparte y Madonna. Tenemos razón y punto, la gente es la que nos calumnia. No cuentan: Fidel Castro ni Hugo Chávez.

Virgo: Fayutos. Maniáticos de la limpieza. Torturan a los otros signos dando tips de cómo sacar una mancha hasta cómo hacer un trabajo perfecto, enloquecen si ven motas de polvo, arremeten contra cualquier línea que no haya sido hecha con una regla. En pocas palabras, deberíamos mandarlos a un loquero bien sucio a que se arreglen entre ellos.

Libra: El signo de la balanza que tiene menos balance que nadie. Nada de equilibrio, eso lo dejan en pura simbología y ya, mejor se van a buscar a quién pueden seducir ahora.

Escorpio: El signo de los asesinos. Ellos van a decir que todo está bien y luego sacar la ametralladora y eliminar a cualquiera. Pelean. Signo ideal para tener soldados, un poco de incentivo como decirles que no sirven para nada y con diez locos de estos se gana una guerra.

Sagitario: Acá no hay nadie porque los sagitarios se fueron de fiesta a tomar unas copas. Borrachos como ellos solos; en vez de un arco, hagan de cuenta que tienen una botella en la mano y sería más acorde. Stalin era de este signo pero ya saben que él no cuenta, Nerón también, que debió haber incendiado Roma mientras le arrastraban barriles de bebida a su vivienda.

Capricornio: Van a sufrir una muerte lenta y dolorosa, como Elmer, se lo merecía. Siempre pispiando a ver a quién pueden cortejar porque se creen Escupido. Las parejas de capricornio están destinadas a obtener los atributos de éstos: sus cuernos, la mitad de pez que ahora no se ve es por lo escurridizos que pueden ser a la hora de inventar una historia para cubrir sus infidelidades. ¡No pienso cambiar esto, Roberta! Ma che cosa! Después lloran que nadie los va a ver en su cumpleaños como actriz de telenovela venezolana. ¿No se dan cuenta que con el bicho ese de frente parecen cosa del diavolo?

Acuario: Depende. Algunos son traidores, otros no. Algunos son divertidos, otros no. Algunos se merecen la horca y otros se merecen ver el espectáculo. Hay de todo.

Piscis: Otros llorones, como Benito. El día que se hagan hombres va a ser el fin del mundo. Si vive con un piscis, le aconsejo que compre pañuelos de tela antes de gastarse una fortuna en pañuelos descartables, están avisados.

Cuando terminé de leer me quedé muda, erguida sin saber qué decir. Si felicitar a Liz por intentar encaminar a mi prima o triste por la clase de barbaridades que había puesto. Y todo ya estaba publicado. El daño estaba hecho y se replicaba, masificándose con la misma pasión con la que discutíamos sobre los chimentos:

«Shupita, largá el vodka».

«Esto es digno de ser denunciado por contenido discriminatorio, racista, difamatorio…»

«… hemos presentado una queja formal ante el Instituto contra la Discriminación…»

Y yo había ayudado a mi inocente abuelita, pensando que quería corregir su italiano para… algo, creyendo que eso era alguna cosa de sus prácticas en informática.

Ella en ese momento estaba sentada en la silla con aquella felicidad que le salía por los poros, de brazos cruzados y atentamente viendo cómo descalificaban a su familiar en los comentarios del blog. Demasiado satisfecha de su hazaña.

Questo les va a enseñar a esos stupidi creyentes de los astros. Vendetta a Michelle por tratar a sua nonna como una extraña de la calle.

Horrorizada, me di media vuelta y salí de la habitación.

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2 comentarios en “3. Retroceder nunca, rendirse jamás

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