2. En el amor todo es empezar

Era una persona de gustos sencillos. Aunque tuviera que colocarme hielo en la cara para bajar la hinchazón porque me veía como una especie de anomalía genética, pasar una tarde tirada en el sillón de casa, haciendo “nadismo” —algo que debería ser instaurado como deporte popular en las Olimpíadas—, sentada, ingiriendo comida chatarra y viendo algún viejo clásico, era casi un Paraíso para alguien con esos ingresos nimios que obtenía de mi trabajo. Y en medio de esa pasión, “Rocky” era una de mis favoritas para ver. El amor de Rocky por Adriana me parecía que era lo que siempre debía desear una mujer, ese tipo de amor que aunque fregasen tu rostro por el suelo, uno clamara y allí estuviera. Impresionante y…

—¡Bah! Si el Benito y el Adolfo hubieran ganado la guerra contra quella gente, no verías a esos americano charlatanes. Nada de e’Roqui, ese boxeador bobo que vive llamando a esa pollera, sua signora.

Y mi abuela había comentado toda la película de principio a fin. Primero bufando y, como me vio mirándola de reojo, pensó que tenía derecho a dar su opinión profesional sobre un clásico del cine norteamericano. Ese día aprendí un par de cosas: primero, que Liz odia cualquier imitación de gente con problemas del habla que no sean cien por cien italianos; segundo, que ella realmente era toda una fascista cuando hablaba de los norteamericanos; tercero, que ni siquiera un personaje de ficción podría escapar a su afiladísima lengua, a su perfeccionismo innato, al poder de esa mujer de destruir cualquier fantasía por más ficticia que fuera y hacerla añicos. Arrojarte en un vendaval de palabras, retorcerte y, cuando menos te dabas cuenta, la conversación había ido justo a donde ella te atraparía con las manos en la masa, desollaría tus intenciones sin piedad, sabría cada instante cuándo le estuvieras mintiendo mejor que un polígrafo. Era mejor que la KGB y el Mossad juntos. De aquella longevidad envidiable sólo podías sacar una única conclusión: ni siquiera la Parca se metía con la nonna.

Capisce, Liz —le respondí con un largo suspiro.

Me observó de reojo, con los ojos entrecerrados sin siquiera disimular ni un poquito sus sospechas. Una mirada de esas hubiera enviado a correr a cualquier bravo guerrero, puedes apostarlo. —¿Io te estoy cansando?

—No, abuela.

Un robot probablemente tendría una voz más animosa que la mía, sí, y ella lo sabía.

Bugiarda como sua madre!

—Mamá no es mentirosa, Liz. Es…

Sai ho detto a tuo padre che era incinta quando non era?

—¿Qué? —la señalé con el dedo, enderezándome en el sofá—. Tradúceme eso que acabas de decir. Inmediatamente.

—¡Que le dijo a tuo padre que estaba encinta quando non!

La mia mamma???

De acuerdo, mi nivel de patetismo no tenía fin. Ahora empezaba a sonar como mi padre. Como descargo diré que no sabía si creerle a Liz —quien dejaba más que en claro en cada ocasión que podía y en las que no podía también—, que mi madre era una puta mentirosa, o creer en la historia de mamá que decía que papá era un sapo que no pudo volver a transformarse en príncipe y que por eso lucía tan feo, como una mezcla de tatú carreta y ornitorrinco. ¿Acaso nadie creyó las tonterías que realiza Disney de chicos e intentó aplicar esas mismas tonterías en su madurez? Entonces, por mi parte, bien podría creer la historia de mi madre.

Quella cagna di sua madre! Sí. ¿Y tú qué?

—¿Y yo qué de qué?

Si yo sabía perfectamente que dudar con Liz era como jugar a la ruleta rusa teniendo un revólver M1917 y ser el sexto en probar suerte, ¿por qué lo hacía? Era un suicidio. Si tan sólo pudieran verla… aquella mujer anciana y delgada, de rugoso rostro blanquecino, esos ojitos redondos y grises, ese brillo pícaro en sus iris, allí sentada, con sus mejillas sonrosadas y ese bamboleo de sus piernas que quedaban suspendidas en el aire porque no llegaban al suelo, luciendo como todo un ser que no mataría a una mosca…

Ladeó la cabeza con interés y una ceja se arqué inquisitiva mientras se acercaba más a mí en el sillón. —¿Algún amichetto, novio?

—Eh… ¿no?

—¡Ah! Sei una lesbica! —adivinó muy contenta.

—¡No soy lesbiana!

Allora? Io soy una donna moderna, Roberta —expresó con voz conciliadora y erudita—. Ma tua mamma odia a las lesbica. Nel mio tiempo, io y la Cecilia…

—No quiero saber.

Ma perché? —preguntó, alejándose y volviendo a mirarme de lado.

Creo que oré tanto que algún poder cósmico me salvara del interrogatorio de mi abuela que alguien arriba —o abajo o al costado—, se apiadó de mí finalmente y el teléfono sonó. Oh, lo sé, debería tener más cuidado con el teléfono porque para lo único que servía era para que me llamasen por facturas impagas, para ofrecerme inútiles servicios de seguros de todo tipo, para decirme que me había ganado un descuento de diez mil para un automóvil cero kilómetro o para darme malas noticias. Era sobre esto último.

Era papá, alarmado como siempre (¿cuándo no?) farfullando una serie de cosas que nadie entendería. Así que mientras él divagaba alarmado, pensé que si Google quería que su traductor fuera cien por ciento eficaz, debería abandonar sus intentos de llenar sus discos con novelas rosas baratas y contratar a mi familia cuando está apresurada (o sea, siempre) y traducirlo al español. ¡Ja! ¡En tu cara, Translate! ¡Bienvenido al desafío máximo! Sería como intentar sobrevivir en el polo sólo vestido con ropa interior o encontrar los dinosaurios vivos que obtuvieron su fama gracias a la “Diva de los teléfonos”.

La palabra que devolvió mi atención a la conversación telefónica fue la que me hizo chillar:

—¿¿¿Qué explotó qué???

Mis cejas se dispararon hacia arriba mientras por el tubo del teléfono escuchaba las novedades de boca de mi padre. La abuela, que al parecer había escuchado perfectamente esta última palabra aunque se hacía la sorda, comenzó a bailar alrededor de la sala de estar, mientras cantaba, caminaba sacando cola como pato y arrojaba como una posesa la cabeza hacia atrás.

Scopia, scopia, mi scuò, scopia, scopia! Mi scopia el cuor! ¡Esplota esplota me espló, esplota esplota mi corazón! ¡Esplota esplota me espló, esplota esplota mi cora…!

Esos momentos surrealistas en los que debes comunicarle a alguien una mala noticia están plagados de lo que el padre de la psicología analítica acuñó bajo el nombre de sincronicidad. Aunque ese término nunca fue asociado con las causalidades que se daban en los hechos sumamente trágicos en mi familia, como por ejemplo, mientras mi primo Carlo se enteraba en plena Navidad que su mujer lo engañaba, en la radio y de fondo se podía escuchar a Ricky Martin cantando «Que eres el amor de mi vida, te lo dice mi corazón que no te olvida», como una especie de bullying cósmico, haciéndolo llorar como un marrano. Así que esa misma clase de sincronicidad burlona sucedía ahora mismo por lo que debía abordar ese tema con el mayor tacto posible:

—¡Liz! ¡LIZ! —le grité—. ¡Tu casa fue la que explotó!

La mia casa??? —se detuvo en seco, con sus ojos bien abiertos y rascándose la cabeza sobre un rulo rebelde—. E Perezoso?

—¿Perezoso?

Il mio gatto —entrecerró los ojos—. Tú… ¿Cerraste la valvola del gas como te dije?

—Eh… —«Oh, oh. ¡Mierda!»

Ella se arrojó de rodillas al suelo, orando hacia el techo del vecino. —MA PERCHÉ, DIO? ¡Io ora no tengo casa, no tengo niente!

¿Qué clase de persona piensa primero en un animal, reemplazable por cierto, que en su propia vivienda? ¿Qué clase de ser horrendo sin corazón piensa primero en ellos antes que en dejar de fastidiar al prójimo que lo aloja, les da de comer gratuitamente, los acobija, los comprende? No, no estoy hablando de los piqueteros que cortan las calles y colocan ruedas para incendiarlas ahora, moviéndoles la vida al resto de la población trabajadora que los mantiene con sus impuestos. Estoy hablando de mantener a Liz en casa sólo porque me lo pidió y soy una completa idiota.

Deteniendo la línea de pensamiento, yo también entrecerré los ojos.

—Aquí hay gato encerrado —llegué a decir, cuando la única neurona que tenía comenzó a funcionar, desperezándose muy lentamente.

—¡Perezoso era l’unico gatto y tú lo mataste! —me apuntó con ese maldito índice.

—No, no. Bueno… ¡Concéntrate! ¡No estamos hablando de eso! Dime por qué estás aquí y quiero una explicación convincente ahora.

Un pucherito, unos ojos brillosos y ella me respondió con la voz totalmente quebrada:

Mio amico, ¿y tú me dici questo?

Si hay algo que toda familia italiana debe saber manejar a la perfección, si algo ha dado alguna divinidad en la sangre que hace que se pueda guiar a una persona hacia donde se desea, eso sería la culpa. Es que, verán, como ya lo dijo Il Duce Mussolini, los italianos son ingobernables. Sí, lo dijo de verdad. Esto, agregado a un mix sanguíneo propio de mi nacionalidad donde se dice que “descendemos de los barcos”, es claramente el motivo del por qué somos como somos. Asciende un político a la presidencia, la mitad del país lo odia y la otra mitad lo ama; un jugador de fútbol es aclamado, la mitad dice que es una divinidad, la otra mitad recuerda quitar cualquier cosa blanca diminuta —estoy hablando del azúcar, claro— de su alcance porque no vaya a ser que se la aspire; un político del partido populista estatiza todas las empresas y, un par de años más adelante, del mismo partido surge otro que privatiza todas las empresas que puede.

Esa es la dicotomía con la que nacemos los argentinos.

Y esa es la misma razón por la que llamamos tanto la atención… porque nadie nos entiende. ¡Pero si ni siquiera nosotros nos entendemos! De hecho, nunca nos ponemos de acuerdo en casi nada. Bueno, salvo en el caso de que los políticos se den aumentos de sueldos entre ellos, ahí sí, pero sino no. El caso siempre es el mismo: blanco o negro, River o Boca, si las mujeres que ya estuvieron en concubinato deben o no utilizar el vestido blanco durante sus casamientos.

Estamos constantemente discutiendo, riéndonos, pero a la hora de la verdad, a la hora de que cualquier persona se victimice, siempre habrá algún ingenuo que caiga en la red de mentiras y manipulación. Esa víctima, pegada como mosca en la tela y sin mover sus patitas mientras la araña se acercaba, fui yo.

—Oh, Liz. Lo siento mucho —me acerqué a consolarla—. Perdona.

Ella se secó los mocos con mi pulóver, dejando una estela asquerosa y blanquecina e hizo otra mueca de sentido dolor.

—Iremos a buscarlo, ¿de acuerdo? —dije—. Estoy segura que está bien. Ya sabes, dicen que los gatos tienen muchas vidas.

¿Por qué uno promete cosas que no sabe si podrá cumplir? Será que la tragedia unifica.

El caso es que le prometí buscar a mi agresor porque, no lo sé, quizá aquel golpe en la cabeza finalmente me estaba haciendo efecto. Lo bueno de todo mi accidente había sido que resulta ser que, con el gélido viento que soplaba, me adormecía cualquier tipo de dolor; lo malo era que prefería no pasarme horas enteras en el gélido viento, costear a regañadientes más drogas que adormecieran el dolor y… ¡ah, quizá fue eso! ¿Sería posible que la mezcla de ibuprofeno, diclofenaco, ketorolaco, piroxicam y el shot de vodka saborizado —que me mandé directamente del pico cuando la abuela no estaba mirando para poder sobrellevar su discurso— hubiera obnubilado mi juicio? ¡Nah! ¡Qué tonterías!

Además, Liz me había dado las pastillas y, si bien no era una experta farmacéutica, ni siquiera una doctora o enfermera, tenía el gran reconocimiento de haber domado a la prima Michele cuando su piel se tornó manchada y ella, en un típico ataque de histeria de nena malcriada, correteaba por toda la salita del sanatorio arrojando todo a su paso. Liz entró, observó la escena con detenimiento y, tomando la jeringa que el doctor había preparado para sedarla, se la insertó abruptamente como si estuviera jugando a tirar los dardos. Una puntería… Ahora se entienden muchas cosas.

 

*

 

En cualquier país que se precie de serlo, uno dice la palabra incendio y verá cómo un escuadrón de personas batalla duramente contra las temibles flamas; son héroes anónimos que defienden nuestras vidas, que nos colman de júbilo y orgullo. En el caso de esta cuadrilla de personas en particular, permíteme la aclaración de decir que no eran tales. Resulta ser que el jefe de bomberos, cansado de las bromas del idiota de turno, decidió que desconectaran el teléfono para librarse de cualquier intento de comunicarse con ellos esa noche, así que lo que solía ser el edificio de departamentos de mi abuela, de diez pisos y con cocheras, había quedado reducido a una masa calcinada de cemento, a arcilla esparcida en el suelo, a restos retorcidos, a gente llorando apretujada en la entrada porque habían devastado su vida. Todo eso sólo porque los bomberos habían acudido luego de cuatro horas, cuando todo había quedado como los asados que solía hacer el tío Pepe en cada cumpleaños, el mismo que teníamos que agradecer solemnemente y decir que era una exquisitez cuando en verdad era una suela de zapato incomible.

La escena, si bien trágica, fue menos enternecedora que cuando Argentina perdió contra Alemania en el 2014, porque aquel día parecía que un lamento se alzaba en todo el país en un silencio tan total y absoluto en las calles que era sobrecogedor. Aquí, al menos se respiraba el aroma a quemado, el agua goteaba de lo que quedaba del edificio y los llantos eran patentes en nuestros tímpanos junto con las maldiciones a todo el mundo y, más específicamente, al idiota que había provocado el incendio. Algunas voces decían que si lo encontraban cobrarían su sed de venganza con sus propias manos, por lo que debí mirarlos bien de cerca para ver si no eran alguno de los tantos de parientes perdidos que teníamos por ahí. Por fortuna, no lo eran. Aun así me encogí de sólo pensar que ese idiota podría haber sido yo.

La abuela Liz se había pegado a mí como el chicle que mi compañero de escuela me pegó en el pelo como broma en una ocasión. Mamá —que siempre había sido un caso raro entre torpeza e impaciencia— había intentado desenredarlo, enredándolo más todavía si se quiere. Así que en aquel crudo invierno había quedado casi pelada porque, luego del tijeretazo que me dio en el costado, no hubo forma de arreglar ese desastre que me hacía parecer una loca y tuvimos que acudir a su amiga —dícese peluquera ella—, que me cortó el pelo de forma tal que basta con decir que Britney Spears en su brote psicótico parecía una mujer decente al lado mío. ¿Todo eso para qué? Para terminar en manos de un segundo peluquero que me dejó virtualmente pelada.

Lo bueno era que nos permitían pasar. Resultó ser que la televisión —que está carente de contenidos desde los años ‘90 cuando veíamos buenas series—, decidió lucrar con la tragedia ajena porque es divertido. Sí, no me miren de ese modo. ¿Qué mejor que llegar, ver tu casa en ruinas junto a dos enormes pantallas gigantes en la puerta, un par de idiotas de co-conductores, un grupo de bailarinas semidesnudas haciendo pasos de cancán y un conductor teñido, descerebrado, gritando y haciéndose el galán con jovencitas que bien podrían ser sus hijas? Bueno, mejor que eso sería saber la historia de dicho conductor, que con un apabullante honor le robó la mujer a su mejor amigo, se quedó con ella, le hizo un hijo y no tiene ni un mero atisbo de culpa en su consciencia. ¡Esos son amigos, carajo!

—¡¡¡Buenas taaaardes, ‘mérica!!! ¡Bienvenidos al show número uno de la televisión! ¡Hoy les vamos a presentar un espectáculo único! Desde el edificio Conde Ciano, nuestros participantes realizarán unas pruebas que van a dar qué hablar.

»Primero, tendrán que ingresar a su hogar destruido. Seee, lo sentimos muchísimo por ellos —comentó en un intento de cara acongojada que nadie creía—. Entrarán y tendrán que buscar una única llave que está escondida dentro, con la posibilidad de ganar diez mil dólares.

—¡Pero eso no nos sirve para nada! —gritó alguien de fondo que de inmediato fue quitado por la seguridad del programa.

—¡Todos participarán! —anunció el conductor sonriente.

—¿Y si no quiero? —murmuró alguien más de fondo.

La gente, curiosa como era, comenzó a arremolinarse ni bien visualizaron las camionetas con las parabólicas en sus techos, las luces y pantallas gigantes. Todos tenían esa cosa que parecían mariposas a la flama cuando algún foco o alguna cámara de televisión se encontraban cerca.

—Ahora les suministraremos unos cascos amarillos para poder comenzar.

La música se amplificó. Vale decir que el reggaetón era música que no preveía nada bueno, no señor. Esa mezcla de falta de letra con ritmo mestizo que parte cualquier cabeza era obra del demonio más maligno que hubiera pisado la Tierra. ¿Qué clase de gente estúpida puede seguir la influencia de alguien que se autodenomina “Wasanga”, eh? Además, ya de por sí los orígenes de su desarrollo, los países que formaron parte de esa epidemia se convirtió en una pandemia eran centroamericanos. ¡Por favor, esa gente ve un tiburón y espera con un par de panes en la mano a ver si comen algo ese día! Esto con todo respeto a los centroamericanos por supuesto, que eligen dignamente mandatarios que se enriquecen a diario mientras se mueren de hambre. ¿Será una cosa de que el calor afecta el pensamiento en verdad? Sin ir más lejos, uno de los primeros reggaetoneros famosos se llamó “El General” (eso en cuanto a los derechos humanos), un panameño con padre jamaiquino que además, tiene diez hermanos. Posiblemente todos están infectados con vinchuca o algún mosquito como el dengue, sino no se explica semejante condena a la frágil humanidad… puede que fuera peor que el Holocausto.

—Su casco —me dijo una mujer barrigona, golpeándome con dicho objeto en el estómago.

—¡Hey! ¿Y quién lo pidió?

—Su abuela — murmuró sin más, señalando a Liz—, dijo que usted participaría por ella.

Miré hacia dónde se encontraba mi abuela, muy cómodamente sentada en una silla y conversando con tres personas más. Ella me hizo un gesto de colocarme el casco por lo que entrecerré los ojos como respuesta mientras me sonreía. Es una mujer malévola.

¿Podría ser capaz la culpabilidad de hacerme participar en un juego completamente idiota? ¡Claro que podría!

Refunfuñando, debí acatar la maldita orden luego de una breve charla, recordándome a mí misma que primero, no podría verme más fea de lo que ya lo estaba y, segundo, al menos esos diez mil servirían para algo. Ella dijo y cito: «Ma brutta de lo que estás no se puede» y, bueno, aunque pecaba de una excesiva sinceridad en su frase, tenía toda la razón del mundo porque hoy me veía como un mapache.

Así nos cruzamos con los vecinos de Liz, mientras una mujer vociferaba nerviosamente algo de un robo y que cómo era posible que ningún idiota la había escuchado justo antes del incendio.

Ingresar en esa armazón negruzca de piedra era como entrar en un basural. Dieciséis personas aspirando humos tóxicos por un premio en metálico que dudosamente cubriría nuestros gastos en salud (¡bendito sea este país de tontos en los que la atención médica puede ser totalmente gratuita!), la mitad se retiró ni bien entramos. Supongo que era lo que el programa esperaba.

Los demás, los más intrépidos habíamos conseguido otro tipo de cosas. Una mujer más y yo teníamos máscaras de gas provistas bondadosamente por los bomberos luego de darles por lo bajo un “incentivo”. Vale decir que me sentía Darth Vader entrando en el lado oscuro, con esa respiración ruidosa y… bueno, un poco a Neil Armstrong alunizando. Iba tanteando el terreno bajo mis pies, creyendo que aquello sería un enorme salto para la humanidad lo cual, si uno se pone a pensar en la cantidad de millones que se gastaron por aquel capricho de ir a la Luna en vez de solucionar temas más importantes como algún cáncer, parece una soberana estupidez.

Una llave.

Claro que conociendo a los productores, probablemente la llave se encontraría en un lugar en el que filmar a la par de que podríamos matarnos era lo más seguro. Pensé que quizá en algún balcón medio derruido. Entonces podrían obtener su propia versión de la muerte del padre del Rey León, un tanto más solitaria o quizá no, puede que las hienas —mejor conocidas como participantes— arrojasen a su contrincante al vacío. Sería un éxito en el rating, cuya retransmisión sería televisada por cualquier medio de chimentos y los noticieros, es decir, por el noventa por ciento de la televisión de aire. Entretanto, el cadáver sería rodeado por las cabareteras esas que se hacían llamar bailarinas, mientras el imbécil del conductor gritase cualquier barrabasada. Y el público aplaudiría. Durante el sepelio todo sería un show más entonces finalmente las cosas se calmarían, cuando algún jugador de fútbol o alguna vedette o alguien dieran un mal paso, algo de qué hablar como un amorío impropio a su condición de casados, un video sexual filtrado justo en el momento en el que conviene la publicidad gratuita, la décimo quinta nueva muerte de LuisMi cuando va a sacar un disco nuevo, incluso la muerte de cualquiera.

Así que tenazmente permanecimos allí tres mujeres y tres hombres. Ellos, en su afán de parecer más viriles creo yo, corrieron hacia dentro tan rápidamente que pensé que algo se desplomaría en el camino. Nosotras tres quedamos mirándonos como tontas —una señora mayor y una mujer quizá de cuarenta años eran mi compañía—, entonces decidimos que deberíamos iniciar esa locura llamada carrera si no queríamos terminar con las manos vacías.

Dentro había restos indescifrables en el piso, caídos montones de mampostería, agujeros que dejaban penetrar un aire frío y le otorgaban una atmósfera más fantasmagórica, y formas quebradas de lo que habían sido hierros y cables que surcaban la estructura. Nuestros pasos hacían ruido y el olor a chamuscado inundaba nuestras fosas nasales con o sin cobertura. Las escaleras por fortuna no rechinaban, no claro que no si estaban hechas con concreto. El segundo piso era una cosa inescrutable y, por lo que vi, el departamento de Liz no estaba mucho mejor. De lo poco que quedaba eran las estanterías de hierro donde todavía se veían sus estatuas.

Aun así, no había rastros de la dichosa llave.

El tercer piso estaba casi como el primero, el cuarto un poco mejor y comencé a relajar los hombros que los tenía tensos por el temor a morir allí por un par de billetes estúpidos. Y es que, a fin de cuentas, el dinero no es más que papel pintado que algún idiota le dio el atributo de tener un valor, antes las personas se manejaban con monedas de distintos metales y, mucho antes, con sal. Antes de eso era la nada misma, el trueque como forma de supervivencia, la propiedad porque te habías asentado ahí, no porque un idiota de alguna inmobiliaria dijera que eso le perteneciera a Juancito Pérez y que debías pagarle no sólo a Juancito, sino también una jugosa suma a él porque… ¡bueno, porque sí nomás! ¡Así es el mundo así que aguántate! Ojo, nuestros ancestros europeos cuando llegaron a “la pampa” —y con pampa me refiero a Argentina, no a la provincia—, juntaron moneda por moneda mientras los gauchos se rascaban el ombligo y se convirtieron en terratenientes, empresarios, políticos, le dieron a sus hijos sus estudios y los enviaron a Europa que era lo que estaba de moda en aquel entonces. Nuestros próceres volvían con la cultura europea a su patria e intentaban civilizar el país. Entretanto, los caudillos se alzaban diciendo que eran mejores que los otros, hacían que las personas votasen a ellos mismos mediante amenazas, los hacían lucir estúpidos listones de colores para definir su partidismo a tal o cual movimiento —una salvajada— y, finalmente, cuando vencían, luego de baños de sangre en los que las personas morían, se podían sentar a… a nada. A hacer lo mismo que hacen los políticos hoy en día, a acariciar sus enormes egos pero, siempre con la perfidia de tener mal visto a cualquiera diferente a ellos, sobre todo los educados en Europa. Eran insoportables.

Como todo, el gaucho, el indio, todos los embrutecidos por la falta de acceso a la educación o que no conocían otro tipo de alternativas, eran tan maleables como los habitantes de las villa miseria de esta época. ¿Y qué con eso? Bueno, ¿quién otra persona podría disfrutar de un espectáculo que vejaba a sus participantes con claro sadismo más que una persona embrutecida? ¿Cuál es la gracia de ver humillarse a alguien por algún billete? ¿Qué sentimiento obra allí para tener semejante diversión? Habría que preguntarle a los romanos, ellos sabían mucho del pan y circo.

Así que de repente me sentía como un conejo de laboratorio o un espécimen que es expuesto en el zoológico mientras todos esos niños malcriados, desubicados y fastidiosos molestan cuando lo único que pretende ese pobre animal es volver a su hábitat natural.

Pensé que si el piso dos era el más destruido, la llave debería estar allí. No tendría gracia que estuviera en el diez y éste se conservase intacto. No. En esos momentos hay que pensar como un ser vil y cruel.

Volviendo sobre mis pasos ya con mi apuesta en mente, me encontré con la señora mayor que se detuvo por un instante. «¿Habría cámaras aquí?», medité pero de inmediato me di la respuesta, claro que las había si de eso se trataba este programa especial. El problema sería si uno de los participantes se matara en el camino, ¿quién tendría la culpa? ¿El programa y su contenido, la unidad de bomberos por permitir semejante locura, el gobierno por dejarlos hacer? ¿Los tres juntos? Sería un festín para cualquier abogado aquella aberración.

Y, hablando de aberración, pronto sería el segundo cumpleaños de Octavio, el hijo de mi prima Lucía, que seguro que esperaría como mínimo que le regalásemos al menos un condominio o un buen fideicomiso. Ni locos lo haríamos, iríamos a sentarnos a comer como cualquiera que se precie de ser cruza de italiano, nos pararíamos, saludaríamos sonrientes y a la mierda con todo. Por supuesto, a Lucía le daría un ataque, pero era problema de ella si no terminaba a adaptarse a nuestros hábitos cuando tuvo al menos cuatro décadas para acostumbrarse.

De improviso, sentí un maullido leve y los recuerdos de Perezoso golpearon mi mente, como dicen las personas al borde de la muerte que vieron el famoso túnel, todos sus recuerdos pasaron. Yo vi, en aquel preciso instante, sucesiones de gases despedidos en medio de las comidas, pelos por doquier, niños intentando tirarle por primera vez la cola al felino y salir llorando aterrados por el felino, vi a Liz acariciando su negra cabeza peluda y sus ojos entrecerrados cuando estaba a punto de atacar, sumado a los cientos de miles de imágenes de él durmiendo en casi cualquier superficie posible e imposible. ¡Oh, el maldito gato salido del mismísimo Averno había sobrevivido! ¡Claro que sí! Eso era evidente puesto que era el gato de Liz.

Escuchando atentamente, unos momentos después hubo otro sonido. Desde dentro del departamento de al lado de Liz, donde las cosas parecían estar a punto de caerse y el ventilador pendía en el techo mientras era acariciado por el viento, un Perezoso adolorido yacía en el suelo. Con una estantería enclenque a un lado, una mesa de café caída había atrapado su patita. Pero a mí lo que me preocupaba era que todo estaba a punto de colapsar y… algo brilló en mi ojo.

—¡¡¡Sí!!! —grité estúpidamente.

Porque no me canso de ser estúpida, es imposible reprimir mis sentimientos. Dejar de exteriorizar algo a nosotros nos mataría, al igual que vivir en uno de esos países ultra civilizados como Suiza, en dónde las personas se comportan tan correctamente que parecen androides. Ese sería el final de todo el clan Battaglia.

—Miau —de nuevo.

Tanteé con mi pie el piso, calculando. La llave estaba colgada de la estantería enclenque que amenazaba la que yo esperaba fuese la última vida de Perezoso. Pero si sacaba la llave, quizá el felino muriera y tendría que aguantar el llanto del clan, los reproches por no salvar a la mascota. ¿Primero la llave o primero el gato?

Di un paso más.

—Miaaaaauuuuuu —dijo dolido, casi gritándome un «¡Maldita idiota, mírame!».

Más mis ojos se encontraban hechizados por la llave. Estiré la mano precavidamente y rocé la llave. La estantería tambaleó.

Me quedé quieta. Inmóvil. Ni siquiera respiraba. Temía que… ¿Recuerdan lo que hacía la cosa peluda cuando era ignorada, no?

—MIAAAAUUUUU —chilló la mierda peluda.

—No te atrevas —susurré sin mirarlo.

—¡¡¡MIAAAAUUUUU!!! —seguido de un sonoro «Prrrrffffff» resonó en la habitación.

La estantería se ladeó como la torre de Pisa y, cuando mi mente dijo que tomara la llave, aquella sucia conciencia de la que parecía estar desprovista toda mi familia se hizo eco en mi mente. Mis sentidos ignoraron por completo los pasos que me asechaban, como buitres al ataque —que fueron más bien una estampida de una manada de elefantes como vería una y otra vez después, en infinitas repeticiones— y tomé a Perezoso en mis brazos, acunándolo en mi pecho. Justo en ese instante, la mujer más anciana que era mi competidora tomó la llave, mientras la cosa peluda de mi abuela me arañaba y nos quitábamos de la zona de caída de muebles.

Los otros competidores habían escuchado el escándalo de Perezoso. La más anciana saltaba con la llave en la mano mientras nosotros la mirábamos con rostros de poco amigos, cubiertos de hollín y humillados. Yo más que nadie, porque cuando el maldito gato escuchó el ruido de la caída se había orinado en mi ropa, sumando un plus a los arañazos en mi mano.

Tomé su cabecita por detrás, mirando directamente a sus ojos amarillentos y entre dientes le dije con fervientes emociones:

—Te odio.

De veras sentía ganas de ahorcarlo por todo este suceso.

Ahora Liz me mataría.

 

*

 

La mujer mayor, para no decir vieja de mierda, había festejado fuera. Liz lo había visto todo por pantalla gigante y, permíteme decirte que no estaba para nada contenta con lo que vio. Miró a Perezoso, que se hacía el dolido, y sólo bastó que le dijera «¡Basta!» para que el gato dejase de chillar y se quedara quietísimo, duro como estatua.

—No te bastó con quemar l’intero edificio que además pierdes el premio, ¿eh?

—Pensé que querrías a Perezoso vivo —lo estiré como si se lo presentara, tomando su patita y haciéndolo saludar—. Y él…

Su seriedad era algo que me ponía incómoda.

—Se comportó como un effeminato. Io estuve viendo —chasqueó la lengua—. Vamos a ver qué podemos salvare de ahí antes de volver a la tua casa.

—¿Ellos nos permitirán…?

Ella se encogió de hombros y avanzó hacia la estructura. En cuanto a mí, ya no estaba en condiciones para discutir así que la seguí, incluso cuando le arrancó a la ganadora la máscara de la mano y se la puso. Claro que la mujer la miró asustada, pero como Liz no intentó siquiera tocar su premio o golpearla, la dejó en paz.

Liz no se detuvo a llorar por su casa, ni siquiera a lagrimear un poco o a lamentarse, ella fue directamente hacia su departamento y a la habitación de la derecha, aquella en la que había entrado el primer día que estuve en su casa y levantó aquel extraño objeto que había visto anteriormente.

Questo narghilé no sirve más —suspiró, arrojando una especie de manguera—. ¿Tienes una tuca en la tua casa?

—¿Qué es una tuca?

—¿¿¿Y qué va a ser??? ¿¿¿El “Tuca tuca” di Raffaella Carrà??? —me pegó un revés en la nuca, Perezoso chilló y se escapó de mis brazos—. ¡Una tuca! —hizo la mímica de aspirar un cigarrillo.

—¿Ahora se te dio por fumar?

Perché sono circondato da imbecilli, Dio? Questo e… —buscó la palabra—. ¡Una shisha!

—Abuela, te lo diré una sola vez porque no quiero que vuelvas a la comisaría de nuevo: si haces alguna vez algo como lo que hizo Yiya Murano, no habrá forma que te pueda sacar de prisión. ¿Entiendes? ¡¡¡Tú no tienes un amante comisario!!!

Pero claro, era muy tarde para darle un discurso porque ella ya no me escuchaba,  divagaba con rostro ensoñador, mirando al techo y con las manos unidas como si estuviera orando.

—¡Quelli eran discendenti italiani! ¡Lo ricordo come se fosse ayer, 1979 che año!

—Liz…

Tre —señaló con sus dedos, observándome emocionada—. Tres mató Yiya. E la terza, ¡zas!

Bufé y negué con la cabeza. —Lo único que te faltaría, andar envenenando a todo el mundo con un par de masas finas.

—Ella dice que lo puso nel té —corrigió sonriente—. Ma no vamos a discutiré, cianuro e ya.

—El punto es, Liz, que mejor que te portes bien y no hagas locuras. ¿Qué importa si fue en las masas o en el té? ¡Era una asesina serial, por Dios santo! ¡No es para andar alabándola como si fuera una beata! Si la gente suma dos más dos, una mujer loca que fue una ex espía fascista y que alaba a una asesina en serie no saldría de la cárcel jamás, por más tumor cerebral que tuviera.

Una letanía de maldiciones en italiano fueron pronunciadas mientras Liz arrojaba el objeto raro ese. No mucho después de eso estábamos en la ex sala de estar, echando una ojeada a qué podía servir y con un enorme montón de cosas calcinadas en el rincón izquierdo de la habitación, ahora íbamos por la colección de estatuas ahora renegridas, con Liz arrojando las cosas que no servían por encima de su hombro y sin mirar. Algo llamó su atención y giró su cabeza.

—¿Perché tiraste esto?

Elevando las cejas, le expliqué. —Esta también está rota.

—¡Es la Venus di Milo! ¡Questo è así!

—Bueno, Liz, viéndolo por el lado positivo, si conservas estas esculturas de negritos nadie creería que andas con skinheads o que eres una fasci… ¡Ay! ¡Ay! —me golpeó en la cabeza—. ¡Ya me callo! ¡Ya me callo!

Si tan sólo ella hubiera dejado su castigo ahí. ¡Pero no! Me condujo a cada una de las estatuas para decirme sus nombres y su autor, sosteniéndome de la oreja como si fuera una niña; así fue que me enteré que la abuela sabía bastante de arte o al menos, eso parecía. Resultó que el que yo había pensado como un hombre anoréxico era una obra de un tal Giacometti, llamada “Hombre que camina I”. Liz dijo al respecto que era «una obra afeminada hecha por un suizo», supuse que por ese motivo el hombre se veía en una pose tan humilde, si la hubiera hecho un italiano podías estar seguro que hubiera sido cualquier otra cosa su postura. El hombre con tridente era Poseidón y no Satanás. El hombre con cuernos sí era un hombre con cuernos, el “Moisés” de ese —y ahí iba de nuevo— Buonarotti. La cosa gorda femenina era llamada “Venus de Willendorf”, no pude contener la risa al descubrir que eso era una venus. Me tranquilicé cuando vi que me veía con esa mirada entre asesina y correctora.

—¿Sabes? —exclamé conforme, una vez que hubo soltado mi oreja—. En todos los años que nos conocemos jamás pensé que supieras tanto de arte.

Ella chasqueó la lengua. —¿De dónde pensi que salieron Botticelli e Michelangelo? Noi sabemos molto de arte, tal y como el oumo que cortó los pies di Cristo en la “Última Cena” para poner una puerta.

—Dime que eso no es en serio. Un hombre no puede cortar los pies de ninguna obra sólo porque se le ocurre…

—¿Serio? ¡Una puerta no puede más que un italiani haciendo reformas! ¿Y qué hace il mondo con tantos siglos de cultura e tradizioni? —hizo una pausa para darle suspenso a la cuestión—. ¡Las “Tortugas Ninja”! Cuando les dimos a Dante, il Duce, Verdi e Galileo, ¡Marcello Mastroiani e Sophia Loren, Fellini, e santos come Berlusconi e Niccolò Machiavelli! ¡E nos…!

Tocando la pared para llamar nuestra atención, un bombero cubierto de hollín nos saludó solemnemente y se acercó a mi abuela, cortando todo el discurso.

—¿Usted es la dueña de este departamento?

Io lo era —contestó mirando al suelo.

Juro que ella se merecía un Oscar a la mejor interpretación dramática.

—Discúlpeme si sueno muy atrevido, pero pensé que podría curarme el empacho. Es que me parece que el asado que hizo mi compañero y, bueno, también puede que un poco culpa del chimichurri y el choripán, ah y del chinchulín que me comí de merienda y el helado de chocolate de postre, puede que me hayan caído un poquito pesados al estómago. Así que cuando vi esos muñequitos…

—¿Muñequitos? —le pregunté de fondo.

—Sí, esos muñequitos negros —señaló con el dedo, apuntando hacia las antes esculturas de Liz, ahora calcinadas cosas deformes.

«¡Y dale! ¡Échele más tierra a mi ataúd!», pensé

—¡Ah, el vudú! —contestó Liz muy ufana—. Póngase comodi que io sonno voy a buscar mis strumenti para curarlo.

¡Oh, esa sonrisa diabólica! Lo supe desde el momento en la que la vi sonreír. Alguna divinidad debió darles una pista a las personas y colocarle colmillos en vez de dientes falsos. Ella estaba tramando algo y cuando mi familia trama algo, lo menos que uno puede hacer es intentar detenerlos, lo que cualquier persona con sentido común haría.

Entretanto, el bombero se sentó allí donde pudo —que era en la ventana—, esperando contento.

Por supuesto que yo salí tras de ella a perseguirla. —¿Qué se supone que estás haciendo? ¿Liz? ¡Liz! ¡Si tú no curas empachos! ¡Ni siquiera quisiste curarle la varicela a la tía Pía porque decías que te contagiarías cuando ya la habías tenido!

—¿Y qué con questo? ¿Io no puedo ayudar a ese uomo? ¿Ser buona samaritana?

—¡Él se quiere curar de verdad!

—No, él quiere unos pases magici y le voy a dare magia —me corrigió.

—Querrás decir que lo vas a estafar.

—Estafa es una brutta parola para alguien que me dejó sin casa. Vai cuidar a Perezoso —me empujó—. ¡Shuuuu!

Y así me quedé fuera del departamento mientras ella lucraba con el tonto de turno. Durante un buen rato me la imaginé atándose el pelo, arrojándole agua estancada que hubiera encontrado ahí como si fuera agua bendita, mientras sacudía alguna de sus estatuas —ahora convertidas en muñequitos vudú— alrededor del cuerpo del bombero.

Esperé y esperé, sin salir por completo del edificio hasta que el bombero y ella se dignaron a aparecer por planta baja, para eso, el programa de televisión había despegado, la gente que se amontonó a ver toda aquella monstruosidad se había ido y sólo quedaban algunos infelices de caras largas y cansancio profundo en los alrededores. Liz tenía una sábana en el hombro que cargaba con lo que supuse que sería el rescate de objetos de su hogar. Parecía salida de aquellos dibujitos que cuando a alguien lo dejaban sin casa, colocaba una bolsa atada a un palo y salía a andar.

Pero al salir, ella vio algo o mejor dicho, a alguien que yo no vi. En un vestido fucsia tan llamativo, que me hizo preguntar si no debería hacer una urgente visita a mi oftalmólogo porque me estaba quedando ciega.

Raul!

—¡Nonna, soy Yessica ahora! —le respondió mi primo entre risas, tomándola por los brazos y dejando que la abuela pareciera un gnomo de jardín—. ¿Cómo estás? Te vi en la tele y vine corriendo.

Ma che Iesica ni Iesica, Raul? Vieni qui, dame un abbraccio!

—¿Y por qué a él sí lo abrazas y a mí no? —mi primo me entrecerró los ojos—. Quiero decir, a ella la abrazas. No te ofendas Ra… err… Yess, pero toda esta cosa de cambio de sexo me confunde —terminé con un movimiento de mano.

—No me cambié el sexo.

—Lo que sea, tú me entiendes. ¿Figuras o no como Yessica en el documento?

—¡Nah! ¡Esos burócratas! Sigo figurando como Raúl Espartaco Battaglia.

Uno de los bomberos más allá escupió su bebida y murmuró «Espartaco» para todos sus compañeros que comenzaron a reírse de nosotros. Y sí, cuenta la leyenda que tío Elmer, padre de Espartaco, quería que su hijo fuera tan macho como su supuesto padre, el cantante que se había acostado un par de noches con la abuela para que después, la abuela tuviera que regresar —“con la frente marchita” como el tango— a la casa del abuelo Salvattore, que por suerte la quería de verdad.

—¡Pero qué hijos de…! ¡Ya les va a salir un hijo maricón y entonces yo me voy a reír de ustedes! Va a venir que le haga la col…

«¡Suficiente!», gritó mi mente y lo golpeé en un brazo. —¡Raúl! ¡Compórtate!

Ese enorme cuerpo de metro ochenta se giró abruptamente hacia mí, absolutamente desquiciado. Esas hormonas lo estaban matando.

—¡Soy Yessica, carajo! ¡YE-SSI-CA! ¿Te lo tengo que escribir o te tengo que meter las indicaciones en un GPS para ese cerebro de piedra que tienes sin usar ahí arriba? —me gritó con voz de hombre, golpeándome la frente con un dedo.

—¡Mierda! ¡Quítate! —apaleé su dedo infractor—. ¿Por qué tienen que golpearme constantemente? ¡Les voy a cortar la mano por lo violentos que son y se la voy a mandar a dormir con los peces! ¡Mafiosos de pacotilla! ¡Después bien que se hacen los puritanos y rezan un rosario!

La abuela, como de costumbre me ignoró (nos ignoró), dejando sus pertenencias en el suelo y tocando a Raúl / Yessica en su hombro para llamar la atención.

—¿Tienes una sigaretta?

Velozmente, Raúl le entregó un atado de cigarrillos y un encendedor, dejándola hacer y me enfrentó nuevamente, aporreándome con sus enormes pechos.

Sólo les haré una brevísima aclaración sobre mi relación con Raúl: él me destrozó mi niñez en el preciso instante en el que mató —bueno, no lo mató en el sentido estricto de la palabra, sencillamente lo decapitó al grito de «vendetta!!!»— a Toti, mi perro de peluche, que también hacía las veces de almohada, compañero de juegos y mordillo cuando no le quise prestar una Barbie trucha. Digo “Barbie trucha” porque mamá y papá terminantemente se negaban a ser controlados por las compañías extranjeras y capitalistas, decían que aquellos exorbitantes precios no se justificaban por un pedazo de plástico Made in Taiwan. Lo que ellos desconocían que ese “pedazo de plástico” de marca como lo llamaron, era que no se doblaba como los demás y, sin saberlo, una vez le arrojé una de esas muñecas a mi primo Fabricio por la cabeza en un cumpleaños, desmayándolo por no sé cuántos minutos mientras corría a ocultarme de todos. El problema era que si les decía a papá y a mamá sobre la efectividad asesina de esa marca en particular, dejaría en evidencia que lo había utilizado como arma y… bueno, digamos que prefería dejar que todos pensaran que Fabricio tuvo un ataque de epilepsia, lo enviaran a hacer mil estudios médicos y le diagnosticaran un mal que no poseía, antes que perderme el siguiente episodio de los Ingalls en la que moría calcinada una mujer junto al bebé de Mary en un incendio. Eso en cuanto a su serie de buenos valores familiares.

Volviendo al tema, vale decir que Raúl y yo jamás nos perdonamos el episodio de Toti.

—¿Qué tal, prima Frígida? —sonrió con cinismo—. Veo que no te curaste los calores internos.

—¿Qué tal, primo Siliconado? —repliqué—. ¿Cuánto aceite de avión necesitas para llenar ese enorme tanque que tienes por trasero?

—Este enorme tanque por trasero, miamaaar —dijo golpeándose una nalga, entonces me señaló de arriba abajo—, levanta más “chongos” que esa cara.

—Por lo menos esta cara tuvo un accidente, no como la tuya, que pasó por el cirujano y quedó toda torcida. Además, cualquiera puede enloquecer montones de hombres si hablamos del club de jubilados y pensionados que son tus clientes, Yessssss —chasqueé los dedos frente a su rostro.

—¡Ayyyyyyyy! —chilló, sosteniéndose el pecho con una mano—. ¡Perra! ¡Seguro que duermes enroscada! ¡Saliste tan venenosa como la tía Pía!

—¡Y tú saliste tan zorra como la prima Lucía! ¿Y qué con eso?

Debo confesar que a veces me arrepiento de lo que digo, ¡pero es que se lo merecía! Sé que no estuvo bien mencionar el aceite de avión que es un pobre intento para aquellos travestis sin dinero suficiente de pagarse un cirujano plástico y transformar sus cuerpos; pero de ahí a compararme con la tía más temida de toda la familia era imperdonable. En ese instante, me alegré de haberlo hecho porque todos tenemos un corazoncito delicado en el fondo… salvo la tía Pía, por supuesto.

Entretanto, la abuela se dio lumbre y empezó a tararear por lo bajo, lanzándonos a ambos una bocanada de humo que nos hizo toser nuestros pulmones. Por esa misma razón fue que un bombero corrió hacia nosotros totalmente alarmado.

—Señora, por favor, apague ese cigarrillo que el gas… —intentó explicarle a Liz.

Como siempre en este país, las cosas se habían hecho a medias o, como solemos decir nosotros “lo atamo’ con alambre”, y la situación —más de medio día más tarde—, no estaba totalmente controlada. Si uno depende en este país de que las cosas básicas, como un semáforo en rojo sea respetado, comprobará a la siguiente luz roja cuán fútil puede llegar a ser la vida humana o, en este caso en particular, que si hubo un escape de gas, hasta que la compañía proveedora se digne a atender un reclamo y cerrar sus válvulas, lo que para un yankee puede ser un atentado, acá no es más que un mero descuido habitual de algún empleado en su habitual holgazanería a la hora de realizar su trabajo.

—Podemos volar todos por los aires, ¿entiende la palabra “gas”? —él volvió a intentarlo y Liz parpadeó. Casi creí que algo entraba en esa dura cabeza, entonces él tuvo que hacer una maldita aclaración más y la jodió por completo—. ¿Entiende “volar”?

—Y me hizo volarrrr en el cielo infiniiiito —empezó a hacer palmas como si acaso supiera flamenco mientras yo la observaba con absoluto asombro, con los ojos como platos—. ¡Volareee, ohhh ohhh, cantare oh oh oh oh! Nel blu di pinto di blu! Felice di stare lassu!

Verán, mi familia no sólo te pone en ridículo, también lo vive, lo siente, se alimenta de la vergüenza ajena como los políticos se alimentan del erario público para crear sus enormes mansiones. Así que lo que ustedes considerarían como una excepción, una locura momentánea, es algo innato en nuestra genética, impreso por alguna anomalía que deviene de tiempos ancestrales y te hace actuar de modo que ninguno fuera de la familia alcanza a dilucidar.

Así como actuó el primo Raúl, que se puso a seguir las locuras de la abuela, uniéndose al canto como si estuvieran haciendo la danza de la lluvia, al grito de:

—¡A ver esas palmas! ¡Volareee, ohhh ohhh, cantare oh oh oh oh! Nel blu di pinto di blu!

Me golpeé en la frente. Quería hondamente desconocer a ese par, pero el equipo de bomberos ya nos había visto juntos y no había vuelta atrás. Raúl danzaba como si estuviera en alguna discoteca, la abuela giraba, batía palmas, colocaba su piecito en punta y meneaba la mano como si tuviera pollera entonces, Raúl la imitaba. Eran dos ridículos.

Incluso me di la vuelta y reanudé la búsqueda de Perezoso porque no había nada que hacer. Prefería ser herida, sí. Prefería incluso luchar con un león que ver aquello. Aparte, a más de un bombero se meneaba la patita al escucharlos cantar como drogados.

Ahora estaba condenada a vivir con esa mujer loca que cantaba Gypsy Kings por vaya uno a saber cuánto tiempo.


Esto de que mis musas se fugaron hizo que tardara más, sorry. 

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