1. La Pietà de la abuela

Descargo: Los personajes incluidos en esta historia son de ficción, de mi exclusiva propiedad y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Me los robás y te mando a la nonna.

Avisos pertinentes: leerlo en lugares públicos como transportes puede provocar quedar como unos locos, quedan debidamente avisados. Lenguaje vulgar, obscenidades y soeces ¡oh, sí! Esto no tiene por qué ser una apología a nada, chicos, no se pongan sensibles porque el aire es gratis, “paguen el gas” y déjense de joder. Corta.

P.D.: Amo a Liz, no se metan con ella.

 

1| La Pietà de la abuela

 

Es una verdad universalmente reconocida que una persona mayor, dueña de un gran aburrimiento, siente la necesidad de enmendarlo. El problema era que esa persona mayor no era más que mi abuela, Liz para los amigos, y que aquel aburrimiento que la aprisionaba y que la mantenía rehén del hastío y la desazón, no era más que mi propia familia y… bueno, también un poco de culpa tenía su gato Perezoso.

Si estaban esperando que mi abuela se hiciera llamar Nonna, que se sentase, tejiera pacientemente una manta, besara a sus nietos y les diera caramelos mientras les decía lo bellos que eran, están terriblemente equivocados. Liz más bien era de esa clase de mujeres que dicen que se han perdido mucho en la vida con un marido holgazán y/o teniendo una veintena de hijos. Ella decía haber sido la amante de Elmer, un afamado cantante de rock que meneaba las caderas, incluso decía que ese movimiento se lo había enseñado cuando en una muy íntima situación, se cansó del llamado “misionero”. Así que Elmer había obtenido su fama y se marchó. Ella jamás se lo perdonó, por supuesto. La familia entera sospechaba que el tío Elmer era el mismísimo hijo de Elmer I —un hijo nacido del adulterio de un amorío de un par de noches— y el tío, para confirmar nuestras sospechas sin expresarlas verbalmente, se había dejado unas estúpidas patillas a los lados que lo hacían lucir más como una especie de hombre lobo cruza con gnomo salido de alguna caverna oscura y terrible que a Elmer en sí mismo.

¿Y por qué estoy divagando de todo esto? Porque eran las tres y media de la madrugada cuando el teléfono sonó en casa y a esas horas intempestivas mi mente tiende a divagar bastante más de lo que sería considerado saludable.

Había tenido un día horrendo puesto que había sido humillada por mi jefe cuando él, en un ataque de nervios porque su mujer nuevamente lo había abandonado —la decimoquinta vez desde que nos conocíamos—, decidió tener la brillante idea que yo debería rastrear todas las pertenencias que la empresa suministraba a sus empleados sin siquiera decirme por dónde debería empezar. Así que mi idea fue indagar si es que existía alguna clase de registro, algo que me dijera dónde empezar y, cuando comencé a hablar con los empleados, el caso es que ni siquiera ellos tenían idea. Era como si los objetos de la empresa entrasen en alguna clase de limbo o dimensión desconocida y se perdiesen allí. Lo bueno para los jefes era que sus empleados eran honrados en su mayoría y no les robaban, lo malo para mí era que nadie tenía idea de quién poseía qué entre cientos de personas y, al final de la semana, estaba en el punto donde había comenzado. Cuando mi jefe me pidió las novedades sobre mis avances por primera vez en toda mi carrera en la empresa no supe qué decir más que la verdad. Una estúpida idea si me preguntaras ahora, porque lo único que provocó fue que me diera un discurso de una hora y media con público presente sobre las responsabilidades y demás, cosas como que yo no era como mis compañeras de abocada —claro, no llegaba tres horas después del horario de entrada con una sonrisa o siquiera compartía mi línea de sangre con ellos como la mayoría de las empleadas—, etcétera. Así que, luego de aquella casi mortífera situación, pretendí hundirme en el alcohol, beber hasta perder la conciencia del tiempo y el espacio, y entonces el gran plan, el paso final que me daría las armas para… para nada más que dormirme y ya. ¿Qué más podía hacer que bajar mi cabeza y decir que sí? No existían los superhéroes que te rescatan de la triste realidad, mi vida no era la vida de la chica que vivía pobremente en la playa un día en su serie y al siguiente, se estaba casando con un gran productor musical, extrayéndose un par de costillas para tener más cintura y desafinando en cualquier escenario que se me presentara.

«El mundo de la mayoría de las personas no se basan en la fantasía de los libros, Roberta», diría mi madre con tono de reproche. Mi madre, esa mujer que me puso Roberta porque su padre se llamaba Roberto y esperaba un varón. Pero como su fantasía se vio truncada por los avatares de la vida, ella perseveró en su intento como buena cabeza dura que es, estigmatizándome por siempre.

Así que cuando el teléfono no paraba de sonar, mi cabeza lo sentía como un redoble de tambor haciéndose eco en la oscuridad y el silencio nocturno… No espera, ese clásico traqueteo lo acompañaba. El constante golpe de la cabecera de metal de la cama de la vecina contra la pared cuya sociabilidad era tal que cada día conocía algún hombre nuevo, probablemente indigente, lo invitaba a pasar la noche en su hogar fuera del invierno iracundo e incluso del verano. Entonces aparecían los sonidos esos que, probablemente, fuera alguna clase de trabajo que ellos le ofrecían por ser una mujer tan amable de dejarlos permanecer allí, quizá algún tipo de arreglo de esa maldita cama. Lo malo era que parecía que ella debería cambiar la cama porque jamás se solucionaba su problema.

Cuando mi sueño fue más débil que los intentos de aquella persona que dijo haber leído a Sócrates para demostrar su cultura, desperté y estiré el brazo hacia el auricular, arrojando —como de costumbre— una docena de cosas al suelo en el intento.

—Mmm, ¿hola? —murmuré adormilada mientras me secaba con una la saliva que había caído por la comisura de mi boca.

—¡Tienes que sacarme de aquí!

—¿Eh?

—¡Ah, maldita niña estúpida figlia di puttana!  ¡Tu madre te parió por el culo!

Conocía una única persona en todo el universo que podía insultarte al tiempo que pedía ayuda y esa era…

—¿Abuela?

—¡No me llames abuela! ¡Eres la hija de esa trepadora, tua mamma!

—¡¡¡LIZ!!! ¿¿¿Qué demonios te pasa para que me estés llamando a las… —arrastrándome sobre la cama, tomé el reloj digital con aquellas horrorosos números en rojo—… tres y media de la mañana???

Dejé el reloj en la mesita y suspiré profundamente, intentando calmar el mal genio. Mamá decía que era todo culpa de la sangre italiana que teníamos pero yo tenía mis dudas al respecto.

—Ah, querida —al escucharla así de calmada, tan señorial, la hacía parecer una dulce ancianita y no quién realmente era—. Resulta que un signore, equivocado él, malinterpretó mis intenciones. Verás, yo estaba con mi amica Tita (Tita ricordi? ¿la que cammina como pato y parla medio gangoso? Esa), habíamos salido de compras al paseo que queda cerca de casa, ese en el que Enrico…

Estuve a punto de dormirme una vez más y babeé un poco más la almohada. Por fortuna para Liz, el auricular casi se cae de mi mano al suelo, logré atraparlo con poca pericia antes que lo hiciera y corté su diatriba por lo sano. A ese paso jamás me enteraría por qué me llamaba a esas horas.

—Voy a colgar —advertí en tono monótono.

—¡No! ¡Espera! —se apresuró a decir en perfecto español—. ¡Esta es mi única llamada permitida!

—¿Y se puede saber cuál es el problema?

—Estoy en la comisaría…

—¿Qué? ¿¿¿Pero cómo diablos…??? —eso hizo que me sentara en la cama.

—Te lo dije, el signore me confundió y me arrestó.

—Liz… —suspiré con cansancio, masajeando el puente de mi nariz con mis dedos—. Sólo dame el número de la comisaría o la dirección o algo. ¿Supongo que necesitas pagar la fianza o algo así?

—O algo así —respondió misteriosamente.

Entorné los ojos. —Bien. Espera que encuentre algo para anotar.

Media hora después, habiendo tomado la ropa que tenía a mano y aun despeinada, intenté detener algún taxi para ir primero a la casa de Liz y buscar sus documentos luego de: «llamar al conserje, pedirle que abra el departamento 2D porque es una emergencia. La abuela se olvidó que dejó el pescado en el horno con la puerta abierta y Perezoso, el gato de la familia, seguramente estaría vomitando por todo el lugar del festín que se habría hecho. Entonces, y recién entonces, doblar a la izquierda, justo debajo de la cama encontraría una cerámica suelta. Tomaría la llave que hay debajo sin olvidar (y eso era importante) colocar de nuevo la llave allí cuando terminara de utilizarla. Abrir el ropero, quitar el panel trasero, comprobar que la llave del gas estuviera cerrada…» ¿Qué diablos hacía la llave de paso del gas metida tras el ropero?, no tengo idea.  «… tomar la llave e ir a la escultura del pie en la sala de estar, mirar que debajo había una cerradura, abrirla. Allí estaban los documentos enrollados. Una vez terminado todo, dejar todo como estaba sin olvidar de dejarle comida a Perezoso», entonces —y recién entonces— tomar de nuevo otro taxi para ir a la comisaría. Fácil, ¿eh?

Sí, todo lo tenía anotado en el papel que tenía en el bolsillo.

Le hice señas al primer taxi que vi con una mano y éste… no, no se detuvo, me salpicó medio cuerpo con el agua estancada hace medio año a un lado de la calle (¡estamos trabajando para ustedes, mi culo!) y prosiguió a toda velocidad su rumbo —porque en la escala del uno al diez en cómo la vida gusta de burlarse de mí en cualquier momento, yo diría que me llevo un nueve—. Maldije mentalmente hasta a la tatarabuela del susodicho, incluso a sus vástagos nonatos vagando en algún inodoro e intenté limpiar las manchas del saco que me había puesto porque mañana (hoy), debería ir a trabajar con éste pero no hubo caso, le dejé unos lamparones al saco blanco de tal modo que ahora bien podría hacerme pasar por una vaca. Sí, justo así.

El segundo y el tercer taxi que intenté tomar tampoco se detuvieron. Quizá era la facha que tenía. Al cuarto empecé a saltar en la vereda como un canguro en su hábitat, intentando hacerme notar un poco más y éste tampoco se detuvo.

El frío comenzaba a calarme los huesos. Después de una semana de calor en pleno invierno, las lluvias finalmente habían aparecido y con ellas, el viento gélido que decían que provenía de las montañas, tan frío como el corazón de mi tía Pía cuando le dijo a su sobrina que su hijo era un adefesio. Lo dijo de verdad, el día de su bautismo cuando conoció al pequeño Octavio del que tan orgullosa estaba mi prima, yo no hubiera llamado “adefesio” al pobre Octavio sino que más bien diría que aquella nariz ganchuda nada tenía que ver con su padre Hernán, de nariz regordeta y pequeña, o con su madre Lucía, de nariz recta y respingada en la punta, sin embargo, el chico se parecía muchísimo a Braulio, el ex novio de Lucía quién, como él mismo se hacía llamar, trabajaba como «director de logística de productos en la empresa Chin y asociados». En pocas palabras, Braulio era el único repositor no-oriental de productos en el supermercado chino local. Pero bueno, le daba el beneficio de la duda a Lucía cuando decía que era el único supermercado al que se le podían comprar productos de primerísima calidad. Eso, claro, si te gustaba comer cualquier tipo de lácteo en mal estado. ¡Pero bueno! ¿A quién no le gustan los champignones? Tal parece que a mi prima Lucía le gustaban y mucho.

Entonces como quinta tentativa, me ceñí el saco, me armé de valor aspirando grandes bocanadas de aire frío que me hicieron toser como una tuberculosa y, finalmente, me paré en medio de la calle. O se detenían o moriría en el intento.

Casi muero en el intento.

El conductor —el muy hijo de una grandísima ramera bastarda— me visualizó, decidió que acelerar era el mejor método para quitarme del camino. Pero como no les dije (pero habrán notado), resulta ser que tengo sangre italiana corriendo por mis venas y, cuando él hizo esto, yo automáticamente me preparé para la vendetta. «¡Nadie se mete con un Battaglia porque damos batalla!», así solía decir el abuelo Salvattore (¡qué Dios lo tenga en la gloria!) hasta que intentó hacer arrancar su automóvil sin contar que: a) era rengo y b) estaba empujando su cacharr… err… vehículo, en cuesta arriba sobre una loma. Al pobre se le trabó la pata lisiada y su preciado automóvil lo pasó por encima. Literalmente. Una verdadera pérdida para toda la humanidad.

Mientras pensaba todo esto, el excremento humano que se hacía llamar taxista me vadeó, me evadió como la gloria nos evadía cada mundial de fútbol desde que ganamos haciendo una pequeñísima trampa, y se fugó.

Cansada y un poco alterada, me senté en la calle, mi resolución parecía escaparse entre mis dedos. En medio de la vía mientras sacudía mi cabeza con desesperación. «La nonna en prisión y yo aquí, jugando a atrapar un taxi a horas intempestivas en un día gélido al que sólo le faltaba la nieve, mientras que ella (pobrecita), ¡vaya a saber qué clase de penurias estaba pasando!», pensaba.

Estaba a punto de levantarme cuando una luz me cegó repentinamente y golpeé la parte trasera de mi cabeza contra el pavimento luego de que mi frente y medio rostro fueran arrollados por un paragolpes.

He aquí algunas cosas buenas de las tragedias: a veces hace que las personas mejoren su disposición en cuanto al congelado y casi al borde de la hipotermia prójimo, que ahora estaba golpeado. Lo malo es que las secuelas de dichas ayudas celestiales no se quitan ni con maquillaje, ni se pueden disfrazar con unos lentes muy grandes.

Al parecer, el chofer del taxi era un novato que finalmente, me dejó subir a su vehículo luego de estar inconsciente durante unos diez minutos yaciendo en el pavimento mientras él intentaba reanimarme. Los poetas de la antigüedad debieron haber escrito odas a la calidez de los vehículos como esos en las tinieblas sombrías del invierno. ¡Era un verdadero placer que mi nariz no goteara! No goteara sangre, no agua. Eso no había sido por el frío sino por el golpe.

—Lo siento mucho —repitió por enésima vez, observándome por el espejo retrovisor y luego de que supiera a dónde quería dirigirme—. No era mi intención lastimarla y mmm… despeinarla de ese modo… creo. Cualquiera diría que acaba de escapar de un psiquiátrico, pero le juro que no fue mi intención. Incluso le pagaré el arreglo del saco ese y…

Mientras sostenía mi nariz, me mordí la réplica de «salida de un psiquiátrico» con el mantra de «No fue su intención, calma. No fue su intención… sólo trata de ayudarte». —No es necesario. Pero le agradezco muchísimo que haya accedido a llevarme.

—Estos días son peligrosos. Si alguien la viera con esa pinta que tiene no la llevaría. Tuvo suerte que esta fuera mi última vuelta antes de ir a casa.

—Me imagino —murmuré desganadamente, arrebujándome más en el asiento de cuero.

—Sí. Le han robado a muchos de mis compañeros y ya no subimos a cualquiera. Hay que tener mucho cuidado estos días. El otro día a mi compañero, el Pelado, lo asaltó una chica que tendría su edad. Él, claro, pensó que una chica sería inofensiva y la llevó hacia la zona de la Costanera. Cuando la dejó, tres hombres armados le abrieron las puertas y lo desvalijaron, lo encontraron sólo con su ropa interior al día siguiente, tiritando de frío. El pobre no llamó a su esposa por vergüenza nomás.

«Claro, por vergüenza», murmuré sonriente para mis adentros. Tenía conocimiento de la zona, mi primo Raúl trabajaba en la Costanera, aunque ahora él se hacía llamar Yessica y lucía las minifaldas mejor que cualquiera de sus primas más jóvenes. Eran tan diminutas que no sé cómo podía andar sin estar constantemente acomodándose la falda y caminando desde aquella exorbitante altura con sus botas de plataforma.

Entonces un pensamiento irrumpió en mi mente: «¿Los taxis no se detenían porque pensaban que era una loca o una ladrona? ¿Acaso era tan anormal que una mujer pidiera un taxi a esas horas sin estar en una zona bailable o era que la paranoia generalizada del país estaba llegando a extremos insospechados? ¿Mi aspecto era digno de asemejarse al chupacabras?», interrogantes existenciales que cualquier chica se realiza a sí misma.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, él me dijo: —¿Y usted qué hacía en la calle a estas horas?

Cuando me preguntó eso, yo estaba medio distraída cabe resaltar y aquel gen del mal propio de mi familia tomó forma corpórea y, careciendo de escrúpulos, se apoderó de mis cuerdas vocales y respondió ufanamente:

—Tengo que buscar unos documentos de la abuela porque está en prisión.

«¡Nunca menciones la prisión!», gritó tardíamente la única neurona que me quedaba. Cuando alcé mi vista y vi que el hombre, que antes había mantenido un saludable color tirando a moreno, se había quedado pálido como las piernas sin broncear de papá durante el verano pasado, me percaté de mi terrible error. Ya era tarde para cubrir mi boca o siquiera para darme una bofetada en la cara que hiciera que entrase en razones. Demasiado tarde para cualquier cosa, el daño estaba hecho.

—Ummm… señorita. Yo no quiero ser malo pero la empresa me obliga a cobrarles a todos los clientes que suben —se excusó—. Tenemos cámaras en el interior desde aquel incidente con el Pelado.

—See, no se preocupe —exhalé—. Sólo espéreme afuera del departamento que necesito además, ir a la comisaría después —intenté mi mejor rostro de cachorro desvalido, era lo mejor que podía dar en semejante situación. Eso o arriesgarme a ser arrollada nuevamente para conseguir otro maldito taxi—. ¿Podrá hacerlo?

—Claro —respondió.

Esas fueron las mejores palabras que escuché en mucho, mucho tiempo.

Bueno, eso duró hasta que tuve que pagar el taxi, claro está porque nunca antes había estado en el departamento de la abuela. Ella se había mudado hacía tres meses más o menos, pero jamás me había invitado.

Cuando descendí en la Vía Apia donde vivía la abuela, le di un vistazo al taxista, orando que no arrancara el motor y me dejara plantada. Entonces recordé la sabiduría ancestral de mi familia: «Mientras no les pagues harán lo que quieras», la cual era una versión muy tergiversada del dicho popular de «Por interés baila el mono». Mucho más serena, comencé a aporrear frenéticamente el cristal de la puerta de entrada del edificio de fachada anodina hasta que un hombre con estómago prominente —que supuse que sería el conserje—, llegó arrastrando sus pies y mirándome extrañado.

—Lo siento —lo primero que hacía siempre era, al parecer, pedirle perdón al mundo por mi mera existencia—, soy la nieta de la anciana del segundo D.

Por cierto, la abuela me mataría si escuchase que la llamaba “anciana”.

—¿Sí? —preguntó con rostro de poco amigo.

No sé por qué siempre cuando me apresuraban me ponía tan nerviosa, pero era así. No tiritaba del frío que hacía sino del temor natural al errar un poco más que lo habitual. Entonces las palabras comenzaban a salir como torrente incontrolable, como aquella hermosa fuente que nuestro jefe de gobierno había instalado que dejaba a toda la zona sin agua; así, tartamudeaba y me pisaba, convirtiéndome una madeja inentendible de gesticulaciones y sonidos que olvidaban por completo la función básica corporal de inhalar-exhalar.

—Es que… bueno… verá, Perezoso, el gato de mi abuela, quedó solo en el horno y ella me dijo que viniera urgentemente, Liz no puede venir porque está enferma, quedándose en casa con papá, así que me mandó a mí y aquí estoy. Sí, es que verá, es que Liz tiene sus mañas y la llave la dejó a mano, así que capaz que ahora él esté dando arcadas, vomitando todo el lugar como si no hubiera un mañana porque es bastante fatalista como ella. Imagine la cantidad de cosas que come esa cosa peluda, el pescado al que debe oler toda la casa nomás es motivo para que llame a los bomberos y el gas que quedó con la estatua podría provocar un desastre. Sólo permítame que lo solucione, que vaya a mirar que todo esté en desorden y… ya le dije que es urgente, si no vuelvo, la abuela se preocupará y entonces despertará a la tía que duerme a su lado, porque son dos mujeres viudas y solas, y llamaran al primo Esteban, el estilista que vive al lado todo por Perezoso que…

—¡Ehh! ¡Ehh! ¡Basta! —él levantó una mano para detenerme—. Sube, niña.

Se acercó al mostrador, dejando la puerta abierta para mí, tomando algo de allí y me dio una llave de repuesto.

—Ve.

—Gracias señor…

—Señor nada —dijo colocándose un cigarrillo en la comisura de la boca y hablando sin encenderlo—. Ahora vete ya.

Subí al ascensor que estaba en planta baja y mientras presionaba el botón, asentía como oriental hacia el conserje.

—Gracias, mil gracias, señor.

—See, seee, see.

Un largo pasillo de color crema me condujo a las puertas del segundo piso. Alguien gritó de fondo, pero en seguida se detuvo aquel sonido. ¿Es que las personas no podían ver televisión en un volumen normal?

Apenas entré en el departamento con su sala pintada de un espantoso color melocotón, vi dos puertas: una a la derecha y otra a la izquierda.

—¿Qué diablos me dijo? —murmuré—. ¡Ok, derecha!

Abrí la puerta de la derecha y encendí la luz, sólo para encontrar una especie de santuario que olía raro. En el medio del lugar había estatuillas que parecían matrioshkas, réplicas de unas y otras cada vez más pequeñas, una cosa rara de vidrio con una manguera conectada y algo metálico en la punta yacía al fondo y en el centro de la habitación.

Restregando mis manos entumecidas de frío, noté una estufa justo a un lado de la puerta, en lo que sería la sala y la prendí para darle un poco más de calor al ambiente. Giré sobre mis pies para ir a la puerta hacia la izquierda, repitiendo el proceso del cuarto anterior y encontré la habitación de la abuela: posters de AC/DC y Led Zeppelin pendían de las paredes de tono azul marino, un gran cortinado en el mismo color estaba estratégicamente ubicado tras la cabecera de la cama. Todo olía a una especie de desodorante de ambiente rancio o perfume de vieja. Mientras observaba la habitación sin adentrarme ni un paso.

Decidiendo que lo primero sería buscar la bendita llave, me arrojé en el piso alfombrado y comencé a tantear el suelo. Mientras tanteaba, algo se clavó en mi mano con tal fuerza que chillé del dolor, ese mismo enemigo mitad ninja mitad ladrón, no conforme con mis heridas decidió clavarse en mi pantalón por debajo de la rodilla. Cualquier persona normal tendría, no sé, calzones tirados bajo su cama, polvo, medias perdidas. Pero no, esto era Perezoso. Había olvidado el regordete y peludo felino negro, cuyas tendencias a la flatulencia a la hora de la comida nos recordaba que, si deseábamos no arrojar la comida por el asco, le debíamos rendir tributo cual si fuera un emperador griego ni más ni menos. Lo malo sucedió cuando en su segundo ataque me tocó un nervio de la pierna con sus garritas, con tal mala suerte que lo pateé como acto reflejo y lo mandé a volar a través de la habitación. Mientras caía, mi felino enemigo se aferró al edredón de la abuela, se arrancó dos uñas, dejó unas marcas como si el asesino de Psicosis se hubiera ensañado con el acolchado, gritó de pura agonía y salió despavorido de la habitación. Lo último que supe de Perezoso fue que se apresuraba a alejarse de mi vista con su negra cola en alza y un largo pruuuppp mientras yo sostenía mi mano contra mi pecho.

Perezoso bien merecía con todo ese escándalo que hizo, la nacionalización oficial como un verdadero ítalo-argentino.

Unas horas después me daría pena la mascota y compañero de vida de mi abuela, pero en ese momento pensaba que él no tenía por qué ser tan maleducado y malcriado como para atacarme de ese modo, además de apestar la habitación como si hubieran pasado por allí una docena de zorrinos. Cavilaba eso y, además, quería probar si realmente el vecino de la vuelta de mi casa comía gatos como decían… puedo dar fe que es un hombre sumamente sospechoso.

Finalmente encontré la bendita cerámica suelta… debajo de un corte en la alfombra, levantándola como tapa, levantando también la cerámica, introduciendo la mano, arrancando una bola de pelo de la abuela, telarañas, tres bichos bolita, luego que dos arañas caminaran por mi piel y cuando entré en pánico rompiera un perfume de la abuela… Sí, luego de todo eso conseguí la llave. Bien, exageré un poco pero es que la sangre tira (pero las arañas y los bichos bolitas sí existían). Así que, cuando llegué después de todo eso a la sala de estar donde estaban las esculturas pensé que debería haber pedido mejores instrucciones.

Ustedes estarán pensando: olvidó la llave de paso de gas, sepan que estarían calumniándome de forma vil. Para su información que lo recordé recién cuando llegué a mi casa, pero esa es otra historia.

Volviendo al tema. Finalmente, más herida que Rocky Balboa y con más espíritu aventurero que Indiana Jones cuando lo persigue aquella roca, fui a la sala de estar a la que apenas había mirado por ser bastante tradicional. Sucede que entre las vitrinas contra la pared, en estantes y casi toda superficie, se alineaban cientos y cientos de estaturas.

Liz debería hablar con su terapeuta acerca de su mal hábito de acumulación.

Me rasqué la cabeza y recordé que las instrucciones las tenía en el bolsillo del saco pero cuando intenté releer la nota que había garabateado en casa, ahora no era más que un borrón de tinta. Sucede que en mi apuro por ayudar a Liz y por estar todavía adormilada, había tomado el papel térmico que mantenía en el cajón y no había escrito con birome sino con una lapicera de tinta menos duradera. Ahora las letras parecían un test de Rorschach, ese de las manchas en el que papá me había obligado a decir —después del noveno intento de matricularme en una escuela privada en las que mantenían test psicológicos para evaluar a los candidatos— que viera puros conejitos felices y saltando en un prado, nada de cosas raras o de Batman o de Darth Vader, nada de naves espaciales o de hombres polilla, debía ser una niña normal. Todavía me arrepiento de no haber dicho en su momento «¡¡¡Entonces las niñas normales apestan!!!»

Murmuré para mí misma mientras observaba las réplicas. —La escultura del pie. Ella dijo la escultura del pie, see. —Una de las pocas cosas que recordaba.

Pero resulta ser que allí no había ninguna escultura de ningún pie o de ambos, para el caso. Había mujeres desnudas, hombres desnudos, una enorme cosa gorda de aspecto femenino, un hombre con cuernos, otro demasiado delgado para ser realista a menos que fuera anoréxico, pero ningún pie. Todas formas humanas.

Suspirando mientras arrastraba mis extremidades, tomé una a una las esculturas. Ni el hombre con cuernos, ni el que tenía un tridente, ni la cosa gorda de aspecto femenino tenían nada debajo. Mientras los inspeccionaba cavilé que siempre había creído que la abuela era profundamente católica pero ahora lo dudaba por completo, posiblemente algún párroco exorcizaría su hogar con semejantes cosas y, peor, desnudas. Mientras pensaba, la imagen de un hombre que estaba encorvado sobre sí con el puño en su mentón se cayó al suelo, decapitándolo.

—¡Ups! —murmuré, levantando las partes y torciendo la boca.

Las miré y decidí colocar la figura en el fondo, donde no se viera, con la cabeza mal colocada sobre sus hombros y dejarlo allí como que nada hubiera sucedido. Con un poco de suerte, Liz jamás se daría cuenta de aquel accidente.

Como una hora me pasé buscando y, ¿adivina qué? La maldita cerradura se encontraba en una escultura un poquitín más ancha de un hombre borracho, comatosamente bebido y su mujer sosteniéndolo en su regazo. Curiosa elección para la abuela. «¿Qué dirían los psicólogos de esto? ¡Ja! ¡Y a mí me decían rara por esas manchas!»

Abriendo la cerradura cayeron al suelo tres pasaportes, dos documentos de identidad, una foto de Liz con peluca, una bala de plata y un mini juguete de plástico de un bebé desnudo. No me sorprendí nada más porque mi familia tenía gustos… excéntricos se podría decir, sólo tomé todos los documentos y decidí volver al taxi sin hacerme más preguntas.

 

*

 

En este país, uno podría estar muriendo, podrían asesinar a cientos de personas, un edificio residencial entero podría colapsar y, ¿sabes qué? Los policías continuarían durmiendo igual en las comisarías durante los crudos días de invierno, igual que aquellos hombres que custodiaban la enorme muralla en medio de la nada ¿eh? Pues sí, no había nadie en la entrada, por lo que tuve que empezar a gritar mis holas que hacían eco en las paredes y el vacío. No es que no me dé pena los horrendos horarios que los señores policías tienen, es que son demasiado confiados para mi gusto personal.

Diez minutos después, una mujer policía y su compañero entraron arrojando atados de cigarrillos hacia arriba, con narices rojas como los renos navideños y me observaron con detenimiento.

—¿Viene a hacer una denuncia de robo, señora?

—No —me reí nerviosamente sin una clara explicación—. Vengo por un familiar.

—¿De verdad no viene por robo? —volvió a insistir el hombre—. Luce como si una pandilla la hubiera atacado.

—Mi abuela…

—¡Ah! ¡Lizabetta! —dijo el policía, mirando a su compañera y luego a mí con una enorme sonrisa—. Sí, nos pagó los cigarrillos y las medialunas. Una mujer muy amable. Siento mucho que la hallamos demorado pero…

—¿No está arrestada?

—Nop —me respondió diligentemente su compañera—. Pero como vienen las elecciones, el comisario no nos permite dejar andar a sospechosos en la calle sin documentos y, bueno, su abuela justo estaba con un par de skinheads y…

—¿Skinheads? ¿Qué diablos hacía la abuela con…?

—Mire, le explico —dijo el hombre, colocándome una mano en el hombro—. El jefe es un poco sensible con esos temas y…

—Un poco por demás —murmuró la mujer policía, rascándose la oreja.

—… Y bueno, es judío, él y su familia. Creyó reconocerla de una lista de buscados de hace como ochenta años, ¿puede creerlo? Él dijo que Liz era fascista —parpadeé sin comprender, obligándolo a aclararme el asunto—. ¿Qué su abuela formaba parte de la policía secreta de no sé qué?

Un hombre alto y con bigote dio un portazo al instante, como si el policía hubiera conjurado alguna clase de hechizo sobrenatural, sacudiendo las paredes, haciéndome pensar por un breve instante que estaba en Chile en medio de uno de sus habituales terremotos.

—¡¡¡Esa vieja es una fascista!!! —vociferó con ojos desorbitados y el puño alzado—. ¡¡¡Una espía!!!

—¿¿¿Cómo se atreve??? —grité yo también, por la costumbre de nacer en el seno de una familia italiana, acercándome a él con intenciones violentas—. ¿Y quién diablos es usted para manchar el nombre de mi santa abuela, eh?

El policía de calle que tan amablemente me había hablado, me sujetó por la cintura, dejándome patalear en el aire como su compañera se llevaba al otro hombre que me gritaba:

—¡Fascista! ¡Asesina!

—¡Asesina tendría que haber sido su madre cuando debió abortarlo, inútil! ¡La humanidad no se merecía un idiota más!

Basta decir que después de aquella escena me tuvieron media hora sentada en esas sillas que te dejan las nalgas planas, mientras me daban un té de tilo para calmar los nervios. Desde la oficina principal todavía podía oír los gritos de que nosotros queríamos asesinarlos a todos ellos y algo de jabón. No tengo idea qué.

—Eh, señorita, tranquilícese, ¿quiere? —dijo el policía apresuradamente—. ¡Bien, no importa! Tiene sus documentos, ¿no? Su abuela dijo que tenía la nacionalidad en regla.

«¿Cuál de todos?», me pregunté. Puse mi mejor cara de inocente porque no tenía idea qué debía darle a las fuerzas de seguridad y ya estaba cansada de meter la pata. —Eh, ¿podría verla un segundo? Sólo para tranquilizarla de, eh…

—¡Sí, sí, claro! Llévala, Chicho —dijo la mujer, mientras trababa con su cuerpo la puerta de la oficina de su jefe que golpeaba sin cesar—, pero ella no puede salir de aquí hasta que nos demuestre que no nos mintió.

Amablemente, su compañero me escoltó a una pequeñísima habitación donde una cabeza de color ceniza caía del reposabrazos de un sillón individual que había visto días mejores.

—¿Liz?

Con una mueca facial como si la estuviera asediando una mosca, ella me contestó:

Tua madre è una puttana.

Me reí porque no supe más qué hacer, ¿por qué vivía diciéndome eso? Era como decir «hola, me llamo Roberta y mi madre è una puttana». Bueno, eso había sucedido una única ocasión cuando tenía cinco años y me presenté con un tátara tío político, mientras toda la familia se reía de mí en medio de una boda. Vale decir que mi madre me sacó de la fiesta con un tirón de orejas y me castigó con un mes de encierro, sólo porque Liz me repetía tanto aquella frase que me había quedado grabada.

La abuela no cambiaría más. Meneando la cabeza fui a sacudirla por el brazo para despertarla y cuando lo hice, una palma abierta y fuerte me golpeó en el hombro mientras que la otra mano me retorcía la muñeca. Estrepitosamente caí de rodillas al piso. Dos ojos desorbitados y grises, inyectados en sangre me buscaban.

¡Le mortacci tua, de tuo nonno, da tua madre e dei…! —me insultó en un tono tan amenazante que me levantó piel de gallina.

—¡Liz, soy yo! ¡Soy yo! ¡Roberta!

—¡Ah, scusa, Raffaella! —la abuela al parecer se despertó por completo, me soltó y se enderezó—. Io no te había reconocido con esa facha, pensé que eras un strupratore.

Cuando mi abuela se metió las manos en los bolsillos de su saco de hilo volvió a su fase de “sería la abuelita de Heidi, si ella tuviera alguna”. Dulce, con esa sonrisa compradora por su falsa inocencia y esos ojos grandes, redondos y tan llamativos, y ese ridículo vestido floreado.

—¡Eso me dolió! —exclamé, friccionándome el hombro herido mientras le fruncía el ceño—. ¡Y no me llamo Raffaella! ¿Se puede saber en dónde diablos aprendiste a hacer esa llave?

—Roberta è un nome stupido —respondió mirando hacia arriba con aires de superioridad—. Non capisco lo otro.

—Te pregunté que… ¡Oh! ¡Olvídalo! —Tomándome de la rodilla, enderecé mi cuerpo. Era mentira su “non capisco”, no se dejen engañar, ella nunca entendía nada cuando le convenía. Décadas viviendo en este país y todavía hacía el papel de italiana recién emigrada—. Quiero salir de aquí, no quiero nada más que ir a dormir.

Ella entrecerró sus ojos y me señaló como si fuera una sospechosa.  —¿E che cosa te pasó en la cara? ¿Eh?

Ardía, dolía, sentía que mi rostro iba a desmoronarse en cualquier momento… pero primero lo primero: salir de ahí porque empezaba a sentir los primeros indicios de hambre. Nunca juegues con alguien de sangre italiana y su comida.

—Después te cuento. Ahora necesito que me digas cuál —empecé a sacar los documentos de mi bolsillo— de éstos.

—¡Shhhh! —dijo alarmada, tapándome la boca y mirando a los lados. Recién entonces los examinó cuidadosamente y me quitó de la mano uno gris—. Questo. Grazie. Guarda los otros. Questo dale a esa gente para que partiamo.

Iba a preguntarle por qué tenía tantos. Llegué a tomar una bocanada de aire cuando ese dedo, su índice que decía que te estabas pasando de la raya, me señaló de nuevo y levanté mis manos como si estuviera desarmada, abriendo los ojos como platos.

Andiamo! —ordenó mientras me empujaba por la espalda, echándome de la habitación.

Al momento en el que salí fuera de ese cuarto, el policía que me había recibido me señaló a una mujer nueva de rostro adormilado y perruno que estaba presta para atender al público. Apoyándome en el mostrador, ella me pidió los documentos y se los entregué.

—¿Su nombre? —me preguntó la policía en la mesa de entrada.

—Roberta Batagglia.

—¿Ese es su nombre completo?

Murmuré entre dientes mi nombre completo.

—¿Qué dijo? ¿Podría repetirlo?

—Roberta Maebruta Battaglia —murmuré un poco más alto, todavía entre dientes.

Odiaba esos momentos en los que me pedían mi nombre completo y ahora pueden entender el por qué. Cuando le preguntaron a papá cuando recién nací mi nombre, él les dijo Roberta. La mujer que hacía dichas constancias tuvo la mala idea de preguntarle en aquel mismísimo instante algo así como «¿Nada más? Estoy segura que piensa que es un encanto», a lo que él, muy serio, le respondió «Ma è brutta!», o sea, «¡pero es fea!». Lo sé, mi familia tiene una sinceridad que puede llegar a extremos inusitados.

Cuando el tango dice «que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé», con “amargaos” sepan que están refiriéndose a mí particularmente. ¿Qué clase de ser malévolo motivo o circunstancia condujo a aquella señora del registro civil a colocarme semejante nombre inventado? No lo sé. Quizá sólo se estaba burlando o pensó que mi padre era uno de aquellos estrafalarios que les colocan a sus hijas nombres internacionales para sentirse un poquito mejor con respecto al mundo cruel que los rodea, nombres como Melany o Tifanny o Soraya. Esa clase de progenitores que jamás comprenderé porque, ¡esos son los nombres de prostitutas en los clasificados, por todos los cielos! ¡Sino me creen pregúntenle a mi primo Raúl por los nombres de sus compañeras de trabajo!

Tomé aire una y dos veces, entonces mi genio pudo más y le grité, sabiendo lo que vendría:

—¡Sólo dígalo de una vez!

—¿Sus padres le pusieron Bruta? —inquirió medio riendo y medio secándose las lágrimas e intentando morderse la carcajada que tenía atravesada en la garganta.

Aquello a mí no me causaba ninguna gracia en absoluto —de hecho estaba rechinando los dientes—, así que puse mi cara de mujer docta, de persona culta y le respondí:

—No. Es Brutta con doble T, en latín significa otra cosa. Quiere decir, “La que soporta los embates de la vida con orgullo” —era mentira, claro. Pero una mentira que había mantenido mi integridad psíquica desde pequeña o, bueno, eso inventaba también porque mis padres decían que todos los psicólogos estaban “tocados del marote” y que no servían para nada más que gastar el dinero de los idiotas que podían pagarlos.

Ella se secó una lágrima e intentó mantener la compostura. —Bien, lo que sea.

—Yo no quería que usted pensara mal de mí, pero usted lo hizo sin yo quererlo.

—Señorita —me llamó la atención, haciendo una mueca con sus labios—, ¿de qué clase de novela barata salió? ¿Quiere que salga su familiar sí o no?

—Sí.

—Entonces limítese a contestar mis preguntas y —se giró con su silla y todo, moviendo las rueditas hasta alcanzar un formulario, entonces regresó conmigo—, llene esto. Hágame el favor.

—Sí, señora. Disculpe, señora.

Ahí iba mi orgullo, mi coraje y todo el apellido Battaglia por la borda. Tanta batalla me había dejado sin agallas. Y yo acá, en una comisaría que se caía a pedazos llenando un formulario con mis datos.

—¿Cómo dijo que se llama su familiar?

Levanté la cabeza. —Lizabetta Angelina Malatesta Spera Battaglia. Es Spera, sólo con S.

Ella me sonrió. —Una señora muy encantadora.

—See —contesté con una sonrisa falsa—. Esa es mi abuela.

Amanecía cuando salimos y, aunque rogué y casi lloré para que nos marcháramos, Liz me tildó de maleducada y me obligó a esperarla mientras ella se despedía de toda la seccional número 23, excepto del comisario, claro. Tuvimos que ir a la parada de colectivo porque, resultó ser que mi viaje me había quitado todos los billetes grandes que eran los pocos ahorros que tenía para pagarle a la diligente compañía eléctrica en la semana. Sí, la abuela refunfuñó al saber las malas nuevas, pero me acompañó con ese andar tan particular que tenía.

El silencio a las dos cuadras comenzó a incomodarme. ¡Era mi abuela, por Dios santo! ¿Por qué no podía hablar con mi abuela? Repasé temas y comencé con mis torpes intentos:

—¿Te sientes mejor ahora?

—Sí.

Una mueca de disgusto de ella. Tres pasos más.

—Está fresco, debí haberte traído un abrigo.

—Debiste non sono venuto con esas fachas.

Entorné los ojos.

—¿Qué hacías con unos skinheads?

Conversato.

Ajá. Claro, porque todos los días uno se encuentra con un skinhead y le dice: “Ey, ¿qué tal? Me pareces muy sociable. ¿Vamos a hacernos amigos y charlar un poco?”

—Casi me atropella un taxi por si quieres saber por qué luzco de esa manera —ella se encogió de hombros. Como estaba harta de su actitud, giré mi rostro y le espeté en tono poco amable—. Y déjame decirte que tus documentos no estaban debajo de ningún pie. Tuve que pagarle una fortuna de espera al taxista porque… ¡Ay!

Miré sobre mi hombro. Liz no sólo lucía enfadada, ella me había golpeado por detrás con la palma de la mano y tenía esa misma mano correctora preparada por si decía alguna palabra más.

Ragazza stupida! Dije Pietà, no pie. “La Pietà” de Michelangelo Buonarroti.

—¡Ah!

—¡Ah! —me imitó de mala gana, meneando la cabeza como si yo fuera una idiota—. Camina que io no tengo todo el día per te.

Por si no recuerdan, había pensado en esa escultura como la «de un hombre borracho, comatosamente bebido y su mujer sosteniéndolo en su regazo».

—¿Y yo cómo iba a saber que esa era La pie…? ¡lo que sea!

—Porque hasta un asno lo sabría. Pero no tú, la figlia di quella.

La abuela se adelantó, dejándome atolondrada y viendo cómo se iba. ¿Y ese Buonarroti de dónde había salido? ¿Quién lo conocía?

 

*

 

Cuando tomamos el colectivo me aseguré de llamar por teléfono a papá, al menos para decirle que íbamos en camino, y a mi trabajo para decirles que había tenido un accidente de tránsito y estaba dirigiéndome al hospital más cercano. De haber tenido leyes sucesorias decentes en este país también hubiera llamado a mi abogado, sólo para decirle que excluyera a la abuela de mi testamento si algo me sucedía, ¡pero no! ¡Aquí sólo se podía dar, a quién corno se te cantara, el veinticinco por ciento del total de la herencia! ¿Y qué si yo quería dejarle toda mi fortuna a un indigente? ¿Qué con eso? ¡Por lo menos me trataría un poco mejor que todo el clan Battaglia!

La casa de mis padres estaba ubicada en un sitio medianamente accesible y, si uno lo miraba con detenimiento, incluso pintoresco, pero nunca lo mirábamos con detenimiento. Los plátanos de sombra, aquellos que nada tienen que ver con la fruta y que tienen sus troncos manchados, creaban un arco vegetal sobre nuestras cabezas, meneando sus hojas como las de un arce que, en otoño, caían a la calle empedrada creando un ambiente casi mágico, colando el verdor, la blancura de los troncos con el típico marrón otoñal.

Un pequeño muro de no más de un metro de altura, que hacía mucho había dejado de ser algo deseable desde que la codicia por lo ajeno había ganado un tremendo sitio en los corazones de algunos, obligándonos a refugiarnos en una especie de fortaleza en vez de un hogar, dividía nuestro hogar del resto del mundo. Al final del pasillo, donde alguna vez había sillas de exterior y una mesa, podría uno girar para ver el pequeño patio y la otra entrada. Antes de abrir la puerta trasera de la casa, esa que da directo al corazón de todo hogar, la cocina, tomé una larguísima bocanada de aliento con la mano suspendida en la llave porque sabía qué me aguardaba tras esa puerta. Como ese tonto que se metió en el laberinto del minotauro y aquella cosa peluda se le apareció, lo que vendría era el Teatro con mayúscula. Cualquier cosa que sucediera, una calvicie prematura, un accidente e incluso un rasguño en la mano, era suficiente para que aquella energía extremadamente poderosa que mi familia poseía ebullera como un caudal incontrolable. Cuando Tesla creó una represa para generar energía hidráulica, debió pensar primero en contratar un italiano y conectarlo a un par de cables, eso nos daría electricidad gratuita para el mundo entero con veinticinco años de reserva.

Un paso adelante y…

Mi padre se levantó de la silla presuroso, mostrándonos que estaba vestido en una camiseta blanca sin mangas dejaba al descubierto unos vellos negros que salían hacia todas direcciones y que conformaban un peludísimo pecho que podría haberlo hecho pasar tranquilamente por un hombre lobo con la barriga colgando como embarazada de septillizos, junto con un ridículos bóxer de tela con un estampado digno de los años veinte.

Mamma, mamma! ¿Te encuentras bien? Recibí tu mensaje.

—Quítate, Benito —ella lo empujó en el hombro—. ¿No ves que estoy esausta?

En ese preciso instante, mi padre que parecía un perro con dos colas se replegó como cachorro herido. —Lo siento, mamma.

—See, see —lo desestimó con un gesto de su mano—. Siempre dices que lo sientes. ¡Pamplinas! ¡Eres como tu padre! “Io sólo estoy algo cansado” y andaba de puttanas per tutta la notte. Ma che bugiardo che sei! —murmuró entre dientes.

Mamma, io no miento. Estaba preoccupato per te.

Preoccupato? Tua figlia di puttana tuvo que buscarme, ¿y tú? Durmiendo como un angelo. Mira esas fachas, Benito —lo tomó por la camiseta y lo sacudió—. ¡Pensé que te criaba para ser un uomo decente, no un pordiosero!

Cansado, papá me miró con ojos marrones suplicantes mientras la abuela lo abandonaba, abría la heladera y se sentaba a comer los restos de la cena. La pasta primero por supuesto, entonces sacó la carne asada y la ensalada de aves porque la abuela siempre comía como si estuviera famélica.

—¿Qué pasó, figlia? —me preguntó.

No era hora de contarle todo el trajín. Mi familia era de esas en las que un resumen certero podría ahorrarnos horas y horas de innecesarias acotaciones, así que le disparé:

—La acusaron de pertenecer a la policía secreta.

—¿¿¿Qué??? Mia mamma??? È una santa!!!

Casi podía ver a papá desgarrándose la camiseta blanca al mejor estilo Hulk. Él y sua mamma. Por supuesto y como sucedía en estas ocasiones particulares, mi madre tuvo el tacto de no aparecer, sin importar cuánto ruido estuviéramos haciendo a las cinco de la mañana o si ingresábamos un elefante por la puerta de la cocina. Ella no aparecería. Y papá haría suficiente drama por toda la familia ausente en ese momento y un poco más, así era siempre.

—Benito, ¿recuerdas cuando piccolo y te decía que me iba a la OVRA?

—Sí, sí —asintió furiosamente hacia Liz entonces me miró con ojos ensoñadores—. Tua nonna era una artista. Lo ricordo come se fosse

Un puñetazo en la mesa que hizo volar los cubiertos, nos sobresaltó a ambos y presurosamente giramos nuestras cabezas hacia la abuela sorprendidos.

Ma perché mi si invia un figlio idiota, Dio? —dijo orando al cielo con las manos elevadas, justo después que se replegó en sí misma, su mirada adquirió un brillo asesino y atrapó el cuchillo que había volado sin siquiera mirarlo y con éste, le apuntó a mi padre—. ¡OVRA, Benito! ¡OVRA! Organizzazione per la Vigilanza e la Repressione dell’Antifascismo!

Él frunció el ceño sin comprender. —¿Eras antifascista?

—No, papá. Creo que así llamaron a la policía secreta de Mussolini, un fascista precisamente, y… —miré a la abuela apuntando a mi padre con el índice—. ¿Por eso lo llamaste Benito? ¿Entonces los policías tenían razón? ¡Liz! ¡Casi le pego a uno de ellos porque pensé que calumniaba a mi no tan dulce abuelita!

Liz sólo me sonrió inocentemente y se encogió de hombros. Ella no iba a darme más explicaciones y, por otra parte, aquello no iba a arrancarla de mangiare, nunca jamás. ¡Mi familia moriría comiendo, sí señor!

—Me decía me voy a la obra, figlio. No a la OVRA —murmuró papá de fondo, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada—. Y yo que la creía una gran artista. Les decía a mis amigos que pronto verían a mi mamma en las carteleras —saco pecho como enfrentándose a enemigos imaginarios, entonces cubrió con sus manos sus ojos y se puso a llorar.

Me quedé mirando a mi padre como estatua porque no sabía qué más hacer, alargando tentativamente la mano y frotando su espalda un par de veces, aunque pese a toda la escena que se desarrollaba, todavía podía escuchar los claros sonidos de la abuela masticando. Preocupadísima, claro.

Una profunda carraspera me distrajo, junto con un escupitajo estruendoso e indisimulado al suelo.

—¿La tua sposa no sabe cocinar todavía, Benito? —inquirió la abuela, quebrando el silencio al tiempo que escupía de nuevo al suelo mientras se acariciaba el cuello—. ¡Casi me mata con ese osso di pollo!

Mi padre levantó la vista con sus mejillas humedecidas. —¿Cómo va a tener un hueso una ensalada de ave, mamma, si el pollo se troza…?

—¡Te digo que tenía osso! ¡Mira en el suelo!

Una masa blanca y regurgitada yacía en el suelo de cerámica de la cocina.

—¡Toca! —apuntó con el dedo, empujando a papá por la camiseta y haciendo que se doblara en el intento—. ¡Toca!

Un rictus de repugnancia se impuso en el rostro de papá. —No, mamma, te creo.

—¡Todo para no tocar! Effeminato! —chasqueó la lengua, lo soltó y le arrojó el repasador a su lado, él se defendió girando su cuerpo—. ¡Ella me quiere matar y non fate niente!

—¿Cómo te iba a querer matar Letizia, mamma, si ni siquiera sabía que venías?

La abuela se levantó de su sitio, ofendida, resoplando como búfalo enfadado y se envolvió en mi brazo.

—¡Vamos, ragazza!

Instantes como esos son los que parece que el mundo se detiene por completo. Sí, ahí estaba. La abuela decidida, mi padre luciendo como si lo hubieran apaleado en vez de haber sido atacado por un malévolo repasador e incluso, pude ver los ojos verdes de mamá asomándose por una rendija en la puerta.

El terror me invadió. Tenía pánico de cuál sería la respuesta a mi siguiente pregunta que, aunque sencilla, empezó a acelerar los mecanismos en mi cerebro por completo. La abuela era un peligro, decía mi mente siempre, pero en esta ocasión en particular me gritaba, me vociferaba como aquella rubiecita a Forrest cuando esos chicos lo perseguían, chillaba desde lo profundo de un pozo sin fondo: «¡Huye, huye, HUYE!».

—¿A… a dónde?

La vostra casa, naturalmente, figlia —sentenció con una enorme sonrisa.

¿Y sabes qué es lo peor? Que no me desmayé.


Obra de su demencial servidora *hace una brevísima reverencia y mira sobre su hombro*. No le digan a mi familia que existe algo como esto.

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3 comentarios en “1. La Pietà de la abuela

  1. Jajaja claro, magistral, sobre todo cuando dejas el final así, ahora que le hará la pobre abuelita a Roberta… ya parece la Candida Erendira y su abuela desalmada jajajaja buenísimo!!!!

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  2. La nonna : La Pietà de la abuela…
    Espléndido este relato, las situaciones son delirantes y el tono hilarante de la narración casi no te deja respirar de la risa. La mezcla Italo/Argentina en la expresión de Liz es brillante, perfectamente definido su carácter. Personalmente me gusta mucho el retrato felliniano de Roberta Maebruta Battaglia, ella es quien me cuenta la historia y me hace vivir su desventura…
    Julieta M. Steyr consigue atraparme de lleno en este dinámico texto, muy gratamente sorprendente el giro de escritura en base a “Descarnares”.
    El talento que tiene es innegable.
    Che ne sarà di Roberta con la nonna?

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