El arquetipo femenino

«La sombra del buitre» fue escrita en 1934 por Robert E. Howard mientras los anuncios publicitarios mostraban a mujeres como amas de casa exhibiendo productos y con pantalones cortos que les llegaban a la boca del estómago tanto a hombres como mujeres. Ese 1934, en el que la mujer liberal se la veía sosteniendo algún cigarrillo fino y alargado, fue el año de nacimiento de Sonya la Roja.

En un libro que apenas llega a las 100 páginas, Howard recreó una heroína —o más bien una antiheroína— que se asemeja mucho más a las décadas de 1990 o 2000 que a su propio tiempo. Y es en ese mismo relato que le dedica apenas unas pocas páginas mientras nos introduce en el tiempo del Solimán el sultán y la lucha de Viena ante el inminente asedio de 1529. Gottfried von Kalmbach es el héroe, pero sin quererlo, Sonya se introdujo en el inconsciente colectivo de tal forma brutal que fue recreada en cómics propios, cambiando por completo a la Sonya original que nada tiene que ver con esa mujer que lucha prácticamente en bikini.

Era una mujer, vestida como von Kalmbach no había visto siquiera a las dandis de Francia vestidas. Era alta, en forma espléndida, pero ágil. Debajo de un casco de acero escapaban mechones rebeldes que ondulaban en oro rojo ante el sol sobre sus hombros compactos. Botas altas de cuero cordobés le llegaban hasta la mitad de sus muslos, que estaban entubados en pantalones holgados. Ella llevaba una camisa de fina cota de malla turca metida en sus pantalones. Su suave cintura fue confinada por una faja fluyendo de seda verde, en la que colocó un par de pistolas y una daga, de la que pendía un sable húngaro largo. Sobre todo eso se arrojó descuidadamente un manto escarlata.

Esta figura sorprendente estaba inclinada sobre el cañón, avistando de una forma que acusaba más que una familiaridad pasajera, a un grupo de turcos que empujaban un carro de artillería apenas dentro del rango.

En vez de tener un personaje femenino auxiliando a los soldados o haciendo cosas que para su tiempo hubieran resultado aceptables, Howard —que era un feminista aunque es un hecho poco conocido—, trasladó a su personaje Sonya al medio de la batalla, dejando en ridículo a muchos de sus personajes masculinos para darle ese papel a esta mujer. Es un hecho bastante impresionante para tener en cuenta.

¿Cuáles eran las intenciones de este personaje? Enseguida se vislumbra:

—¿Por qué deseabas a la Sultana Roxelana como objetivo, mi niña? —él preguntó.

—¡Porque ella es mi hermana, la puta! —contestó Sonya.

¡E insulta como marinero! Básicamente, Sonya es una mujer moderna, no lo que esperaba la sociedad de la década del ’30. Casi les diría que, de no saberse cuándo se escribió esta obra, bien podría pasar como moderna.

Sonya de Rogatino, también conocida como Sonya la Roja, es la hermana de la sultana Roxelana, consorte de Solimán el Magnífico; pero además de tener un odio visceral por su propia hermana por considerarla una traidora, la mujer no se queda de brazos cruzados e interviene directamente en los acontecimientos para derrocar a su hermana y a su cuñado, frustrando sus avances en Europa y, de paso, vengándose de un modo que estaba fuera de su tiempo y sin atisbo de que sus acciones le quiten el sueño.

Hay otro ejemplo que es mundialmente conocido para comparar a Sonya que nació siete años antes de su aparición: en 1927, Fritz Lang estrenó su reconocido largometraje «Metrópolis», en la que el personaje femenino María se ve duplicado. Pero la María de Lang es la típica mujer que debe ser salvada por un hombre, en este caso Freder, que siempre se encuentra allí cada vez que ella grita, lucha con alguien o incluso se desmaya. Inclusive es el mismo Freder el único que puede distinguir a las idénticas María, la real y la falsa, con sólo mirarlas. Así eran los papeles femeninos de la época, con las mujeres permaneciendo allí para ser constantemente rescatadas, débiles y cuyo único don era cambiar las intenciones de los caballeros para que vieran algún otro tipo de punto de vista. En resumen, los personajes femeninos eran chatos y carentes de cualquier otra acción que no fuera el desmayo ante cualquier situación límite, incapaz de resolver acertijos e involucrarse más allá.

Ahora bien, si esta mujer creada en la mente de Howard la comparamos con las modernas heroínas, incluso continúa siendo contemporánea. Tomemos el ejemplo de la afamada Celaena Sardothien, el personaje principal de la saga de Sarah J. Maas en «Trono de Cristal», publicado editorialmente en 2012.

—Y tú eres Celaena Sardothien, la mayor asesina de Adarlan. Quizá la mayor asesina de toda Erilea —se quedó mirando el cuerpo en tensión de la muchacha y luego enarcó unas cejas bien cuidadas—. No me esperaba que fueras tan joven —apoyó los codos en los muslos—. He oído algunas historias fascinantes sobre ti. ¿Qué te parece Endovier tras la vida de excesos que llevabas en Rifthold?

«Cerdo engreído».

—No podría estar más contenta —canturreó a la vez que se clavaba las uñas rotas en las palmas de las manos.

—Después de un año aquí parece que sigues más o menos viva. ¿Cómo lo has logrado, cuando la esperanza de vida en estas minas apenas supera un mes?

—Es todo un misterio, no me cabe duda.

Si las vemos, ambas son mujeres engreídas a simple vista pero cuyos autores han dotado de la suficiente experiencia en el manejo de armas como para que lo sean por justa causa, ambas omiten el poder establecido para jugar con sus propias reglas. Ambas, en resumen, desafían cualquier prejuicio que se pudiera tener sobre ellas.

Es el mismo ingrediente.

Una mujer apasionada por su propia causa sin importar que la comprendan o no, guerreras por naturaleza que van por su objetivo cueste lo que cueste. Pero estas dos mujeres están separadas por unos ochenta años de distancia temporal. En Viena, los enemigos temen a Sonya y sus aliados la aman; en las tierras ficticias de Erilea, quienes conocen a esta extraña asesina le temen y los pocos aliados que le quedaban fueron asesinados por sus enemigos.

La psicología del por qué esa presunción es fácil de deducir: las duras condiciones mentales y físicas que estos personajes han soportado en el pasado se han transformado en una máscara de vanidad que detiene a cualquier persona de ver realmente quién es en verdad. Funciona, en otras palabras, como una especie de espejismo que no permite visualizar el yo real, quedando a voluntad del lector si decide continuar la lectura o abandonarla. Es el cliffhanger inicial el querer saber por qué el personaje principal actúa de semejante forma.

Sin embargo, esos conceptos que se aplican en el entretenimiento muchas veces no suceden en la vida real, así, si uno obtiene una respuesta tajante generalmente desiste del intento de presionar al no querer tolerar más negatividad.

Un poco antes que la aparición de Celaena, encontramos en 1995 la publicación de otro afamado (ya sea porque lo conocen como el musical ganador de un premio Tony o por el libro en sí, o quizá tal vez porque es la revisión del «Mago de Oz»), con «Wicked: Memorias de una bruja mala» de Gregory Maguire.

—Se te ve muy cómoda, señorita Elphaba —dijo Galinda, desafiante.

En tres meses, era el primer comentario sociable que le dirigía a su compañera de habitación.

—Las apariencias son sólo apariencias —dijo Elphaba sin levantar la vista.

—¿Perturbaré tu concentración si me siento aquí, junto al fuego?

—Me harás sombra.

—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Galinda, cambiándose de lugar—. No debemos hacer sombra, ¿verdad?, cuando hay palabras urgentes que esperan a ser leídas.

Elphaba había vuelto a enfrascarse en su libro y no respondió.

—¿Se puede saber qué pamplinas lees, noche y día?

Pareció como si Elphaba subiera a respirar, desde el fondo de una laguna aislada de aguas tranquilas.

—No siempre leo lo mismo, ¿sabes?, pero esta noche estoy leyendo algunos de los discursos de los primeros padres unionistas.

—¿Cómo es posible que alguien quiera leer algo así?

—No lo sé. Ni siquiera sé si quiero leerlos. Simplemente, los leo.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué, por qué, señorita Elphaba la Delirante?

Elphaba miró a Galinda y sonrió.

—Elphaba la Delirante. Me gusta.

Es un constante romper el molde. Los nuevos personajes se adaptan al entorno sin importar que los acosen, se ríen de los motes que les colocan, se jactan de sus propias acciones e incluso, con esa sencilla respuesta, logran que sus atacantes verbales se asombren de ellos. Esta es Elphaba, a la que le importa poco participar en las actividades corrientes pero le resulta imposible pasar desapercibida, ya sea por su vestimenta, por el color verdoso de su piel o, sencillamente por las ácidas respuestas que da cuando la presionan. Incluso podría decirse que en más de una ocasión ella se excusa de provocar incomodidad en las personas, pero es su curiosidad intelectual la que la lleva a preguntarse todo sobre el mundo.

Pero Elphaba no lucha con su entorno sosteniendo armas sino con su lengua, es el sentido pasivo de la heroína moderna en comparación con Sonya o Celaena. Y, de cierto modo, las circunstancias la obligan a involucrarse en lo que sucede a su alrededor y tomar partido por una causa.

Otro personaje más tranquilo se puede encontrar en la trilogía de C. J. Cherryh de 1988, pero tomaré sólo a «Cyteen 1» como ejemplo.

Ariane Emory, de las cuales se verán dos a lo largo de la trilogía, ambas iguales pero distintas, entonces se diferenciarán en Ari y Ari junior.

—Nosotros tenemos nuestra seguridad interna. Siem­pre la hemos tenido.

—Dígame, doctora Emory. El proyecto que están lle­vando a cabo, ¿va a tener alguna importancia estraté­gica?

Trampa.

—Almirante, sospecho que el desarrollo de un nuevo tipo de inodoro puede tener importancia estratégica para alguno de sus asesores.

Gorodin esbozó una risita amable y esperó.

Emory es no sólo una científica, una Especial y una diplomática, es una mujer que constantemente está previendo incluso antes que todos los demás lo sepan, se anticipa como un buen jugador de ajedrez a cualquier tipo de jugada con la ventaja de tener una mente brillante que le permite hacer tal hazaña. En política, ella sólo provoca desconfianza automática de quienes la rodean porque sus planes han sido siempre magníficos y constantemente se sale con la suya. Ariane original, es temida, odiada, no duda en utilizar métodos poco ortodoxos para lograr sus fines y, como agregado especial, tiene a dos perfectos asesinos aparentemente inocentes como guardaespaldas. Es una mujer de temer con todas las letras aunque se encuentre en un rol pasivo de diplomacia y no de ataque directo.

Si debiéramos dividir a estos cuatro personajes en grupos, podríamos diagramarlos de la siguiente forma:

 

ACTIVO

PASIVO

Sonya la Roja Elphaba Thropp
Celaena Sardothien Ariane Emory

Por horriblemente simplista que parezca, los personajes principales de las historias y los personajes de su entorno se pueden englobar en el llamado “Triángulo dramático de Karpman”, definiéndose en los roles de:

  1. Perseguidor,
  2. Salvador,
  3. Víctima.

Sólo con un perseguidor aparecerá un salvador, que en las historias será un personaje central. Ambos se enfocan en la víctima (en singular o plural) porque para mantener la atención del lector deberá haber un conflicto central que capte dicha atención, entonces podrá resolverse.

 

La construcción de la psicología del personaje

Creado muchas veces de modo intuitivo, la psicología del personaje puede componerse de muchos factores. Anterior a la década de 1990, en los némesis de los héroes eran personajes planos, sencillamente eran mostrados como “malos” sólo porque sí, sin motivo aparente atacaban al pobre héroe que se las arreglaba por salir airoso de diversas situaciones y nadie se preguntaba por qué esto era así. Poco después comenzaron a dotarlos de una historia de trasfondo que los hiciera más creíbles y, poco después, esos personajes maliciosos incluso podían ayudar a los personajes principales a resolver los problemas que se les planteaba. Ahora convivimos en una época en el que el némesis de la historia puede no ser negro, sino gris, e incluso el héroe puede llegar a ser gris. Batman por ejemplo, muchas veces se ha interpuesto en el camino de Superman, sin que sus razones dejen de ser válidas para ambos, deciden cosas diametralmente opuestas.

Ahondando un poco más, en psicología se puede diferenciar tres conceptos: el pasado oculto, el inconsciente y sus características.

El pasado oculto influye en la vida presente de todos los personajes, dando un motivo para sus acciones. Por ejemplo, el pasado oculto de Celaena Sardothien contiene el asesinato de sus padres cuando era sólo una niña y su posterior huida. No es un secreto realmente, la parte oculta de la historia se encuentra en que ni siquiera ella entiende qué sucedió aquel aciago día, por lo que hace al lector partícipe de la búsqueda del pasado y la propia identidad de la heroína de la historia. En cuanto a Ariane Emory tampoco es un secreto su pasado, ella deseaba clonarse a sí misma. Pero el porqué de esa motivación ni siquiera su clon lo conoce, obligándonos a continuar si se desea entender cómo una mujer tan compleja llegó a semejante encrucijada.

En cuanto al inconsciente, suele surgir el lema “en tiempos extremos se requieren medidas extraordinarias”, pero que ni el personaje tiene el conocimiento que puede realizar. Un ejemplo de ello es la marca que aparece en la frente de Celaena. Aparece, sí, pero ella ni siquiera sabía que tenía tal marca.

Dentro de los talleres de escritura pagos, se jactan de comenzar con algo mucho más sencillo como la teoría del “Perro de Pavlov”. Es un experimento que le otorgó el premio Nobel de 1904 y que, probablemente, la mayoría haya experimentado el fenómeno sin siquiera saberlo: Pavlov hacía sonar una campana antes de alimentar a su perro, por ello fue que su perro comenzó a asociar el sonido de la campana con la comida. ¿Simple, eh?

Estímulo natural (En) –> Respuesta natural (Rn)

Estímulo incondicional (Ei) –> Respuesta incondicional (Ri)

La última es la que explica el proceso, el estímulo incondicional del perro que comenzó a asociar la campana con la comida, dará la respuesta incondicional que el animal babeará en cuanto escuche la misma.

Ahora supongamos que tenemos una guerrera como Sonya o Celaena, si son atacadas estando desprevenidas por un hombre, sabiendo de antemano cómo fueron estas mujeres definidas por sus autores, ¿cómo creen que reaccionarán? Por supuesto que no se desmayarán como la María de Metrópolis, eso seguro. Lo más seguro es que se defenderán de alguna forma (saliendo de su camino o sencillamente defendiéndose) para luego atacar, ellas no preguntarían por qué las atacan sino hasta que hayan derrotado a su enemigo, eso suponiendo que lo hagan, claro está.

Lo segundo que se aprende en un taller es sobre los miedos, lo que ya se ha definido como inconsciente. Lo tercero es el conducir la historia junto con el personaje según sus estados de ánimo.

Claro que habrá que tener un personaje que no sea demasiado apático o caeremos en el magno error de aburrir al lector, lo que supondrá que abandonen la lectura sin siquiera ver el final. El personaje deberá ser entretenido si queremos utilizar el recurso de los estados de ánimo. Éste es muy utilizado en los guerreros para que se sepan controlar a sí mismos durante los entrenamientos, conduciéndolos a través de la ira para llegar a una especie de estado meditativo que pueda ayudarles a vencer en las batallas. Pero por supuesto, la gracia se encuentra en los tropiezos del personaje principal para conseguir su objetivo que el objetivo en sí mismo.

El cuarto aspecto que enseñan, es la ansiedad del personaje. La ansiedad de Sardothien por salir de la prisión no era un aspecto, quizá sí lo era cuando rememora el por qué ella se enfrentó a las murallas de la prisión con la enorme cantidad de guardias dispuestos a asesinar a cualquiera que quisiese escapar. La ansiedad de Sonya por darse una revancha con su hermana y su cuñado. La ansiedad de Emory por llevar a cabo su proyecto para recrear a Ari junior. La ansiedad de Elphaba por conocer y estar sujeta a unas reglas que no se adaptan a su mentalidad.

Claro, la ansiedad es importantísima. Lo mismo para la novela romántica donde vemos la tensión sexual que provoca, induciendo al lector a pensar en cuándo llegará el momento que desea. Eso es ansiedad. O cuando en un relato sobre la guerra sabemos que estamos ante la batalla final y decisiva de la historia.

Si uno sabe manejar los niveles de ansiedad propios y del lector tendrá un buen producto.

Otra cosa que enseñan es sobre los agresores y las víctimas. Constantemente nos encontramos dividiéndonos, no entre esos dos (como dicen los talleres) sino en tres, como sugirió Karpman: perseguidor, salvador y víctima. A veces tomamos un rol sin darnos cuenta para luego variar al otro.

Un ejemplo: en un robo a un almacén el perseguidor será evidentemente el ladrón y la víctima los empleados del mismo, mientras que el salvador podría ser una persona cualquiera o un policía. Entonces podemos utilizar el mismo recurso, siguiendo a este policía salvador cuando, luego de la hipotética situación de ser sobornado, desestima a un testigo potencial en beneficio de alguien, si el testigo insiste, el policía puede amenazarlo convirtiéndose así en el perseguidor.

Es como la rueda del Samsara donde todo vuelve a comenzar una vez más.

Lo cual me recuerda que no hemos mencionado siquiera el otro recurso (mucho menos lo mencionan los talleres de escritura), “el arma de Chejov”. Antón Chejov, advertía:

«Elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí».

Es una base fundamental en la literatura moderna el recurso de eliminar lo inservible. Tiempo atrás, las descripciones de las locaciones solía tomar un buen párrafo, los autores se centraban en el querer que el lector se adentrase en la historia como si allí estuviera. Eso cambió con los tiempos modernos, quitando lo que les parecía superfluo para reemplazarlo con la rapidez. Las novelas costumbristas se quedaron anticuadas, dando paso al rápido flujo de información con el correr del tiempo. La aceleración la provocaría situaciones como la Revolución Industrial, las filosofías como las de Henry Ford de la producción en masa. Queremos las cosas ya, todo rápido, todo masivo, dejando de lado la atención al detalle, la minuciosidad no da ganancia. ¿La imprenta hace 200 libros al mes? ¡Necesitamos que duplique esa cantidad!

¿Y qué sucede con el lector? Bien, aunque no lo sepan, la Revolución Industrial fue la que hizo que las personas comenzaran a trabajar demasiadas horas al día, doce, once…, fue el motivo por el cual se estableció un máximo de ocho horas laborales. Y si uno tiene ocho horas laborales, nueve con el descanso para la comida, más el viaje que puede durar una hora o dos más de su vida ya sumamos once. Si a eso le agregamos una hora más para otra comida tenemos doce horas y, si esa persona duerme correctamente, podemos sumar veinte horas con las ocho de descanso. Es decir, al ser humano de la era post-Industrial le deja un margen de cuatro horas al día para su ocio y esparcimiento. ¡Y que no tenga hijos o pareja a la que atender!

Bien, con eso que tenemos hipotéticamente cuatro horas al día de ocio, era necesario que todo el entretenimiento acortase sus tiempos hacia los espectadores. Los libros no fueron la excepción: las personas ya no tenían tiempo para leer cien páginas de descripciones tediosas, necesitaban lo rápido, llegar al grano, intrigarse ya y continuar con sus vidas.

Así que entre 1889 y 1904, Antón Chejov ideó la teoría que se llamó “el arma de Chejov”, un recurso que continua vigente y que sólo sirve en sociedades que se mueven rápidamente.

Es curioso que la trilogía de Cyteen no sigue para nada el recurso del arma de Chejov, la ignora por completo. Tiene un gran arco de personajes secundarios, tramas secundarias y demasiados intereses en juego de todos los personajes, por lo que si sabemos que sucedió algo, no lo sabremos quizá incluso en esa misma entrega sino en otra posterior. Cyteen tiene su propio tiempo de narración.

Con Trono de Cristal, siendo que Maas era sólo una adolescente divirtiéndose, la secuencia de los hechos transcurre tal como el lector lo espera.

En Wicked, Maguire tiene el mismo problema que C. J. Cherryh, un arco tan grande de personajes que puede ir de uno al otro sin que necesariamente la historia se pierda.

Pero con Howard, al tener una historia corta sucede algo muy interesante: uno anhela saber más sobre Sonya la Roja. ¿Qué sucedió con ella después de los acontecimientos de Viena? ¿Gottfried continuó su camino o se apegó a Sonya?

¿Qué haría Sonya?

Al haber fallecido Howard, la historia concluyó así, no sucedió lo mismo con su musculoso personaje masculino Conan, que se adaptaba perfectamente al estándar de la época.

Para concluir, lo que estas cuatro aparentemente diferentes mujeres tienen en común, además de obtener de uno u otro modo un protagonismo a nivel mundial, es que consiguen mediante los recursos que tienen a mano, sumado a su propia perspicacia, lograr que el lector (sea del sexo que sea) termine empatizando con ellas.

Y esto es fundamental.

La empatía es la capacidad de vernos reflejados en esos personajes aunque disten muchísimo de ser como nosotros. Creemos que los comprendemos, creemos que podremos anticipar lo que les sucede, sufrimos cuando sufren y nos alegramos con sus propias victorias. Es eso lo que todo escritor debe aspirar. Incluso en las personas en las cuales la empatía es difícil de conseguir, han traspasado sus barreras.

«Mi nombre es Celaena Sardothien, y no tengo miedo».

«No es mi intención ser impertinente. Yo sólo intento aprender», Elphaba.

«¿Qué darías por poder salvar la vida? —El armenio no respondió—. ¿Qué darías por salvar la vida de tu hijo?», Sonya la Roja.

«No es que no te dé una alternativa —dijo ella y le sonrió—. No tienes más que dejar las cosas tal como es­tán. No es mucho por todo lo que me pides. Tú mantén mi vida en paz, encanto, y ponte entre Jordan y yo, y a cambio yo no haré arrestar a sus amigos y no le borraré la mente a Grant. Hasta dejaré de hacerte la vida impo­sible en la oficina. Ya sabes cuál es el precio de los tras­lados que quieres». Ariane Emory I.

Por una u otra cosa, cuando llegamos al momento en el que se leen esas frases uno queda boquiabierto. Pero si uno las ve al azar, verá cuáles están más pensadas que las otras o mejor dicho, cuales parecen pensamientos aleatorios que el escritor decidió agregar al libro y cuáles fueron planeados meticulosamente para ser determinantes en cierto momento.

 

Si han llegado a este punto les agradezco la atención. Desde ya, esta fue una locura que se me ocurrió y me reservo los derechos de la misma. Julieta.

(Publicado en XWPColección v 2.0. 2016)

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