Traducir al borde de un ataque de nervios

La mayoría de los mortales consideran que un traductor es uno de esos seres horrendos, cuasi desfigurados que se ocultan de la luz del sol que perce comme un poignard (perfora como un puñal), como decía Morticia Adams en su célebre frase. Pero nop.

Al menos en mi caso, ni siquiera estoy sola al momento de traducir, lo cual conlleva algunas situaciones muy divertidas.

Por ejemplo, estoy en medio de la escena de sexo tipo spaghetti, con los cuerpos entrelazados, sudorosos, ella pidiendo más mientras gime en la agonía del éxtasis más puro que jamás existió y de repente:

–¿Podés venir que tu sobrina se hizo caca y yo estoy ocupada?

Un inmejorable timming familiar.

Justo ese día, justo tenían que venir mi hermana, dejar a la nena tirada para que en el momento más crucial, en ese que si te equivocás de personaje parece que la pobre chica de la historia es Shiva y al final tenía cuatro brazos… En ese momento te llaman a cambiar un pañal hediondo salido de las entrañas del mismísimo infierno. Y peor, nunca te interesó tener niños por esa misma razón.

En fin.

O supongan que están en el primer tierno beso y, lamentablemente, llama por teléfono el sacerdote local, el maldito cura a hablar algo de la virgen y qué se yo cuántas cosas más. No sabés si el pecado está en la herejía de que la chica justamente está mirando con hambre salvaje el cuerpo de la otra o si es que el cura, en caso de saber lo que estás leyendo en ese preciso momento (y fomentando como si fueras el peor de los demonios) querrá exorcizarte si lo supiera. A veces quedan esos planteos.

Pero hay otro tipo de cosas. La escena de sexo es en una cama, con mujeres maduras que no andan a escondidas de nadie, luego de la tensión sexual de 600 interminables páginas donde querías gritarles “¡Ya! ¡Bésense de una vez!”, y llega la lista de compras. Entonces tenés que ir con el verdulero con una confusión absoluta en tu cabeza:

–Sí, deme 3 clítoris y un kilo de peras, por favor.

Hermoso quedaría.

Por fortuna, esos despistes no me han sucedido pero podrían haberlo hecho. O “mandar fruta” (literalmente) en medio de esas escenas sensibleras sólo porque al momento de la traducción te hacían la lista de compras mientras los dedos volaban a través del teclado. Ya saben, si las chicas no obtienen su libro semanal pueden incluso construir tu muñeco vudú y obligarte a traducir hasta que mueras por puro cansancio.

Así que el error está. Nadie está exento de ello y yo mucho menos.

Si tuviera las páginas en mis manos, ustedes posiblemente las verían con manchas de mate (es una infusión, para los que no saben), comentarios que nada tienen que ver de familiares míos que no veo hace años y que realmente no me interesan en lo más mínimo, nombres de clientes, listas de compras y llamadas telefónicas:

–Sí, es acá. Sí, lo tenemos. La dirección es… Ok, pase cuando quiera por favor. Sí, ya le dije que sí. Bien, cuando usted pueda. Ajá. Sí sí. Sí, señora, no se preocupe. No, no hay ningún problema. –¡Pero ya, corte de una vez ese maldito teléfono! ¿No ve que Juanita y Pedrita están a punto de concretar? Finally! ¡Y usted hablándome de su maldito hijo que no me importa si es tuerto o salió abanderado, maldita sea!

Ejem.

Más o menos así.

No es fácil mi vida, no me canso de decirlo. A veces un traductor sólo necesita un poco de paz interior… o hacerse budista. Una de dos.

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