Cuento: Cada vez que respira

Todos los derechos registrados. No, no comparto nada y soy un genio encontrando mis copias en la web.

bibliotecaNo importaba si ella estaba a 25 mil millones de años luz de la Tierra, flotando entre las estrellas y con la bola refulgente de helio a un lado, quemándola con su calor insoportable. Tampoco importaba si ella estuviera muerta, en último caso, sus familiares le harían un funeral, llorarían un poco y luego se irían de regreso a sus casas. Ese no era el problema. El problema en verdad era que estaba muerta en vida. Estado de coma, le llaman algunas personas.

Pero ella tenía vida. Bueno, no exactamente.

Su vida maravillosa, siempre puesta en escena en las revistas del corazón, mostrando una sonrisa destellantemente brillante hacia las cámaras. Ella, la famosa, ayudando con su caridad a los niños enfermos de Somalia, ella viendo a un pobre indigente con ternura.

Ella era una farsa.

Su apasionada vida se podría ilustrar mejor con alguna ópera o tal vez, sólo con un poco de música clásica donde por momentos todo se tranquiliza y por momentos las notas se elevan repentinamente. Su mente era así. Podía estar casi constantemente pensando en cómo ganar más y más dinero, tanto que no sería capaz de gastarlo aun si tuviera quinientos años de vida. Atropellaría a cualquiera en su camino, sin importarle nada en absoluto, correría en aras de la libertad que el capitalismo le proporcionaba: éste abría sus puertas como una ramera podía sonreírle a un hombre con disfunción eréctil. Y es que, mientras ella tuviera dinero, nada más importaba.

Aquellos días en los que había dejado a su madre muriendo, literalmente haciendo abandono de persona, ya no importaban. Su cuerpo pútrido no podía más, el cáncer era terminal, ¿qué importaba si se quedaba? No podía quedarse, tenía un contrato por delante, tenía que ir a Roma a esa sesión fotográfica, a Berlín a lucir una sonrisa en aquella alfombra roja, a México por aquella campaña de concientización sobre el pésimo tratamiento que se le daba al planeta y, ¡oh! Al menos tendría que dejar una o dos horas libres en el calendario para tener sexo con su amante. Si y sólo si el tiempo disponía y su agente no volvía a llamar, entonces quizá pudiera tener algo de tiempo para ir a atender a ese pequeño que había adoptado. Bueno, el niño era feo de todos modos y su agente dijo que eso la haría lucir humilde y podría ser vista con un aura de bondad surgiendo de su cuerpo, tal y como con aquella siliconada actriz surgían sus exuberantes medidas en esos pechos falsos que le dio el cirujano.

Si tan solo pudiera tener un simple cigarrillo…

Ese pitido infernal de la maldita máquina a su lado la estaba enloqueciendo. Y los llantos de su hermana apenas podían serenarse, cuando lo hacían finalmente ella podía dormir un poco, entonces retornaban, provocándole otra maldita migraña. Así en un ciclo eterno.

Su hermana siempre había sido débil, siempre temiendo que sus padres se divorciaran. Pero ella sabía que no lo harían: él era demasiado mujeriego, pero patético en el momento en el que tenía que hacer las cosas por sí mismo; ella era una estúpida y sin embargo, tampoco era una santa aunque se jactara de serlo.

Las cosas en casa habían sido siempre ambiguas. Los tonos de grises variaban cada vez según las circunstancias: alguien podía ser un ejemplo un momento y al siguiente, ser la peor basura de la historia. Era bastante bipolar la situación. Nunca había demasiadas cosas para alegrarse. La misma alegría que ella había tenido cuando obtuvo su primer trabajo que le daría bastante dinero había sido tomada con liviandad, sino con indiferencia, y eso había opacado todo atisbo de felicidad.

“Te felicito, ahora puedes esforzarte más y…” ¿Era eso una maldita felicitación? ¡Era estúpido!

Te felicito, ahora que has cortado tus venas, deberías ir por la yugular. O, te felicito ahora que finalmente perdiste tu virginidad, podrías entregarle también tus nalgas a aquel horrible hombre que te hace sentir como una puta. Siempre había más. Nunca era suficiente.

Nada bastaba, nunca.

Y entonces podría ver, en su mente, cómo él se tomaba aquellas pastillas para su maldita erección mientras que ella engullía novela tras novela romántica en la televisión o, también mientras que su hermana se veía al espejo, de lado, del otro lado, una y otra vez, insegura de su propia figura, intentando agradar a cualquiera como un cachorro sarnoso en la calle. ¿Pero agradar a quién? ¿Quién demonios saldría con alguien tan delgada?

Eso sí, al momento de verse hacia el exterior, ellos eran una familia disfuncional. No, no, no como los hipócritas que sonríen y dicen que todo está bien, sino como los dementes que eran, exagerando los defectos, deformando sus propias cualidades hacia el lado negativo, contra la corriente, contra la propia sociedad. Escoria humana que algún dios había puesto en la tierra para apuntar con su dedo.

¿Tóxicos? ¿Autodestructivos? ¿Imponentes figuras del error? ¿Quiénes eran ellos?

Ahora estaba ahí. Su hermana, lo había escuchado, pensaba que ella podría haber hecho algo puesto que aquel día tenían que almorzar juntas. Claro, se lo había perdido por ir con su nuevo novio, un pobre diablo que sólo quería llegar hasta ella. El teléfono de su hermana había quedado en algún momento descuidado y este demente le envió un mensaje, claro que ella lo había leído varias horas más tarde.

“Te adoro. Quisiera verte desnuda”.

Ese era el amor de la vida de su hermana. ¿Y se lo podría decir? ¿La sociedad vería bien que su futuro cuñado estuviera con ganas de saber cómo era su ropa interior? Entonces su agente la había interrumpido, entraban al estudio de grabación para una entrevista con un hombre calvo que intentaba hacer que pareciera estúpida. Ella dejó su teléfono a manos de su agente y allí quedó olvidado el problema. Entonces, una vez terminada la entrevista, el presentador le pidió tener sexo con ella en su camerino.

Eso eran los negocios.

Hombres pelados, regordetes, sin estilo alguno, imbéciles que el público amaba sin nada interesante para decir, ellos eran los referentes de la nueva cultura. La imbecilidad tomaba renombre y se convertía en la nueva diosa, cuyos brillos eran dados por aquellos focos cegadores, cuyo público hacía las veces de querubines idiotizados, cuyas fórmulas del éxito se basaban en una serie de números porcentuales de pantallas fulgurantes encendidas que idiotizaban con sus pobres contenidos, todo un equipo de personas que trabajaban entre los cables que conformaban ese gran pulpo negro que era el entretenimiento. Pero las masas… ¡oh! Ellos podrían poner de rodillas a cualquier codicioso personaje con un cerebro tan chiquito como el de un mosquito, siempre y cuando tuviera rasgos medianamente suaves y una enorme sonrisa para mostrarle al público.

Y las mujeres, llenas de cirugías, arruinando lo que alguna vez fueron unos rasgos en una especie de mamarracho, con senos tan grandes como globos, traseros que podrían ser asientos en un camión y tanta tintura en el cabello que sus neuronas quedaban reducidas a ser un par de cosas tan quemadas como la comida que ella solía cocinar.

Espectáculos. ¡Bah!

Ella se sacrificaba, levantándose a las cinco de la mañana para ingresar en su gimnasio privado, comía apenas lo que un gorrión durante todo el día para no aumentar un maldito kilo. ¡Esos desquiciados amantes del peso perfecto! La maldita balanza era una tortura cada día, sin mencionar que su tan sexy personal trainer era el gay más grande que había existido desde los tiempos de los baños comunes en los tiempos antiguos. Él miraba las entrepiernas masculinas como ella miraba las revistas de moda.

Los momentos de paz, tan exiguos como poco queridos, eran en los que debía tener alguna cita con el cantante de turno, también gay, sólo por contrato. Entonces, una vez que las luces se apagaban y volvía a su dormitorio con aquella cama tan grande, recién en ese momento podía meter una mano entre sus piernas, dialogando en un lenguaje silencioso con su amante preferido y, si estaba de humor, quizá utilizar aquel juguete de silicona que había encargado por internet.

El mundo era tan efímero.

Lo importante era que aquel juguete, aunque solitario, no le exigía rendir cuentas, no le pedía explicaciones de por qué había hablado con tal persona ni tampoco le decía que tenía tal error. Era la seguridad de tener satisfacción muda.

¿Y eso era pecado?

Un día, había tenido la mala fortuna de toparse con un cura en el mismo sitio que ella, todo televisado. Ella sabía, escuchaba los rumores, aquel hombre según dijeron los ayudantes de cámara, había violado al menos a cinco niños y ahora era un renombrado obispo. Ese día debatían del aborto y, aunque ella deseaba fervientemente mantenerse al margen de aquella controversial situación, el maldito obispo pidió su opinión, viendo que rehuía, creyendo que ella, quizá por sus extensivas campañas a favor de los menos privilegiados, estaría a favor de su postura.

Pobre diablo.

Lo que ella dijo, sin pensar por supuesto, fue:

“Me parece que antes de juzgar a esas mujeres que desean practicarse un aborto por haber sido violadas, primero deberíamos revisar nuestra propia hipocresía y enviar a los violadores a un sitio donde conozcan lo que es la tortura de verdad”.

Bien, quizá se había excedido un poco en recalcar “tortura de verdad” y mirarlo al obispo, quién inmediatamente comenzó a vociferar que Dios esto y Dios lo otro. Aunque suavizadas, sus palabras fueron completamente malinterpretadas como diría luego de varias entrevistas, puesto que sus palabras reales era “empalarlo hasta que se muera sufriendo”, no había sido lo que nadie esperaba de ella, ¡la chica que se veía tan angelical!

Entonces, como siempre suele suceder, la tildaron de tener una violencia interior y no sé cuántas pavadas más. Violencia interior era cuando ella se odiaba a sí misma porque su maldito entrenador le decía que estaba gorda y que así no conseguiría trabajo de nada. Eso era violencia. O cuando su padre, en un arranque de ira, había roto aquella cocina de juguete que ella tenía, prometiéndola, cuando otros le hicieron mostrar su propia estupidez, que volvería a comprarle otra nueva. Nunca lo hizo.

El mundo, en general, fallaba en simples reglas.

Ni siquiera podían mantener su propia palabra. Ni hablar, ella ya no les creía nada de lo que decían. Así que cuando se cayó de esos esquíes y quedó en coma, al menos se sentía un tanto fresca… bueno, la explicación bien podría haber sido la nieve que la cubrió durante al menos cuatro horas, eso era lo que murmuraba el personal médico cuando la habitación se encontraba vacía. También decían que ninguno de sus ex maridos la había ido a visitar.

¿Cómo iban a hacerlo? De seguro estarían con algún novio suyo en alguna playa paradisíaca, disfrutando del maldito seguro de vida que era el haber salvado su reputación como la mujer-planta, la que no tenía sexo con nadie más que con la silicona. ¡Es que no quería! Entrar en una habitación cuyo porcentaje de la persona real era de menos del diez por ciento no era atractivo.

Las mujeres no lucían despeinadas y nunca sin maquillaje y los hombres con aquellas barbas recortadas y sus malditos perfumes que tanto odiaba. Todo la repelía. La farsa la repelía. Ella estaba allí con un simple objetivo y nada más: dinero.

Después, lo demás serían unas eternas vacaciones en algún yate, lejos del mundo, conviviendo y, de tener que hacerlo, sólo pescando, pasando sus días como una maldita ermitaña y alejada de aquellas voces descalificadoras. Lejos. Sin esos malditos mocosos caprichosos llorisqueando, sin esos malditos padres que poco tenían de padres, sin sus propios padres, sin su familia real o adoptiva, sólo ella.

Ella sólo quería estar consigo misma.

¿Era eso alguna otra cosa que odiaba el mundo? De seguro que sí.

Pero Greta Garbo lo había hecho. ¿Por qué ella no podría? Eventualmente, todos olvidaban todo. Olvidaban ir a visitar una tumba, olvidaban los nombres, incluso olvidaban recuerdos que en algún momento creyeron felices.

Y sería la nada. Y la nada sería ella.

Todo en uno.

Todo volviendo una vez más.

En un sinsentido de visiones de colores y fragancias, ella se encontró a sí misma vista desde arriba, desprendiéndose más y más. Las alarmas resonaron pero en verdad no le preocupaba en absoluto.

Antes había vivido y muerto por el dinero, pero el dinero no la amaba, el dinero no compartía su calor, ni siquiera la abrazaba cuando se sentía sola, el dinero era una basura. Hoy podía tenerlo ella y mañana, como había sucedido ya, su ex esposo le quitaba una enorme porción sólo por sentirse herido y no sabía cuántas pavadas más.

¿Y dónde la dejaba?

¿Dónde estaba todo ese maldito dinero ahora? Seguramente en manos de abogados, banqueros, contadores, sociedades, personas desconocidas que manejaban lo que era ella, a lo que la reducían siempre. Era la mujer que mantenía sus vidas, la que hacía que condujesen automóviles de lujo, comieran en elegantes restaurantes… La mujer a la que nadie iba a visitar.

Ellos estarían pendientes, por supuesto, siempre y cuando muriera. Quizá darían una condolencia, quizá enviarían flores y terminarían con sus pedidos, quizá, todo quizá.

Y ni siquiera podía decir nada al respecto.

Ahora era tarde.

Tarde para odiarlos a todos, tarde para alejarse del mundo, tarde para decirle a su hermana que ya dejase de una puta vez de mojarla con sus lágrimas o a su padre que se fuera al demonio, ahora él tendría que trabajar como todos los demás y vivir por sí mismo.

—Si pudieras cambiar algo de tu vida, ¿qué sería?

Ella se rió. No era muy difícil, había tenido muchísimo tiempo para pensar en aquel vacío, pero, al estar siempre sola y en un sitio extraño, no se alarmó cuando escuchó una voz que no era la suya inquiriéndola.

—Haría que creyeran que mi ex abogado arregló que me accidentara con los esquíes —respondió a modo de broma.

 

***

 

Un mes más tarde los periódicos mundiales señalaban que la artista de mayor renombre mundial había sido saboteada por su propio abogado. Él, a su vez, había sido señalado poco después por el contador suyo, acusándolo de desviar dinero de la gran artista. Entonces el efecto bola de nieve se hizo eco.

La hermana de la artista era la amante del abogado que estaba casado en aquel momento, con su mujer embarazada de cinco meses, mientras que él desviaba los fondos con conocimiento de la hermana y su padre sabía todo sobre ese romance, incluso ellos bebían juntos de vez en cuando unos whiskies mientras hablaban de las finanzas y sus posibles inversiones.

El banco declaró los movimientos de todos sin ningún prejuicio, el juez los sentenció por homicidio culposo premeditado, con o sin vínculo, según correspondía.

Cincuenta personas en total conformaban aquella maraña de mentiras, muchos de ellos habían sido vistos en las fiestas que ella daba en su lujosa mansión, otros eran llamados amigos y otro de ellos era su agente. Todos, de alguna manera u otra, habían tomado partido para sí mismos y, al ver que la mujer no se suicidaba, la asesinaron o intentaron hacerlo. Era lo mejor que habían visto las imprentas desde que Agatha Christie había fallecido, mentira tras mentira fueron cayendo como fichas de dominó, acusándose unos a otros, temerosos de la justicia o negándolo todo. Incluso las personas siguieron el caso con fruición morbosa.

Así que al funeral en aquel lujoso y exclusivo cementerio de pastos verdes y flores en los alrededores, luego de todo ese escándalo, sólo acudió una persona. No hubo grandes pompas, no estuvo la prensa, demasiado ocupada en el seguimiento de aquellos cincuenta. Sólo una figura vestida de impecable traje negro que observaba la piedra de la tumba recién labrada.

—Podrían haberme dicho que todo esto causaría tal revolución. Bien —ella se giró sobre sus talones, colocándose nuevamente los lentes en sus ojos y sonriendo—, tengo cosas que hacer.

Ella se quedó mirando fijamente más hacia allá, hacia una familia que lloraba, pero en particular hacia un hombre que se le hizo familiar.

Su entrenador.

Una vez que las personas del otro funeral se hubieron dispersado, ella corrió tras el hombre tan bronceado como cualquier chico de playa. Y una vez que él quedó completamente solo intentando subir a su automóvil, ella apareció del otro lado del vehículo por pura sorpresa.

Siempre había amado las sorpresas.

Una sonrisa como la del gato de Cheshire asomó en sus labios.

—Así que estaba gorda, ¿eh? —dijo hacia el hombre pasmado.

Unos metros más al fondo, en la tumba que llevaba el nombre de la artista más reconocida, rezaba: “El dinero todo lo compra”.

(Sí, terminó)

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