Crónicas del Karma I – Purgatorio se dice en Spanglish

Enjoy KarmaComo siempre digo «hablemos de lo que importa: de mí». Y es que sí, en realidad a mí me importa y parafraseando un poco, en verdad os digo que lo importante soy yo. ¿Ah, no? ¿No decía así la Biblia? Bueno, ¡entonces debería decirlo!

Bien, lo interesante de la vida poco interesante que llevo es que aparentemente algunos la encuentran fascinante, lo cual es estúpido porque si vieran lo aburrida que es no se preocuparían tanto, pero ¿quién los va a hacer cambiar de opinión? ¿Yo? (Risas) Oh, no, yo no, eso sería demasiado trabajo. Y lo segundo que llama la atención es que no sé si las llamadas “Crónicas del Karma” son una realidad o es pura ficción de una mente enferma, quizá una distorsión en el espacio-tiempo que hizo que las realidades paralelas se alineasen una encima de otras… No, no estoy hablando de orgías, manga de pervertidos. Estoy hablando, para que ustedes mis corazones de mamita comprendan dicha analogía, de algo así como «un sueño dentro de otro sueño».

Tener mil visitas por día o un centenar de seguidores no hace la diferencia porque en realidad no me llevo ni un centavo de eso, lo cual bien podría ser un mérito para que me canonicen pero evidentemente el Papa está centrado en cualquier otra cosa menos en mí.

Veamos un ejemplo: un libro de 96 páginas, por supuesto que incompleto —pero al menos al 50%— reza en su historial en el procesador de textos que me llevó 1.780 minutos para realizarlo, lo que es igual a decir que estuve 29,666 horas con ese texto abierto. ¿Y cuál es el problema? Ninguno en verdad, en serio, salvo que cuando lo colgué a Internet con una sonrisa, pensando que era bueno que abrieran sus mentes, expandan sus horizontes, vean que hay algo más allá de lo que les dicen las editoriales que lean… miré, y miré. Observaba con detenimiento cada vez, refrescando la página. Entraban a ver el documento, lo abrían pero de hecho en el Facebook, donde había anunciado que estaba subido con bombos y platillos un grillo cantaba al son de la ausencia de personas: cri-cri, cri-cri.

¿Vieron cuando alguien poco popular postea algo? Como esos amantes de los animales que nos suben 200 fotografías por día y esperan que amemos lo mismo que ellos.

No, era peor, era como una de esas películas del Far West donde el héroe de turno llega a un pueblo abandonado y sólo lo acompaña el rumor de una ventana basculante de madera chocando en el primer piso porque allí no hay nadie, sólo polvo, el sonido de las botas contra el suelo y la respiración… O mejor aún, como cuando Tom Hanks llama a Wilson, pero Wilson, la pelota, se adentra y adentra en el mar con esa estúpida sonrisa hecha con rojo carmesí como un espíritu burlón diciendo «¡Por fin me liberé de este demente!»

Después aparecen, sí, pero claro, para el momento en el que dicen las gracias, después que un día entero de mi vida se ha perdido en cuestiones vanas que no me reportan un centavo a mi bolsillo, ya es demasiado tarde.

Oh, sí. Sin olvidar que existe una especie de sociedad secreta, ustedes no saben nada al respecto porque son meros mortales, pero aquellos que leen inglés se aglutinan en sociedades donde vemos con desdén a todos los demás mortales que no valoran en absoluto nuestro trabajo. Ellos son escritores, estrellas de la web y algún que otro lunático. Nada en particular, sólo hablan, comentan lo que han hecho y a la llamada “hora de la verdad” comienzan a despotricar contra el mundo. Y es que, en verdad, el mundo no comprende nada, mientras que nosotros estamos cansados de intentar abrirle los ojos y en algún momento desistimos, ¿qué se puede hacer con personas que les gusta todo servido y encima gratuito? Nada. Entonces nos alejamos, quizá a tomar un whisky para quitarnos el mal humor que aquellas conversaciones reiteradas cuyo escenario varía nos agota o a dormir bajo los efectos de la desazón.

Ves de nuevo las estadísticas, tres decenas de personas han entrado a ver el dichoso libro, entonces crees, erróneamente, que se han dignado a reconocer tus méritos. Pero no, lo siento, como decían aquellas tapitas de gaseosa que tenías ganas de lanzar de chico con toda la fuerza dada por tu furia: sigue participando.

Pero podríamos discutir qué es lo peor.

Cuando vas a casa de algún amigo, que sabe que traduces pero que sólo quiere sacar una conversación a colación te dice: «¿Y qué tal van las cosas con eso?» Con tus cosas, con eso que haces. Eso, ¿se entiende? Como si fueras una especie de persona que se encarga de desenterrar muertos y realizar experimentos con estos. Eso es eso. Y con tu mejor rostro te atreves a decir que va todo bien. Entonces las imágenes se suceden una tras otra, personas que te dicen que las cosas no funcionan cuando te das cuenta que no hay ningún tipo de problema en absoluto; después la que haces de servicio técnico: «Ok, primero vacíe el caché… no, el caché es la memoria, sí, sí, entonces vacíelo… se hace borrando la memoria, tiene que haber una opción ¿no? En algún lado debe estar, sí, estoy segura».

Eso es amor al arte, señoras y señores.

Si uno no renuncia entre ser soporte técnico, traductor, confesor, psicólogo, medio barrabrava cuando te insultan, medio adivino para poner los contenidos, medio social media manager mezclado con un budista de la nueva era repitiendo “Ommmmm”, agregando un poco de locura y haciendo el rol de profesor por todo lo que no les enseñaron en la escuela —mientras que ahora pretenden entender (¡qué osadía!) un contenido que tiene algo de cultura general— y un idiota, sí un idiota por no cobrarles un centavo por tantos dolores de cabeza… Entonces esa persona no sirve.

Ni siquiera por el precio de la fama alguien haría semejante locura y continuaría cuerdo ni aunque se pusiera 200 sahumerios en el orto —y disculpen la expresión, pero es así.

«Perdí todo lo que tenía en…» So what? ¿A mí me tiene que importar? ¿Es que no saben hacer backups o no quieren hacerlos? Es simple, se pone “guardar” en algún sitio aparte y listo. Ya saben, estas cosas digitales son poco confiables al respecto y jamás deberían siquiera pretender que algo dure eternamente.

(Actualizar)

Todavía nada.

Entonces los mil demonios se alzan en tu cabeza. «¿Pero por qué son tan malos?», dice una vocecita aniñada y molestamente aguda. No somos malos, nos corre sangre por las venas nomás.

¿A ustedes les gusta trabajar y que no les paguen? ¿Mmm? ¿O estudiar y que no tengan nota por la prueba que realizaron? ¿O que le regalen con todo su sueldo algo a alguien y que no diga nada?

En realidad a nadie le gusta. Nosotros somos tan tontos que esperamos sólo un mero “gracias”. Gracias que no llegan. Gracias mejor se retiran. O mejor aún, gracias me quedo con todo esto para mí sola y no lo comparto. ¿Qué tal eso? ¿Feo, no?

El gran problema que tenemos, en verdad, es la empatía. Empatizamos con todos aquellos que se dignan a darnos un poco de atención, intentando seleccionar, intentando dar lo mejor para terminar total y absolutamente frustrados al respecto. Y así se vuelve a retroceder, y comenzar de vuelta. ¿Por qué? Por amor al arte, por supuesto. Pero nadie se va a poner nuestros zapatos.

El otro día escuché que alguien se quejaba, sep, hay miles de personas que aparentemente llegan estresadas de algún sitio y se agarran con nosotros, los pobres ad honorem. Bueno, la cosa es que esperan que los escuchemos cuando comienzan sus diálogos con una queja y prácticamente una exigencia de su parte que hagamos sus caprichos. Y ahí es donde uno se empaca como una mula; es mi momento de «Pardon?», sí, yo lo digo en francés y elevando una ceja para darle énfasis lo cual significa literalmente «¿Te estás escuchando la estupidez que me estás diciendo?» Y la siguen… y la siguen… ¿Su madre nunca les dio un buen sopapo de chicos, no? Porque se lo merecían.

Entre risas mentales y enojos, o ambos, uno contesta. Entonces se ofenden… ¡Ah, sí! Porque son almas sensibles, ellos pueden atacar, morderte, pegarte, tratarte como si tuvieras una enfermedad contagiosa llamada dejadez, o tratarte como a la chirucita del barrio a la que hay que hacerle bullying porque la verdad que es muy feita. Pero en realidad del único mal que puedes llegar a sufrir es de la vida misma, y de esta gente —más bien gentuza— que no tiene nada más que hacer.

Veamos: te levantás de la cama, vas a trabajar / estudiar, tenés que cocinarte, tenés miles de cosas para hacer desde lavar la ropa a socializar con las personas vivas que existen a tu alrededor y que son un mal necesario, tenés que viajar, tenés que ir a ver a esos desconocidos llamados familiares, tenés que salir a comprar desde alimentos a ropa, incluso tenés derecho a vacacionar. ¡Pero no! Tus derechos han sido eternamente derogados porque Pepita la Pistolera decidió que si no le entregabas hoy mismo y dentro del plazo de una hora la traducción que quiere, ella te defenestrará…

¡Pero por qué no te vas a romperle un poquito las pelotas a tu abuela!

Dicho sutilmente en palabras de Daniel Defoe: «Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos».

Y en eso que estallás, es una implosión y que querés mandar todo a la mierda, a tus visitas y todo eso… Y entonces vez “La luz”, no es la luz del túnel que hará que finalmente te libres de toda la gente y puedas correr por los Campos Elíseos lejos de casa, no, ¡pero carajo si tu castigo es quedarte acá con todos esos! Es otra luz. Luz divina de la remembranza que haces que encuentre los pies en la tierra.

Esta luz divina puede ser aquella persona que alguna vez conversó dos palabras con vos y te percataste que realmente estaba prestando mucha atención a lo que hacías, que sin importar que no te haya alabado como hacían todos, te demostró fehacientemente que estaba atenta. Entonces volvés al inicio. Síp, vos lo haces por esas personas y no por las otras. Es como cuando Moisés dividió las aguas pero en una escala menor, dividiendo grupos de perfectos desconocidos virtuales en dos, los cuales bien podrían ser divididos nuevamente pero eso ya queda a criterio personal.

(Respira)

No importa.

Porque en verdad esas personas malhumoradas no harán nada más que criticar y vos —y ahí se nota de verdad— lo que estás haciendo lo haces de corazón.

Al diablo con todo.

¡Vamos, señores! ¡No hay nada que ver aquí!

Un día más en el Purgatorio.

Todos los derechos registrados. Mío y sólo mío.

Dedicado a cualquier persona que sufra alguno o todos los problemas antes mencionados. Mis condolencias, por supuesto.

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