Del fast-food al fast-book

Lo que esta sucediendo actualmente con la industria editorial es la misma cosa que sucede con la industria discográfica: Internet.

El mundo se tiene que adaptar, uno cuando es despedido de un trabajo y debe encontrar uno nuevo debe adaptarse al cambio. Pero las viejas mañas son difíciles de erradicar y el cambio dentro de ambas industrias es tan resistido como estúpido.

Internet es como un Borg que dice “no se resistan, serán asimilados” y ellos insisten en bloquear accesos, dar de baja cosas e incluso con cierta reticencia comenzaron a vender sus productos por la web. Pero es así que perdieron millones.

Sumado a eso, la industria editorial GTTLB en español depende en gran medida de su par en habla inglesa. ¿Cómo es esto posible? Rezan en sus páginas que están abiertos al envío de manuscritos pero resulta ser que es solo un espejismo, una ilusión de los tiempos venideros con tal de no decir claramente que ahora se dedican a lo seguro, a lo que vende, porque claro, son capitalistas.

De lo que hay en español y que realmente podría considerarse como literatura (real, no bazofia) lésbica sería a Sarah Waters y no me canso de decirlo. Los demás no tienen esa calidad ni por asomo.

Es decir, en una industria decadente, con un pie en la hoja de papel y otra en la pantalla, no hay realmente alguien que llame la atención como en otras épocas, con esas descripciones fantásticas, sus guiones cuidados, su ultra delicada forma de expresarse a tal punto que es casi inaudito verlos. Escritores de antaño como Lord Byron se revolcarían en sus tumbas por esto. Pero además aunque quisiésemos hacerlo carecemos del tiempo necesario y, los editores, carecen de la paciencia requerida para esperar que un escritor se desarrolle correctamente, porque claro, para escribir primero hay que leer mucho (y Jorge Luis Borges avala mi afirmación).

En un mundo al estilo de un fast-food donde debemos casi por imposición consumir el “combo” de turno, lo mismo nos hacen las editoriales (que podría denominar fast-book). El mensaje intrínseco nos dice: “consume a la autora que tiene 35 libros porque su saga cuenta con 20 de dudosa calidad, pero claro, es conocida”. What?

Y sí, ese es nuestro mundo moderno.

Ellos no son apostadores, son más bien como los banqueros que simplemente piensan en las ganancias. Y, como no hay nadie que apueste, no hay nada fantástico en el mundo de ficción de las editoriales.

¡Y no me vengan con el timo que son los premios a la literatura gay en conjunto! ¿Sabían que la mayoría de los premiados “casualmente” pertenecen al grupo que selecciona esos mismos libros? O sea, yo me meto ahí hoy y mañana me premian mis libros. Negocio redondo si pensamos que las editoriales españolas en vez de mirar los contenidos ven cuántos galardones tienen, demostrando el nivel de inteligencia con sus compra-venta.

Por eso, lo más seguro son los premios de los fans, pero sólo existen en fanfictions como los de Xena, con al menos cinco tipos de premios respetables. Y, sí, allí vemos que los ultra famosos mismos autores que ahora se publican en español fueron ignorados por completo y cómo una mujer, en su momento cirujana, invirtió su dinero en una editorial y otras de dudosa calidad se unieron a su aventura. Así fueron premiadas.

¡Maldito mundo capitalista que con dinero todo se puede!

No sólo eso. La ex cirujana y pésima escritora ha publicado “combos” (no estoy bromeando) de varios libros según temáticas y cosas así. Es por esos motivos que los norteamericanos no dejan de sorprenderme con la gran cantidad de cosas inútiles que consumen, ni con la obsesión que mantienen hacia las marcas comerciales.

Si tu nombre es marca registrada, vende. ¿Pero quién va a comprar? El que tiene dinero. ¿Y qué va a consumir esa persona? Lo que tiene a su disposición. ¿Pero qué sucede si lo que tiene a su disposición es algo que podría hacer por sí mismo sin ser demasiado culto? Continuemos consumiendo películas predecibles, finales de color rosa y siendo estancados en una cultura que únicamente sea la nuestra o la que nos muestra la televisión. Esa no es la respuesta porque así continuamos siendo alienados. Son los esclavos voluntarios y alienados del siglo moderno los que decidirán si cambian o no, pero algunos de nosotros percibimos que estamos en un ambiente que nosotros mismos nos provocamos: el encasillamiento voluntario en un mundo que no ofrece más que cosas repetidas.

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